Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1996/07/15 00:00

TACO BURRO

TACO BURRO

Me pareció desconcertante la alocución del presidente Samper el jueves pasado. Yo estaba casi seguro de que estaría dedicada en forma exclusiva a embarcar al país en una lucha a muerte contra la corrupción. No fue así. La palabra corrupción aparece en forma tangencial un par de veces en el discurso, apenas para mencionarla como unode los males secundarios del narcotráfico, sobre los cuales hay que estar alerta. El desconcierto radica en que el país está dividido en dos, y en forma cada vez más radical, por la discusión acerca del grado de corrupción a que ha llegado la actividad política en Colombia. El juicio en el Congreso ocurrió por las denuncias de la Fiscalía en el sentido de que esa corrupción habría podido llegar a tocar la figura del propio presidente Samper. Pero no. Para el Presidente todo se trató de una injusticia personal de sus malquerientes y pidió a los colombianos olvidar ese episodio triste y cerrar filas en torno a la lucha contra el narcotráfico, el gran enemigo. El Presidente parece haber asumido su absolución como la demostración de que no es cierta la preocupación nacional sobre la propagación del cáncer de la corrupción hasta unos niveles que eran insospechados hasta hace poco tiempo. En ese sentido es tímida, por decir lo menos, la aceptación de la responsabilidad del Presidente apenas en su equivocación en el nombramiento de un par de funcionarios de campaña. Como dicen en el billar, el Presidente tacó burro. Las medidas anunciadas en el discurso del jueves constituyen un catálogo de las gestiones que el Presidente debe hacer de oficio, en ejercicio de su responsabilidad de combatir el delito. Pero está muy lejos de ser la cruzada de unión nacional, alrededor de la cual se van a suavizar los términos de la división del país Quienes hemos defendido el derecho a que el Presidente sea juzgado por los canales institucionales y bajo los principios universales del debido proceso, también hacemos parte de los colombianos que estamos indignados hasta la náusea con la corrupción en Colombia. Desde ese punto de vista la decisión parlamentaria debe ser acatada pero no se puede convertir en la palada de tierra bajo la cual se sepulte un problema que tiene al país al borde de la disolución. En la Cámara se discutió la posible responsabilidad del Presidente en un episodio de corrupción, pero el tema sirvió a la vez para mostrarle al país, en vivo y directo, un primerísimo plano de sus vergüenzas políticas: parlamentarios a sueldo de los narcos, documentos falsos, compromisos para favorecer delincuentes, trucos, engaños, trampas, mentiras... El examen que hicieron los parlamentarios sobre la presencia del hampa en la campaña presidencial mostró un cuadro aterrador de contubernio entre políticos y narcotraficantes. Puesta a un lado la responsabilidad de Samper, que ya es cosa juzgada, quedó claro que el único acto serio de supervivencia política en Colombia es meterle el dedo a esa llaga. Muchos supusimos que esa era la gran convocatoria que haría el primer mandatario, y algunos creemos que a través de ella puede haber alguna posibilidad, aunque remota, de zanjar la división que vive hoy el país. Pero si la gran cruzada nacional contra el delito tiene como meta apenas combatir narcotraficantes con medidas severas como las que anunció Samper el jueves, no va a ser posible su anhelo de que en este proceso no haya vencedores ni vencidos. Los vencedores serán todos aquellos políticos que han mantenido una relación pecaminosa con los delincuentes y que se han tomado por asalto _ gracias a ese amancebamiento_ varias de las más importantes posiciones de manejo del Estado. Sería inaudito que se salvaran del escarnio, mediante el mecanismo de lavar sus culpas agazapados en el juicio absolutorio del Presidente. El gran tema de la gobernabilidad en Colombia no es si Ernesto Samper logra mantenerse en su puesto. El asunto es si es capaz de unir al país alrededor del tema que lo tiene dividido: la corrupción política. Y para ver si lo logra hay que darle, por supuesto, un compás de espera. Pero no demasiado.

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