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Opinión

  • | 2000/03/27 00:00

    Tapia pisada

    Si los muros de Curití se hicieran con varilla de titanio, tal vez los redactores de ‘El Tiempo’ se sentirían más orgullosos de la imagen de Colombia

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El martes pasado publicó el periódico El Tiempo, en la página 6A (Nación), entre noticias de asesinos asesinados por las autodefensas, bloqueos de carreteras contra las petroleras, paros cívicos contra el gobierno, éxodos campesinos, masacres paramilitares, ventas de recién nacidos a extranjeros y tomas guerrilleras de pueblos, una ‘nota de color’ titulada ‘pisando tapia’. Al lado de una foto de ataúdes y cadáveres, y de un plano de vías cortadas por protestas, había otra foto, inhabitual y asombrosa, de trabajadores sonrientes. Trabajadores de verdad: no modelos publicitarios de anuncios ‘positivos’ de bancos en quiebra buscando ahorradores que estafar. Tres obreros sonrientes construyendo un muro de tierra. Pero la ‘nota de color’ que acompañaba la foto no era ‘positiva’, sino reveladoramente ‘negativa’: entre despectiva y paternalista, entre protectora y burlona. Vale la pena reproducirla entera. Dice así:

“A pesar de estar en pleno tercer milenio, en Santander aún hay quienes trabajan con las técnicas de épocas ancestrales. En Curití (Santander) es como ver obreros construyendo muros de ‘tapia pisada’. En algunos casos incluso reciclan materiales de muros caídos”.

Por el tono, es evidente que al redactor de la nota —o al editor de ‘Nación’, o a los directores del periódico— la construcción en tapia pisada (sin comillas: ese es su nombre) les parece chistosa, vergonzosa, y además vagamente perversa: síntoma de barbarie y causa de atraso. “Pleno tercer milenio”: o sea, modernidad, tecnología sofisticada, globalización de la economía; versus “técnicas de épocas ancestrales”: o sea, primitivismo, ignorancia, y lo contrario de la globalización, que por lo visto se llama Curití (Santander). El comentario va implícito en el tono: por eso somos unos salvajes, por eso este país no progresa, por eso estamos como estamos, etcétera.

Estoy en completo desacuerdo con el redactor de la nota, con el editor, con los directores, y con la opinión dominante del país, que es la que ellos reflejan; y que es, ella sí, la causa de que estemos como estamos. Por razones estéticas, económicas, políticas, y en fin de cuentas éticas, estoy en desacuerdo con todos ellos. Pisar tapia no es malo, sino bueno.

Es bueno en lo estético, y desde todos los sentidos. La tapia pisada es agradable al tacto: fresca, densa, seca, una masa apretada y viva que respira. Agradable al olfato, con su olor limpio y sano a tierra buena y a estiércol de caballo: no huele a plástico. Al gusto: la pueden lamer los niños sin riesgo de envenenarse, como ocurre con el gres y el asbesto. Al oído: amortigua los ruidos, les da eco a las voces. Y, claro está, es bella para la vista: ya sea desnuda y áspera, ocre o grisácea o rojiza; ya sea encalada de blanco o pañetada de tierra color sangre, como la Alhambra de Granada. Porque la Alhambra, aunque sin duda menos ultramoderna, tecnológica y globalizada que digamos, la sede del periódico El Tiempo en la autopista al aeropuerto, es mucho más bella: y es de tapia pisada.

Pisar tapia es bueno también en lo económico, y desde todos los ángulos. Ya lo estético es en sí mismo un valor económico, por supuesto, aunque los economistas neoliberales tiendan a olvidarlo. Pero además la tapia pisada es barata: se hace con tierra y agua; y en efecto se puede reciclar, cosa que escandaliza al redactor de El Tiempo, sin razón, pues se trata de una virtud, no de un defecto: con tapias viejas se hacen tapias nuevas, como las lámparas maravillosas de Aladino. Es duradera: los muros de tapia pisada de Ctesifón, la antigua capital del imperio parto en el norte de Irak, están en pie desde hace 2.000 años (si no los arrasó la tecnología globalizante de la guerra del Golfo). Ahorra energía: conserva en el día la frescura de la noche, y en la noche el calor del día. Si a los damnificados del volcán de Armero les hubieran construido sus nuevas casas en tapia pisada y teja de barro en vez de hacerlo en bloques industriales de concreto y lámina de zinc no sólo les habría salido bastante menos costoso sino que por añadidura podrían dormir, en lugar de axfixiarse en sus hornos crematorios. Y el material de sus casas, en vez de ser importado y caro, hubiera sido el mismo lodo del volcán, sin gastos de transporte. Y el trabajo hubiera sido también local, y no global: el suyo propio.

Pues que lo económico sea local o globalizado tiene consecuencias sociales, y por ende políticas. Si en vez de alzarlos pisando tapia los muros de Curití (Santander) se hicieran con varilla de titanio y hormigón pretensado, tal vez los redactores de El Tiempo se sentirían más orgullosos de la imagen de Colombia ante el mundo; pero entonces los tapieros de Curití estarían en Bucaramanga, atracando transeúntes con fusiles Galil de importación. Los economistas neoliberales no suelen tasar el padecimiento humano (el del transeúnte atracado, el del tapiero obligado a reciclarse de atracador); pero para que sus cuentas les salieran completas deberían considerar al menos el costo del arma, y el del botín. Y el de la policía. Y el de la cárcel. Y el de los ataúdes. El de todas las demás noticias de ‘Nación’, que son consecuencia directa de que no haya trabajo pisando tapia en Curití.

La suma de todo lo anterior conduce al plano ético: es preferible el bienestar general —simbolizado en la sonrisa de tres trabajadores satisfechos— a la maximización de las ganancias de unos cuantos importadores de técnicas no ancestrales y de productos del tercer milenio. Porque aunque no quieran medirlo los economistas neoliberales, el malestar general es costoso.

Y una consideración final, económica y ética por partes iguales: en este país en donde se lo roban todo no se ha dado nunca el caso de que se hayan robado una tapia pisada.
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