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Opinión

  • | 2017/03/01 08:06

    ¿Habrá que derrumbar el teatro Colón?

    Para fortuna de nuestro ícono cultural, se han alzado voces autorizadas como los arquitectos de las universidades de la ciudad y expertos en cultura que han salido a clamar por la recuperación, no por demolición, así sea parcial, del edificio.

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El tema de las tertulias por estos días en Barranquilla, que por fortuna subsisten y no están amenazadas por los debates en 140 caracteres de un trino, es el Teatro Amira de la Rosa, un ícono de la ciudad declarado en el 2006 bien de interés cultural nacional, pero que permanece cerrado desde julio del año pasado.

El Amira de la Rosa, para nuestra ciudad, es como el Colón de Bogotá o Buenos Aires, la Ópera de Sidney o el Amazonas de Manaos –ricos en engalanamientos interiores de tapices, frescos y pinturas– ante todo  por ser referente cultural, por sus valores histórico, estético, simbólico y de identidad de lo urbano. Es ante todo Caribe: en su interior, el telón de fondo que representa la historia de El Hombre Caimán, obra de Alejandro Obregón. Un punto de convergencia de sectores históricos como el Barrio el Prado, Montecristo y el Barrio Abajo. Una mirada arquitectónica contemporánea diferente a su entorno, con su mezcla de cubos y  triángulos.

El tema es que el teatro está cerrado. Un informe técnico entregado al Banco de la República, que lo maneja en comodato desde 1980, sostiene que su estructura presenta deterioros como desprendimiento del recubrimiento y oxidación y que no cumple con las normas de sismorresistencia, lo cual es cierto porque se trata de una obra que se empezó a hacer en 1963. Se trata de una edificación que el ciudadano del común asocia con una época, un estilo y una figura que hace parte de la memoria colectiva.

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El centro de la discusión está en qué hacer: si demolerlo como se hace con los estadios de fútbol o las casas viejas sin importancia arquitectónica. O restaurarlo como pasó con el Teatro Colón, en el que se invirtieron 50.000 millones de pesos en reforzamientos estructurales y embellecimiento de telón, butacas y la modernización del escenario, sin que a nadie en Bogotá se le hubiera ocurrido meterle explosivos para implosionarlo. Para fortuna de nuestro ícono cultural, se han alzado voces autorizadas como los arquitectos de las universidades de la ciudad y expertos en cultura que han salido a clamar por la recuperación, no por demolición, así sea parcial, del edificio. También Juan José Echavarría, nuevo gerente del Banco, ha dicho que la voluntad de la entidad es sacar el teatro adelante y devolvérselo a los barranquilleros. El ejemplo más claro que tiene la ciudad de que no hay que demoler sino restaurar para embellecer, son el edificio de la Aduana y la Intendencia, restaurados por la reconocida arquitecta de la Universidad Autónoma del Caribe Katya González.

Si todos están de acuerdo en la necesidad de salvarlo, lo que sigue es esperar el concepto del Ministerio de Cultura que es el que tiene la última palabra en materia de intervención de este tipo de bienes y que seguramente con el buen criterio de la ministra Mariana Garcés hará una propuesta pertinente. Este ministerio está facultado por la ley de cultura para determinar el cómo.

El Amira de la Rosa, sin duda, merece una segunda oportunidad sobre la tierra, como lo reclamó Gabo para Macondo en sus obras y cuando recibió el Nobel, más aún cuando la ciudad es cada día más carnaval, más jazz y más arte.  Es tan barranquillero como el Carnaval y, por qué no, La Troja.
* Rector Universidad Autónoma del Caribe

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