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Opinión

  • | 2013/06/15 00:00

    Solicitud del Premio Nobel para Santos

    Es que Santos se nos está desdibujando: ya no sale en la revista ‘Time’ sino en 'Tierras y ganados’.

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Señores
Academia Sueca

Ciudad.

Estimados académicos:

En días pasados, con gran generosidad, algunos parlamentarios británicos ofrecieron postular ante ustedes al presidente Santos como merecedor del Premio Nobel de la Paz, mientras él, en su infinita modestia, les decía que no era para tanto; que la sola idea lo ponía en una situación, ya no recuerdo si embarazosa o de embarazo. Bien. Les escribo esta carta para que no se dejen confundir, estimados amigos. El presidente lo dice por modesto. Él sabe que nació para la gloria. 

Ya tiene visto el estante de su biblioteca donde pondrá el medallón. Desea ese premio con tantas fuerzas, que por estos días se ofrecía a mediar, humilde, en el conflicto árabe-israelí, y ordenó a través del Falcon la presencia de Humberto de la Calle y del equipo negociador en la Franja de Gaza. El general Naranjo se excusó de asistir por compromisos previos. Angelino, por su parte, pidió la presencia del equipo en la franja de grasa, que viene siendo su papada.

El hecho, estimados señores, es que el Nobel de la Paz le vendría muy bien al presidente, a quien, para repuntar en las encuestas, sus asesores obligan a entrar en sintonía con esa parte del pueblo que no pertenece a su equipo de caddies. Lo ponen a bailar con los raizales en San Andrés, a manejar yipaos en el Eje Cafetero, a posar en calzoncillos en Valledupar. 

Se nos está desdibujando: ya no es el estadista internacional que aparecía en la portada de Time, sino el presidente arriero que sueña con salir en el cuadernillo de Tierras y Ganados, para parecerse a Uribe. Y lo único que lo rescataría de semejante devaluación es que ustedes le concedan la medalla.

Se la merece, estimados señores. Su proceso de paz no será perfecto, pero recobrará seriedad el día en que los negociadores dejen de vestirse como si trabajaran en Blockbuster y el país entero reconozca los avances del gobierno.

Porque ha sido un gran gobierno, señores míos. Hay fallas en la ejecución, nadie lo niega. Pero ni el procurador Ordóñez cuando estaba en campaña reeleccionista y repartía puestos a diestra y siniestra –a diestra y siniestros–, había hecho tanto contra el desempleo como el doctor Santos, que, en aras de combatirlo, ha nombrado altos comisionados para lo que se pueda ofrecer: gentecita que no hace nada en especial, pero que devenga buen salario y nombra equipo de asistentes, lo cual dinamiza la economía. No es burocracia de alto nivel, que quede claro. 

Al revés: es una estrategia inspirada en Keynes, el economista que recetaba al Estado contratar medio país para abrir huecos, y el otro medio para taparlos, con la diferencia de que acá los huecos son los mismos comisionados. Y en este punto debemos felicitar a Luchito Garzón, quien, a pesar de su reconocido gusto por el buzo de cuello de tortuga, ha logrado que la corbata le dure varios meses: enhorabuena.

Hay más logros del presidente, excelencias: su vocación social, por ejemplo, lo llevó a nombrar a numerosos amigos de coctel en puestos oficiales: una Claudia Hoyos, una Aida Furmanski, un Carlos Urrutia. En cualquier momento Christian Toro ingresa al gabinete. 

Pero su verdadero triunfo consistiría en alzarse con el Nobel, así tenga que firmar la paz para lograrlo, no importa. 

Y en esas anda: ahora mismo negocia el ingreso de los guerrilleros a la política, asunto que celebro sin ambages: los de las Farc han sido tan desalmados, que merecen ser congresistas y sentarse en la curul contigua al senador Gerlein. Es lo mínimo.

Y aunque otorgarles participación política pone nervioso a más de uno, es preciso que nos calmemos. Sí: es cierto que en un eventual gobierno de las Farc solo importarían motos Harley Davidson, porque los guerrilleros aman el alto cilindraje, y no solo en las tomas a pueblos indefensos. Fusionarían el ICBF con el Ejército. El dummy de Simón Trinidad sería comisionado para los Derechos Humanos.

Rodrigo Granda sería canciller y promovería la pesca milagrosa en San Andrés. Timochenko sería ministro de Minas: de minas quiebrapatas; Jesús Santrich, de Gobierno, y daría tantos palos de ciego como Petro en la Alcaldía; Tanja, de Hacienda y declararía la enfermedad holandesa. Pero ejecutarían, señores: ejecutarían. Porque si en algo son expertas las Farc es en eso: en ejecutar. 

Otórguenle, pues, señores míos, el premio al presidente Santos, para dicha de la patria y de las revistas de sociedad. Y prepárense para la ceremonia de entrega. Será peor que la vez de Gabo. Irán Poncho, Salvo, Cuqui, Chiqui, Clo cló, la intrépida Vicky Turbay. El embajador McKinley asistirá disfrazado de hippie; Silvestre Dangond, de paramilitar. Christian Toro será nombrado ministro instantes previos a la ceremonia. Roy Barreras no soltará al rey de Suecia durante todo el coctel.

Tutina estrenará vestido; Luchito, corbata. Y el presidente Santos recibirá la ovación en calzoncillos mientras los congresistas de La U le rapan la medalla; los conservadores, el dinero y Simón Gaviria, el diploma. 

Solo les ruego, excelencias queridas, que al acto de entrega inviten también a las madres de Soacha. No las registrarán las revistas de sociedad; pero a lo mejor alcancen a salir en el cuadernillo de Tierras y Ganados. 
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