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Opinión

  • | 2004/01/19 00:00

    Tenemos líder

    Lo bueno de que haya líder es que hay sentido y hay rumbo. Lo malo de que tengamos líder es el riesgo del simplismo y el de la intolerancia

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De viaje por Colombia he vuelto a comprobar el fervor con que la gente habla del presidente Uribe. Cierto que el fervor es más intenso entre la gente-gente, pero también lo expresan los peluqueros y las cajeras de los supermercados. Y es porque Uribe es más que un presidente: es el líder de opinión más exitoso que ha tenido el país en muchos años.Entre los estudiosos del liderazgo, unos sostienen que éste depende de la personalidad del líder, otros subrayan la sicología de los seguidores y otros opinan que el contexto social es lo importante. Parece entonces razonable concluir, como lo hacen las teorías recientes, que el liderazgo nace cuando surge la persona precisa para el público preciso y en el momento histórico preciso. Comenzando por el perfil sicológico del líder, hay varios rasgos que están bien comprobados, y que Uribe pareciera compartir. Algo así como 60 por ciento de los estadistas mundiales del siglo XX o de los caudillos latinoamericanos (Bolívar incluido) quedaron huérfanos de padre muy temprano, lo cual les hizo asumir responsabilidades y elaborar su propio código moral. De niño o joven, el líder en potencia es tesonero, seguro de sí mismo, hábil para entender a las personas, interesado en cuestiones éticas, independiente, capaz de hacerle frente al poder establecido (Uribe disidente del Partido Liberal) y de correr grandes riesgos por las cosas que cree (Uribe candidato solitario contra los diálogos del Caguán). Con esa personalidad de base, líder es quien encarna un mensaje o mejor, una 'historia' acerca de quiénes somos como pueblo, quién es el enemigo, cuál es la solución y dónde está el futuro. Bolívar, Hitler o Gandhi lo hicieron a su escala. Y, en una escala por supuesto muy distinta, es lo que Uribe está haciendo hoy en Colombia: 'nosotros' somos 'los buenos', el enemigo son los 'terroristas' (léase la guerrilla). La solución es derrotarlos, el futuro es seguridad para que haya inversión y quizá, más adelante, para darles una manito a los más pobres. Y no se trata, claro, de un discurso -aunque el discurso por supuesto ayuda-. Se trata de 'encarnar' aquella historia, de hacerla creíble y realizable a pie juntillas porque el líder lo ha probado con su vida. Como la vida personal de Ghandi, Hitler o Bolívar se parecen cada cual a su mensaje, así la vida de Uribe corrobora la 'historia' que propone (padre asesinado por las Farc, trabajo infatigable y honrado, dueño de fincas en Córdoba, disciplina personal que es casi militar, cerebro y autor de la pacificación de Urabá, blanco de atentados guerrilleros.). Tan importante es la congruencia entre el discurso y la vida del líder que, según los freudianos, al resolver el problema nacional el líder en efecto está intentando arreglar su problema personal -y viceversa-. El entusiasmo de los seguidores también depende de fuerzas sicológicas profundas. La 'historia' planteada por el líder es en efecto una historia bastante primitiva, un cuento literalmente infantil, donde el mundo se divide en dos bandos, el de los buenos y el de los malos, hadas y brujas como cree el niño, criollos y chapetones dirá Bolívar, arios y subhumanos dirá Hitler, víctimas y terroristas nos dirá Uribe. Seguir al líder es lo mismo que ser bueno y a la inversa, la gente buena se identifica con el líder. Y el niño que todos seguimos siendo cuando viejos mantiene tercamente la certeza de que al final del cuento gana el bueno. Lo bueno de que haya líder es que hay sentido y hay rumbo. Después de tantos años de andar a la deriva, la mayoría de la gente siente que por fin el país está en camino a alguna parte, la mayoría ve, quiere ver o quiere comenzar a ver la luz al fin del túnel. Lo malo (porque aunque el niño se resiste a verlo, todo lo bueno tiene su lado malo), lo malo, digo, de que tengamos líder es el riesgo del simplismo y el de la intolerancia. Simplismo, porque la 'historia' de buenos contra malos es demasiado escueta y el camino seguridad-inversión-ayuda al pobre es demasiado rosa. Intolerancia, porque los buenos suelen creerse demasiado buenos, porque líder que se respete tiene su toque de paranoia, y porque en el mundo infantil de héroes y bandidos no hay lugar a matices, salvedades ni preguntas. Así que por hoy no les entro a los bemoles.
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