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Opinión

  • | 2011/01/21 00:00

    Sólo un trámite…

    El voto de confianza dado por la FIFA, conllevó también una rapidísima y radical remodelación de los estadios escogidos, dejándolos prácticamente irreconocibles.

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Fue solo cuestión de trámite. El 20 de agosto de 2011, tal y como todos lo supieron desde el primer día, Colombia dio la vuelta olímpica en El Campín como Campeona Mundial Sub 20. Todo después de un exitoso torneo cuya preparación empezó dos años atrás con una justísima designación de las sedes, apenas coincidencia con el origen geográfico de los altos jerarcas de la federación de fútbol.

El voto de confianza dado por la FIFA, conllevó también una rapidísima y radical remodelación de los estadios escogidos, dejándolos prácticamente irreconocibles. La afición de Cartagena, por ejemplo, que goza ahora de un estadio sin nada que envidiarle al Nido de Pájaro de Beijing, salió a las calles poco después del pitazo final. Obviamente no para pedir explicación por el tema de los tubos del famoso emisario submarino, sino para exigir el renombre del escenario deportivo como Estadio Francisco Santos Calderón.
 
En todo el país euforia fue desbordante. Mientras en Bogotá el camión de bomberos que transporta a los campeones esquiva los baches de lo que -en tiempos anteriores a Samuel Moreno- solía llamarse malla vial, el resto de la nación, empezando por el departamento de Córdoba, celebraba alborozado. Todo con la Seguridad Democrática de saber que los centenares de muertos que dejó la celebración del 5 a 0 no volverían a repetirse nunca en este país, que hace un par de años ya, es solo pasión.
 
Michael Ortega y Castillo se pasan sonrientes la copa el uno al otro, tan voluntariosamente como se pasaban la pelota desde tiempos del suramericano de Perú, al cual sabedores de ser los futuros y seguros campeones mundiales, fueron solo a jugar por el honor. Edwin Cardona sonríe al público con la misma enjundia con que pateaba los penaltis en Tacna.
 
Por su parte el técnico Lara comanda la comitiva con la tranquilidad del deber cumplido. Ramos, el delantero del Real Cartagena, quien promediando el torneo terminó transferido a un equipo búlgaro, sonríe, pues al fin y al cabo terminó siendo titular. Todo gracias a la sabiduría “del profe” y a una decisión tan coincidencial como la designación de las sedes.

James Rodríguez y Muriel sonríen frente a la televisión en Portugal y España donde permanecieron durante suramericano y mundial. Al fin y al cabo no hubo necesidad de que vinieran. Aparte de que la selección era superior a cualquier otra, no valía la pena desgastarse en traerlos. En todo caso ya estaban vendidos. Ante eso, Luis Bedoya, quien hace maromas en otro lado del camión, se enorgullece de saber que lo suyo no fue falta de gestión ante el Porto y el Granada, sino brillantez, mentalidad practica y filantropía hacia otro par de jugadores menos afortunados.

Juan Manuel Santos espera en palacio para rendir el correspondiente homenaje, mientras el país respira tranquilo porque la gloria no llegó un año antes, evitándose así la vergüenza mundial de ver a todo un primer mandatario ensalzando el trabajo del projesor Lara.

Afortunadamente quedaron atrás, apenas como un mal recuerdo, aquellos comienzos del Suramericano. Gracias a Dios después de empatar contra un Ecuador mediocre y ser ridiculizados por Brasil, Ortega y Castillo se dieron cuenta de que –a diferencia de Hugo Rodallega- no eran mejores que Messi, y resolvieron soltar la pelota. Menos mal el técnico se dio cuenta de que, sorprendentemente, un tipo con 15 partidos profesionales y titular en un equipo grande a lo mejor rendía más que otro con dos en un equipo chico, aún para disgusto de su empresario.

Por suerte, Cardona se dio cuenta a tiempo de que se veía muy ridículo teniendo el agrande de Cristiano Ronaldo, cuando apenas tiene el talento de Cardona. En el momento justo el equipo dejó de ser once individualidades de talento mediano, a la deriva por las limitaciones de su técnico y se volvió eso: Un Equipo.

A buena hora todo quedó atrás y el país celebra feliz, sin acordarse de Casemiro, William y Neymar, quienes por cierto, tampoco son Messi.

* Coautor del libro Bestiario del Balón.
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