Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2010/05/05 00:00

¿Son los debates presidenciales una prueba de la madurez democrática?

Los debates no favorecen en general a los candidatos que mejor exponen en público sus programas políticos.

Juan Carlos Guerrero Bernal

Ya es lugar común, tanto en el mundo académico como en el de los hombres profanos, considerar que la deliberación es una condición necesaria de la democracia. Muchos piensan que sin debate entre contendores de la política, simplemente no hay democracia madura. La prueba de esto es que hace menos de un mes, expertos y periodistas de nuestro país lamentaban que en Colombia los debates no tuvieran mayor relevancia en las campañas presidenciales, ni para los candidatos, ni para los electores (Ver artículo).  A tal punto que, según ellos, algunos de los candidatos –especialmente quienes estaban punteando las encuestas y podían temer la pérdida de su posición privilegiada– iban a poder darse el lujo de rehusar la contienda deliberativa sin mayores costos políticos. En estos análisis, la comparación no podía faltar: algo así no sucedería en una democracia madura como la de Estados Unidos.

Los pronósticos recientes de los expertos afirmaban que en esta campaña presidencial –al igual que en otras del pasado– no habría mayor lugar para el debate. Ahora bien, hoy día, Colombia parece comenzar a salir de lo que podríamos llamar un “retraso democrático”. En efecto, la exposición simultánea de los candidatos presidenciales al escrutinio público ya es un hecho. Últimamente, los medios de comunicación no han dejado de precipitarse para organizar lo que cada uno de ellos califica como “un gran debate” y el público se involucra cada vez más en lo que promete ser una contienda electoral apasionante.

Sin duda, hay razones para considerar este avance como una tendencia positiva para la democracia colombiana. No tanto por el hecho de que los debates presidenciales sean una puesta en escena de los candidatos frente al público, sino porque ellos tienen un efecto multiplicador sobre la discusión pública. Es decir, los debates entre los candidatos de una contienda electoral generan discusión entre los ciudadanos, tanto profanos como expertos. Una prueba de esto es la proliferación de columnas, foros, blogs y discusiones cara a cara, a través de las cuales varios individuos expresan su opinión sobre la contienda electoral. Los debates conducen también a la multiplicación de los sondeos de opinión. Sencillamente porque siempre es grande la tentación de medirles el pulso a los cambios de preferencias en los electores después de cada confrontación entre candidatos. Esto, a su vez, tiende a generar mayor discusión y pasión entre los ciudadanos, sobre todo cuando las encuestas varían notablemente y cuando el clima de incertidumbre con respecto a los resultados electorales futuros se afianza. Así, la deliberación se termina potencializando en una especie de efecto “bola de nieve”.

No obstante, vale la pena preguntarse si el advenimiento y el desarrollo de los debates en campañas presidenciales es un síntoma incontestable de maduración de las democracias. La respuesta es: no necesariamente. La justificación a esta respuesta tal vez no salte fácilmente a la vista. Por eso, vale la pena explicitarla, por lo menos a la luz del caso colombiano actual.

En primer lugar, aunque algunos consultores consideran que los debates son el escenario “más propicio” para que los ciudadanos conozcan, evalúen y comparen los programas y las propuestas de los candidatos, la realidad es que la gran mayoría de las veces esa función no se cumple. Sencillamente porque los formatos establecidos por los organizadores de los debates no lo permiten. ¿Acaso puede un candidato exponer sus ideas en detalle y dar a conocer todo el contenido de sus programas a lo largo de una avalancha de preguntas cuyas respuestas apenas pueden sobrepasar el minuto?

Claramente los debates que adoptan tal formato no sirven para ilustrar a fondo las propuestas de los candidatos. Tan solo sirven para medir sus capacidades de reacción inmediata, y quizás un poco sus posiciones frente a temas polémicos o sus caracteres personales. Como lo afirman muchos expertos del marketing político, los debates sirven sobre todo para evaluar las “capacidades de comunicación” de los candidatos, es decir, sus “habilidades para improvisar y generar confianza”. De hecho, es un error considerar semejantes interrogatorios –en los que cada participante interviene de manera veloz e intercalada– como un debate. Allí no hay verdadera confrontación de opiniones diversas. Eso no es lo que se podría llamar exactamente una democracia deliberativa.

En segundo lugar, los debates presidenciales a los que estamos asistiendo –incluido el transmitido recientemente por el canal de CityTV, donde los participantes tuvieron un mayor tiempo de palabra– son escenarios donde las celadas para desprestigiar públicamente a un candidato son frecuentes. Las “sacadas de trapitos al sol” no son la única manera de tenderlas, ni tampoco las más elegantes. Hay formas más sofisticadas, como por ejemplo, aquella que consiste en confrontar los candidatos a escenarios hipotéticos a los que ellos sólo pueden responder exponiéndose a riesgos como el de la inexactitud, la auto-contradicción y/o la inconsecuencia frente a principios previamente enunciados.

En todos estos riesgos se puede incurrir incluso sin necesidad de plantear un escenario hipotético dentro del debate mismo. Basta traerlo a colación, importado de otro contexto. Así ocurrió en el debate transmitido por CityTV, cuando el candidato Juan Manuel Santos evocó la respuesta afirmativa de Antanas Mockus frente a una pregunta que le formuló una cadena radial sobre si, de ser elegido Presidente, aceptaría una demanda de extradición del Ecuador de su contendor y del presidente Uribe. Es probable que Mockus no hubiera respondido tan categóricamente a dicha pregunta de ser un hombre más curtido en el infigthing político –como ocurre, por ejemplo, con aquellos candidatos habituados a las contiendas verbales gracias a su experiencia como congresistas-. Una respuesta posible, hábil y menos comprometedora podría haber sido decir que una decisión de ese tipo sólo se podría tomar considerando los “intereses nacionales” del momento.

El ejemplo anterior es simplemente una demostración de que los debates presidenciales no son sólo escenarios de intercambio de ideas. Son también espacios propicios para las zancadillas políticas. Y el problema es que buena parte de los comentarios a posteriori sobre los debates realizados en los medios de comunicación y entre ciudadanos no se centra tanto en la consistencia y la pertinencia de las propuestas programáticas, sino más bien en las respuestas polémicas que los candidatos logran dar a las celadas de sus contrincantes. Es por eso que el debate termina reducido a une especie de espectáculo de golpes entre los candidatos.

Esto nos conduce a considerar un último punto: los debates no favorecen en general a los candidatos que mejor exponen en público sus programas políticos (como es el caso de Germán Vargas Lleras, Gustavo Petro y Rafael Pardo). Más bien, los candidatos que ganan visibilidad son aquellos que se ven envueltos en las polémicas suscitadas por las diferentes modalidades de celadas.

Desde luego, hacerse más visible no equivale siempre y mecánicamente a recoger una mayor intención de voto de los electores. Al contrario, la visibilidad puede acarrear pérdidas. Sobre todo cuando un candidato no posee suficiente habilidad comunicativa y experiencia para aparecer frente al público como una persona coherente –aunque, en realidad, no lo haya sido en el pasado. Esta es quizás una desventaja de Antanas Mockus frente a su rival principal. Santos (como el presidente Uribe) sabe hacer pasar por alto sus contradicciones frente a la opinión pública y es hábil presentándose como un hombre coherente e infalible. Mockus, en cambio, no vacila en aparecer como una persona reflexiva que reconoce sus errores. Esto le puede costar puntos en las encuestas, a menos que a largo plazo los electores reconozcan el valor de tal postura. De cualquier modo, vale la pena preguntarse qué puede ser mejor para Colombia: ¿un Presidente que defienda sus posturas y sus acciones con solvencia aparente, al punto de darle al público una impresión de hombre de Estado coherente, inequívoco e indubitable? ¿O un Presidente introspectivo, autocrítico y ponderado, pero capaz de tomarse el tiempo para reflexionar sobre la complejidad de los problemas y para rectificar rumbos equivocados?
 


*PhD en sociología, MA en Relaciones Internacionales. Profesor de las Facultades de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario.

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