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Opinión

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Tenemos aquí yo que se: nadie lo sabe con certeza 8.000 ó 10.000 asesinatos políticos al año, y más de 1.000 secuestros, políticos también, sin contar los 'comunes': asesinatos y secuestros de la guerrilla, de los paramilitares, de las autoridades militares o de policía: eso que llaman 'desapariciones'. Y Colombia no mueve un dedo. Digo Colombia: la gente. No hablo de las guerrillas, ni de los paramilitares, ni de esas siniestras asociaciones de retaliación criminal llamadas 'Convivir' que muchos defienden como si de verdad creyeran que echar leña al fuego sirve para apagar el fuego; ni hablo del Estado, secuestrado en su mezquino provecho por esos políticos profesionales que han envilecido y deshonrado el arte de la política. Hablo de Colombia: de los asesinados y de los secuestrados, o, más exactamente, de los que vamos a serlo. De los asesinables y de los secuestrables, que somos todos los colombianos: unos por pobres, otros por ricos, otros por subversivos, otros por represivos, y los demás por no querer meterse. Hablo de la que llaman los politólogos 'la sociedad civil': todos nosotros. Esa masa informe, indiferente, de colombianos 'de bien' que espera sin mover un dedo a que alguien ajeno a ella _el Estado, los políticos, los militares, la guerrilla, o alguna ONG (Organización No Gubernamental) de preferencia extranjera_ le resuelva sus problemas, de regalo.Porque lo que más nos gusta a los colombianos 'de bien' _después de robar_ es que nos regalen algo. O, por lo menos, pedir que nos regalen algo. Una toalla, un frasco de champú, una beca, un diploma, un puesto en el Banco Mundial, una conexión de teléfono: cualquier cosa, con tal de que nos salga gratis. Así que los asesinables,los asesinados, los secuestrables, los secuestrados, los desaparecibles, los desaparecidos, nos quedamos sentados esperando a que alguien decida no matarnos ni raptarnos ni hacernos desaparecer en un retén; o, por lo menos, a que alguien condene tales cosas, o las lamente. Y entonces exclamamos felices: "¿Vio? ¿Vio? ¡Amnistía Internacional dijo que éramos unos hijueputas!". O, ya casi en trance: "¡Hasta la OEA!". O incluso el Departamento de Estado de Estados Unidos, que no sólo es un aparato más difícil de pronunciar sino casi increíble de creer en estos temas. "¿Vio, vio? ¡El Departamento de Estado de Estados Unidos! ¡Los gringos! ¡Qué dicha! ¡Hasta allá nos conocen! ¡Parece que hasta compraron un cuadro del papá de Fernando Botero! ¡¡¡Y han leído a Gabo!!!".Pero nosotros no movemos un dedo.Porque no tenemos conciencia de nosotros: ese pronombre plural que implica solidaridad. Vamos por nuestra cuenta, cada cual por la suya propia, feroces o indiferentes: egoístas. Si matan al vecino, al otro, pues que maten al vecino, al otro. Todos somos el otro del otro, y ayudamos a matarlo si se presta la ocasión, y nos conviene. Cuando al hablar de Colombia los politólogos emplean la expresión "sociedad civil" se están equivocando de medio a medio: no es sólo que no sea civil, sino que no es sociedad.Escribo todo esto todavía bajo la impresión que me dejó la reacción de una sociedad civil digna de ese nombre, la española, ante el más reciente secuestro y asesinato cometido por ETA en nombre de su política de liberación del pueblo vasco. Toda España, con los vascos a la cabeza, se alzó de un golpe contra el asesinato de un solo secuestrado: de uno que no era otro, sino que hubiera podido ser uno mismo. No fue una reacción política, es decir, convocada y orquestada por los políticos, sino una reacción social, espontánea, multitudinaria, hecha de manifestaciones y marchas, de paros, de silencios, de suspensiones de fiestas, en la que participaron muchos millones de personas y tras la cual tuvieron que ir, a rastras, los políticos. Fue una reacción contra una infamia cometida en nombre de la política, y surgida del convencimiento de que ninguna política justifica la infamia.La protesta colectiva de España no va a parar las acciones de ETA, claro está, ni va a solucionar los conflictos por los cuales ETA nació y subsiste. Pero sirve para afirmar algo sin lo cual ninguna sociedad puede sobrevivir: la dignidad colectiva. Por eso escribo todo esto, desde España y como colombiano: con admiración, y con envidia.
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