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Opinión

  • | 2010/07/12 00:00

    Tampoco es profeta en su (otra) tierra

    Los franceses que tanto admiraron a Íngrid estarían de acuerdo en verla pagar hasta el último centavo de su rescate antes de verla llenarse los bolsillos con el dinero del erario de un país en guerra.

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La sorpresa es general. Algunos la manejan mejor que otros, pero hay que admitir que ya nos acostumbramos a las respuestas epidérmicas y emotivas del vicepresidente Santos. Y por una vez su ‘derroche’ de emoción y su dificultad para mantener alguna distancia objetiva es casi que justificada.

Íngrid ha dado la última estocada a un país que progresivamente había caído en un proceso de desamor frente a ella. Ella, su madre, sus hijos y su hermana aprovecharon el último viaje a Colombia realizado por la ex secuestrada más famosa del mundo, en el marco de la celebración de los dos años de su liberación, para demandar al Estado colombiano.
 
Reclaman, en dos demandas separadas, 15.000 millones de pesos de daños y perjuicios que consideran que el Estado colombiano les debe. Un Estado al que durante los seis años de cautiverio de Íngrid negaron como interlocutor válido en numerosas ocasiones, que criticaron y acusaron de inmovilismo, que vilipendiaron y arrastraron al lodo como pudieron. 

Ese mismo Estado que rescató a Íngrid, de manera más o menos cuestionable (el asunto de los petos sigue siendo motivo de polémica, sobre todo por el papel esencial que juega la Cruz Roja en la protección de civiles en el contexto del conflicto colombiano) y que la devolvió a la libertad y a su familia. Ese Estado al que Íngrid agradeció y felicitó justo después de recobrar su libertad.

¿Cómo interpretar entonces esta demanda a los ojos de un país que la consideraba una heroína?

Los franceses, hasta la liberación de Íngrid, habían mantenido un frente unido de admiración y compasión no sólo hacia Íngrid y su terrible cautiverio, sino hacia su familia, tan flagrantemente ‘secuestrada’ también y atrapada en un mundo de negociaciones que no avanzaban. Aceptaron durante esos seis años la polémica posición adoptada por sus hijos y su madre, prontos a atacar al Gobierno colombiano sin nunca o casi nunca mencionar a las Farc, ni a los otros secuestrados. El caso de ‘maman’ (como la llamaban Lorenzo y Melanie en todas sus entrevistas) era exclusivamente culpa directa del Estado colombiano. Los franceses poco cuestionaron esa actitud.

Sería entonces lógico entonces que consideren normal la demanda interpuesta por Íngrid. Salvo que la Íngrid que salió de la selva no les agradó a los franceses; demasiado religiosa, demasiado criticada (por Clara Rojas, por los tres americanos, entre otros), la nueva Íngrid sembró la duda en el espíritu de los franceses. Como si comprendieran de un solo golpe que la Íngrid que tanto admiraban no era quien pensaban, como si sus defectos hubieran aparecido de un día para otro revelando una persona que mucho ha sufrido pero que era menos admirable y heroica de lo que habían pensado. Las reacciones frente a la demanda siguen esa evolución de la opinión pública, los medios se han mostrado neutros o inclusive perplejos ante la solicitud de Íngrid, y en los foros de Internet los comentarios que se puede leer son cada vez más duros.

La actitud de la opinión pública ante el secuestro de Íngrid era casi comprensible. Para un francés es difícil concebir vivir en un país donde el Estado no controla la totalidad del territorio, donde la autoridad es cuestionada y reemplazada por otros actores, donde según las zonas, es peligroso o no aventurarse, y donde 3.000 personas o más están privadas de su libertad a manos de grupos insurgentes. Por eso nunca entendieron que muchos colombianos consideraran que Íngrid se había ‘buscado’ su destino el día que la secuestraron las FARC. Frente a su solicitud de ser escoltada o al menos hacer parte de un grupo de personas que debían viajar al Caguán, el Ejército y otros representantes del gobierno Pastrana le hicieron saber que su seguridad no podía ser garantizada. Tal fue la oposición que encontró ante su proyecto, que finalmente firmó un documento asumiendo la responsabilidad de sus actos cuando emprendió el viaje por tierra.

Pero Íngrid quería mostrar su apoyo a la gente de San Vicente del Caguán, o eso decía, y los franceses encontraron esa actitud admirable. Por eso se arriesgó a ir a una zona de combate, llena de guerrilla, sin las precauciones mínimas y ninguna seguridad. Emprendió el periplo acompañada por Clara Rojas, el director de logística de la campaña de Oxígeno, un camarógrafo y un fotógrafo, y una periodista de Marie Claire (revista femenina francesa de “sociedad”), ésta última, luego de los diversos encuentros con las autoridades, comprendió lo peligroso del proyecto y decidió no acompañarlos.

¿Cuál era entonces el verdadero objetivo de ese viaje? ¿Qué pensaba demostrar? ¿Por qué no hacerlo con un miembro de la prensa política y no de la prensa ‘glamour’?
 
Pareciera que Íngrid seguía en la campaña que la había guiado desde el lanzamiento de su candidatura a la Presidencia, o es más, desde el lanzamiento de su libro La rabia en el corazón, inicialmente publicado sólo en Francia: una campaña destinada a impresionar a los franceses. (O al menos a las francesas que leen Marie Claire). El resultado desastroso de esa decisión lo conocemos todos.

Hoy, Íngrid y su familia, después de años de negar al gobierno colombiano como interlocutor válido, después de haber construido una imagen terriblemente negativa de Colombia y de sus dirigentes (a veces sin mucho esfuerzo o dificultad, hay que anotarlo), se voltean hacia ese Estado para exigir reparación. Olvidando de nuevo, así como durante los seis años de cautiverio, que el Estado colombiano no es responsable de éste (sino las Farc), que el Gobierno no la obligó a ir al Caguán, no le propuso partir sin escolta, no la ‘abandonó’ sin advertirle las consecuencias posibles de sus actos.

Espero que la demanda no prospere y no favorezca a Íngrid y a su familia, por múltiples razones. Porque su caso no puede ser comparable al de los diputados caleños, secuestrados ejerciendo su deber en la Asamblea Departamental y que cimco años después fueron asesinados por las Farc durante una operación de rescate fallida. Porque no merece ser indemnizada por haberse puesto conscientemente en peligro. Porque ese Estado al que quiere hacer pagar su afán de protagonismo la rescató. Y sobre todo, porque el contribuyente colombiano no puede pagar por la imprudencia de una política que buscaba desesperadamente una manera de ganar algo de notoriedad (principalmente ante los ojos de la opinión pública de OTRO país).

Curiosamente, la noticia de la demanda se conoció casi en simultánea con la decisión del gobierno francés de adoptar una ley de ‘Acción Exterior de Francia’ la cual consagra que los gastos de rescate de una persona ‘habiéndose expuesto deliberadamente, salvo con motivos legítimos, a riesgos que no podía ignorar’, tendrán que ser asumidos por esa última. Siendo Íngrid ciudadana francesa, ¿qué habría sido de ella si el gobierno francés lograba rescatarla en la operación que habían montado en Brasil? ¿Tendría que pedir limosna para reembolsar al Estado francés? ¿O serían suficientes los derechos y las regalías que ha recibido y recibirá por los diferentes libros, películas y artículos de prensa sobre su cautiverio?

Creo que hoy día, los franceses que tanto admiraron a Íngrid por su integridad y su afán por sacar adelante a Colombia estarían de acuerdo en ver pagar a Íngrid hasta el último centavo de su rescate antes de verla llenarse los bolsillos con el dinero del erario de un país en guerra al que años antes pretendía tratar de defender de la ‘voracidad’ de sus políticos.
 
*Politóloga de la Universidad de los Andes con especialización en diplomacia y negociación estratégica de la Universidad Paris XI. Actualmente trabaja en un Instituto de Investigación sobre la resolución no violenta de conflictos (IRNC) en París.
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