Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1989/05/01 00:00

SOL, MAR, PAJAROS...

El animal se posa, con sus patas de alambre, en el borde del vaso. Picotea el pan, se para en la mitad del plato, escarba con el pico, buscando un grano de arroz, y nadie se le ocurre levantarle la mano

SOL, MAR, PAJAROS...

Las palomas torcazas de Aruba son tan gordas que no pueden alzar el vuelo, y andan por la calle, caminando entre las piernas de la gente, sacando pecho, arrogantes, meciéndose, con su andar balanceado de marinero en tierra.

Los pájaros son tan mansos que se acercan a comer en la misma mesa con los parroquianos de los restaurantes. Uno está sentado, bajo el sol de plata y entre la brisa, cuando de repente se acerca, planeando a media altura, como un avión que se prepara para el aterrizaje, una ave de colores amarillo y negro, pequeñita, como del tamaño de un chupaflor.

El animal se posa, con sus patas de alambre, en el borde del vaso. Picotea el pan, se para en la mitad del plato, escarba con el pico, buscando un grano de arroz, y a nadie se le ocurre levantarle la mano. Lo único que falta es que el pájaro se anude la servilleta al cuello y pida su postre al mesero.

Los primeros europeos que recalaron en estos cantiles del Caribe eran tan inocentes como los pájaros: intentaron sembrar tulipanes, como en los jardines de Holanda en estos pedregales cuarteados por el sol, donde lo único que crece es el viento tibio que sopla de barlovento, y la tierra es blanca y pelada, como huesos de cementerio.

Como la isla es corta y angosta, cada edificio parece una miniatura, y las palmeras son enanas. Todo esto se asemeja a una maqueta del mundo. En el viejo Oranjestad, donde el hombre no ha podido ponerle a la historia su mano demoledora, las casas holandesas están pintadas con los colores explosivos del Caribe:
verde biche, rojo patilla, azul de metileno, amarillo guayabo.

Las calles son estrechas, la luna redonda, el pollo es picante y las mulatas lustrosas. Lo mejor son las mulatas, que parecen bañadas en infusiones de aceite, y venden cerveza de raíces en una totuma que llevan en la cabeza. Impávidas y gordas, sofocadas por el verano, se refrescan los muslos abanicándose con el flequeteo de la falda.

Hay algo que canta en la noche. No he podido saber si es la luna o el chiflido del viento entre los cocoteros. Los muchachos pescan bajo la luz azul en la playa de Boonoonoonoos. No pescan nada porque el ruido de las estrellas que pasan, exhaladas, espanta a los pargos. A lo lejos se oye, traído por la brisa, el canto tristón de los navegantes que llevan sus goletas cargadas de whisky de contrabando para la Guajira. Dos barcos iluminados, que parecen pueblos a la deriva, pasan por la bahía. A bordo hay música para animar a los turistas escandinavos, quemados como camarones, que miran para todas partes con la boca abierta pasmados por el prodigio del Caribe.
Encallado, como una ballena muerta de medio lado, está el famoso barco que las tropas aliadas le destruyeron a Alemania en la Segunda Guerra. El salitre lo ha vuelto blanco. Sus costillares se ven sobre la supérficie del agua verde. Es una especie de monumento marino a las torpezas humanas. Las gaviotas descansan allí de sus viajes, y evacúan el guano sobre el buque. Para lo que quedaron los delirios de Hitler: para cagadero de pájaros.

La historia enseña que nadie quiso apropiarse de esta isla pobre y desierta, porque los conquistadores, acosados por la fiebre del oro, no buscaban poesía sino riqueza. El primero que llegó por aquí, a la cabeza de sus salteadores españoles, fue Alonso de Ojeda. Decepcionado, pero presuroso, se fue de este peñasco inútil y puso proa a Cartagena.
Hasta que un día aparecieron unos pescadores holandeses que andaban buscando sal buena para preservar su pesca, y se quedaron.

Hoy, el viajero tiene la impresión, sentado en el escaño de una placita encalada de Oranjestad, de que por cualquier esquinada adoquinada va a aparecer, de un momento a otro, el fantasma bucanero de "El Holonés", terror de los mares, pavor de los hombres, suspiro de las mujeres, con su parche en el ojo, la pata de palo, blandiendo un arcabuz, oloroso a ron y pólvora, piojoso pero invencible.

Pero ya no hay piratas. Lo que hay, como bandadas de alcatraces, son turistas que cargan en bandolera la cámara fotográfica, el sombrerito de tela blanca y los zapatos americanos de lona. Los nativos, mezcla formidable de aventureros de Amsterdam y negras del Congo, hablan por lo menos cuatro idiomas con la mayor naturalidad del mundo: holandés, que es la lengua oficial; castellano, para atender a los venezolanos que llegaban en romería antes de que se les descoñetara la economía; inglés, para conseguirle un taxi al gringo que suda en el alero de un hotel, y papiamento, que es una mezcolanza de todos los idiomas anteriores, más otro poquito de portugués, y una pizca de dialectos aborígenes.

Cuando el avión se levanta sobre los acantilados de la isla, rememoro con algo de melancolía al pájaro que picoteaba en mi plato, a la mujer que vende jengibre, al pescador que canta una tonada en cuatro lenguas. La magia del Caribe, donde todo es posible y todo es realidad, se siente prendida en el aire.--

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