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Opinión

  • | 1997/12/15 00:00

    TEMAS DE CONSULTORIO

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La verdad es que me importa poco la suerte inmediata del Partido Liberal, metido por estos días en una discusión sobre el mecanismo que deben usar para escoger su candidato oficial a la Presidencia de la República. Debate que se da, por supuesto, muy lejos del interés de las masas a cuyo nombre hablan sus dirigentes. La falta de interés radica en que el Partido Liberal tiene cara de todo menos de partido, y en esas circunstancias la puja por la victoria de una o de otra teoría tiene que ver más con el triunfo coyuntural de cualquiera de los protagonistas de la pelea del momento que con la supremacía de una posición ideológica sobre otra. Aquí no hay pelea de tesis sino de conveniencias, y esos intereses se proyectan a un plazo tan corto que no vale la pena seguirle la pista a una pelea en la que, en el mejor de los casos, se busca el triunfo del liberalismo como una simple razón social. Eso no significa que el conservatismo tenga mejor salud, como temen ahora los liberales; lo que pasa es que no contempla la selección del candidato por consulta popular sino mediante una reunión de caciques en recinto cerrado. Esto lo hace una máquina más manejable pero no un partido más serio: al revés. El hecho es que no hay partidos políticos. El liberalismo mantiene en el redil a un puñado de candidatos que están ahí mucho más por conveniencia que por convicción. Horacio Serpa porque no tiene más remedio, y los otros porque la consulta popular les puede representar el volumen de votos que necesitan como case para seguir jugando al póker de la política. Los godos están en una situación similar con Noemí Sanín, una de sus cartas más fuertes, por fuera del esquema del Partido Conservador. Les pasa lo mismo que a los liberales, y es que el ámbito del partido se estrecha cada vez que a alguno de sus miembros le parece más conveniente jugar su propio juego y esperar que la estructura oficial de la colectividad no tenga más remedio que apoyarlo ante la fuerza de los hechos. Esto es en parte el resultado de la implantación de la doble vuelta electoral. Para los liberales resulta demasiado fatigante medírsele a tres campañas electorales de carácter nacional para poder soñar con llegar a la Presidencia. Para los candidatos de las demás vertientes, la posibilidad de tener votos en la primera vuelta les da la oportunidad de negociar con más firmeza cualquier adhesión a uno de los dos candidatos ganadores, por fuera de sus grupos políticos de origen. La doble vuelta, que se implantó para proteger a las minorías de la perpetuación de las mayorías de los partidos tradicionales, parece estar convirtiéndose en el gran verdugo de cualquier partido. Las pruebas están a la vista. Claro que ésta es sólo parte del problema, y tal vez la menos importante. La más contundente es que los partidos dejaron de ser depositarios de principios y filosofías para convertirse en bunkers donde encuentran refugio temporal los malabaristas de la mecánica política. Pero el hecho de que los partidos estén despedazados no significa que la consulta popular no sea un mecanismo importante. La consulta fue convertida en ley y aprobada por los liberales como condición para el regreso de Luis Carlos Galán a las toldas de su partido, sin las limitaciones de las convenciones de selección de candidatos manejadas por los caciques electorales. Por eso, eliminar el mecanismo democrático por el simple hecho de que el partido está despelotado es combatir la enfermedad con el bicho que la produjo.Esto le da validez a los intentos del ex presidente Alfonso López Michelsen de mantener la consulta a cualquier precio. Además, no me parece truculento el cambio de nombre de la elección, para dedicársela a la escogencia de director del partido que sea, como consecuencia, candidato a la Presidencia. Porque si de lo que se trata es de buscar mecanismos populares que le den piso y futuro a los partidos, la escogencia de directores convierte a los candidatos en productos secundarios.
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