Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2005/04/03 00:00

Teatro de títeres

Detrás del teatro al que estamos asistiendo tiene que haber una tremenda pugna de intereses, tanto espirituales como materiales

Teatro de títeres

La naturaleza imita al arte, tal como observó Oscar Wilde. ¿Han visto ustedes las apariciones terribles del papa Juan Pablo II en su ventana del Vaticano, sobre la Plaza de San Pedro en Roma? Parece un cuadro de la famosa serie de papas aulladores que pintó Francis Bacon hace medio siglo sobre el modelo del retrato de Inocencio X por Velázquez, deformado y congelado el

semblante en un insoportable grito de silencio. En vez de la vaga caja de trazos blanquecinos en que encerró el pintor a su Papa pintado, al Papa vivo y verdadero lo enmarca la elegancia de una descomunal ventana renancentista, subrayada por una oscura colgadura de terciopelo con el escudo dorado de las armas pontificias. Pero el alarido de horror es el mismo. El Papa se asfixia, presa de convulsiones, se agita, manotea, abre la boca desmesuradamente y se esfuerza en vano por pronunciar palabras. Finalmente, su garganta emite un casi inaudible ronquido, que un cardenal traduce:

-Dijo "Benedicite" en polaco.

Y de nuevo se lo llevan adentro sus enfermeros, sus obispos, sus titiriteros. Le insertan en la tráquea una cánula respiratoria, le enchufan en las narices una sonda nasogástrica, lo encierran en sus aposentos hasta el día siguiente. Y al día siguiente lo vuelven a vestir todo de blanco y a sentar en su silla de ruedas, le retiran la cánula y la sonda, lo empujan hasta el borde del alféizar. Y otra vez se repite la tremebunda escena. En esas llevan casi un mes. Y -al menos hasta el viernes, cuando escribo estas líneas- el Papa aguanta.

¿Por qué lo someten al suplicio infame de esta agonía pública? Juan Pablo II no es ya el 'atleta de Dios' de los primeros tiempos de su pontificado: es una ruina. Los balazos recibidos en el atentado de hace 25 años, la colostomía que le permite defecar en una botellita, la traqueotomía que le permite respirar por una cánula, la enfermedad de Parkinson que le bloquea la garganta y los pulmones, las infecciones gástricas y urinarias, el estado febril, los quince kilos de peso que ha perdido en el último mes y para compensar los cuales le quieren poner ahora un tubo de alimentación estomacal directa, la pérdida del habla y de la capacidad de locomoción tienen al Papa convertido en un títere impotente al que sus ayudantes, o sus torturadores, manejan como a eso: como a un títere. ¿Qué teatro están representando?

La Curia romana dice que no, que la cosa es al revés. Que fue el Papa mismo quien decidió vivir esta agonía teatral y pública para "dar testimonio del valor salvífico del sufrimiento" y para que el mundo entero, admirado, lo viera cargar hasta el final "la cruz que le encomendó Cristo". Puede ser. Porque ya en otras ocasiones Juan Pablo II ha dado muestras de una cierta soberbia exhibicionista, como, por ejemplo, cuando hizo saber que el muy bien guardado Tercer Secreto de Fátima revelado a los pastorcitos por la Madre de Cristo consistía simplemente en un incidente de su propia vida personal: el atentado en el que resultó herido en 1981.

Puede ser, pues. Pero no es verosímil que el aparato gigantesco y complejo de la Iglesia Católica, la más grande organización religiosa y eclesiástica del mundo, se paralice todo él durante muchos meses por cuenta del capricho vanidoso de un anciano, por muy Papa que sea. Detrás del teatro de títeres al que estamos asistiendo tiene que haber una tremenda pugna de intereses, tanto espirituales como materiales, tanto de alta política eclesial como de mezquinas ambiciones eclesiásticas.

Lo que estamos viendo en la agonía del Papa no es la imitación del arte de Francis Bacon. Es, al revés, el arte de descifrar la verdad de la naturaleza.

(Pero la naturaleza termina por imponer su ley, aun sobre las mejor montadas obras de arte. Apenas he terminado de escribir esta columna, la radio informa: ha muerto el Papa ).

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