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Opinión

  • | 2017/06/10 22:15

    La carta de disculpas del subsecretario del senado

    “Solo soy un funcionario asaltado en su buena fe. Y aunque trabajar en el Congreso, y ser asaltado, es asunto que parece normal, haberlo sido como lo fui yo, resulta insólito”

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Cancún, Junio de 2017.
HP Mauricio Lizcano,
Senado de la República.
Bogotá.
Apreciado senador:

Adelanto esta misiva desde las playas de Cancún, donde me
recupero de la fuerte golpiza de la que fui víctima por parte del periodismo intolerante que se practica en Colombia.

No estaba seguro de redactarla, estimado presidente, pero lo decidí mientras reposaba en la enfermería del resort, a donde me recluí tras fingir lesión. Quiero poner la cara, senador. Y ponerla como lo hice ante la cámara de Noticias Uno: poner el pómulo, más precisamente. Y de ese modo despertar algo de conmiseración.

Doctor Lizcano: solo soy un funcionario asaltado en su buena fe. Y aunque trabajar en el Congreso, y ser asaltado, es asunto que parece normal, haberlo sido como lo fui yo, resulta insólito.

Nunca, en mis décadas de trabajo en esta casa de la democracia, había tenido problema alguno con nadie. Y cuando digo con nadie, es con nadie: ni con los padres de la patria de antaño, como el doctor Roberto Gerlein, ni con los vigorosos senadores del presente, como Roberto Gerlein, ni con los que ya vendrán: como Roberto Gerlein.

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Las dinastías familiares que han atravesado por años el recinto pueden certificar mi buena conducta: hablo de José Name Terán, o ahora su hijo, José David; de Pablo Escobar Gaviria, o ahora su primo, don José Obdulio (quien, solidario, pidió cárcel para el camarógrafo: ofreció La Catedral). Y dan fe de mi proceder personas de la órbita íntima, como los miembros de mi familia o los compañeros de la Academia de Actuación Charlot, en donde me preparé para llegar a donde estoy, inspirado en referentes laborales tan sólidos como el futbolista Neymar, mi ídolo.

Dicho lo anterior, me dirijo a usted para pedir disculpas a los Honorables Senadores por involucrarlos en un incidente personal, y quiero aclarar lo siguiente: el sentirme estrechamente seguido en mi entorno personal, me generó incomodidad y presión, ya que es inusual que en la Casa de la Democracia se hagan este tipo de seguimientos a una persona. Se hacían seguimientos, sí, en la Casa de Nari, en épocas de mi doctor Uribe. Pero nunca a personas: solo a periodistas o magistrados. Y siempre con discreción, no como lo hizo el camarógrafo de Noticias Uno.

El incidente fue así: al querer esquivar al camarógrafo, se presentó un contacto con la cámara. Fue un hecho fortuito. No lo embestí. Simplemente nos topamos en medio de la nada, en el vacío del corredor desocupado, y chocamos sin culpa, como las esferas celestes en el espacio.

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En ese momento yo pensé que la cámara me había golpeado en el pómulo y, bueno, sucedió lo que se sabe: me tiré al piso, me revolqué por los baldosines, me tomé la pantorrilla con gesto adolorido, pedí cambio al técnico, hice que la camilla ingresara y, cuando los enfermeros ya me iban a subir, me reincorporé, me dirigí al recinto y pedí la roja para el noticiero en la plenaria. Es la picardía del jugador criollo.

Pero nunca es tarde para pedir disculpas.

He sido servidor disciplinado, que colabora con los senadores en lo que se ofrezca: “Que mire, Saulito, que me lleve esta razón para allá”, yo la llevo; “Que dígale a aquel senador si me vende su cupito indicativo”, voy y le digo; “Que mire, Cruz, este mico quedó mal redactado”: voy y lo redacto.

Mi proceder, entonces, ha sido pulcro.

No en vano, el doctor Uribe salió en mi autodefensa y dio fe de que he sido funcionario impoluto y buen muchacho. Y lo dijo desde Grecia, donde se encontraba en un foro en el que dijo cosas muy importantes, aunque no demora ese mismo noticiero en decir que el doctor es apátrida por hablar mal del país en el extranjero. (Ni que fuera Piedad Córdoba: el doctor simplemente sostuvo una cordial y muy franca
reunión sobre las perspectivas de la región y ofreció su sosegado punto de vista, con datos muy suyos; pero jamás se refirió a escándalos que de verdad afectarían nuestra imagen, como la Yidispolítica, las chuzadas o los falsos positivos. Además, expuso sus observaciones en su mejor inglés, para demostrar que acá habemos bilingües).

Me han defendido también otros senadores, aunque no recuerdo ahora de cuál comisión (recuerdo sí, de cuánto, pero no de cuál). Todos dan fe de que soy un funcionario amable con la prensa. Quizás no con camarógrafos. Pero no le pidan a un hombre del Senado manejar la cámara.
No resulta justo, entonces, que se me señale.

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Soy persona de bien, formada espiritualmente por mi padrino, Alejandro Ordóñez, dios mediante el próximo presidente de la república. (A mi regreso, precisamente, le voy a pedir la firmita para él, doctor Lizcano, como lo hice, puesto por puesto, con otros senadores. Hay que apoyar a Ordóñez porque piensa proteger la familia. Especialmente a la de él. Les quiere poner más carruajes y pajes del Estado a doña Beatriz y a las niñas).

Mal haría yo, entonces, en hacer trampa. Pero nunca es tarde para pedir disculpas, como dije. Por eso, a mi regreso al país esperaré, humilde, a que el camarógrafo me las pida. Que se disculpe por haberse autoengañado, por no haber cuidado las comunicaciones. Si no lo hace, me quejaré ante la comisión. Aún no se en cuál. Pero ya sé por cuánto.

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