Viernes, 31 de octubre de 2014

| 2013/08/24 00:00

Teodolindos recuerdos

Cuatro meses después de la providencial ausencia de Teodolindo en esa votación, la compañera sentimental de su hijo empezó a recibir contratos del ministerio de Protección Social.

Foto: Jhon Calson

Esta semana encontré un titular cómico sobre la yidispolítica. El señor exministro de Protección Diego Palacio citado por la agencia de noticias Colprensa afirma sin rubor: “No participé en el tema de la reelección”. La noticia informa que en los alegatos de conclusión del juicio que le adelanta la Corte Suprema, el exministro aseguró: “No participé en ninguna reunión que haya tenido que ver con la reelección”.

El ministro quizás olvidó que en víspera de la votación de la reforma constitucional en la Comisión Primera de la Cámara de Representantes, él se apareció por allá. El señor ministro, que no siempre tenía tiempo para atender llamadas de legisladores importantes, encontró un hueco en su agenda de ese miércoles 2 de junio de 2004 para ir a visitar a un don nadie.

El afortunado fue un representante a la Cámara suplente que acababa de tomar la curul. Se llamaba Teodolindo Avendaño y había llegado a gozar “una palomita” que le había dado el principal Juan Carlos Arcila. Ese pequeño politiquero conservador de Caicedonia vio llegar a su oficina prestada del Congreso nada menos que al señor ministro de protección Diego Palacio.

Teodolindo Avendaño nunca creó un proyecto de ley trascendental, ni fue ponente de una iniciativa importante durante su fugaz paso por la Cámara. Su salto a la –triste– fama empezó por una fotografía.

La noche anterior a su encuentro con el muy distinguido ministro, Teodolindo fue a comer empanadas y a beberse unos whiskys gratis a la casa de su colega Clara Pinillos, a quien recién conocía. Allí decidió tomarse una foto con otros 15 miembros de la Comisión Primera anunciando que votarían en contra de la reelección. Otros dos se sumaron al manifiesto y firmaron el papel con el cual se completaron 18 votos de 35, la mayoría necesaria para hundir el proyecto de reelección inmediata al día siguiente.

Ahí empezaron las sorpresas. La votación planeada para el miércoles fue aplazada para el jueves. Al señor ministro de Protección le entró un repentino afán para comentar con Teodolindo –justo ese día– la situación hospitalaria de Caicedonia. 

Al día siguiente Yidis se pasó al otro bando y Teodolindo no apareció. Ella ya ha explicado qué fue lo que la hizo cambiar de opinión. Teodolindo, condenado por cohecho, sostuvo que tuvo que irse porque un hijo se había estrellado. Sin embargo, su versión no cuadra con las fechas del choque simple, ni con los testimonios de los involucrados. 

Los investigadores encontraron que en esos días efectuó varias llamadas al Ministerio de Protección.

Cuatro meses después de la providencial ausencia de Teodolindo en esa votación, la compañera sentimental de su hijo empezó a recibir contratos del Ministerio de Protección Social.  

La nuera, la abogada Vania Castro, declaró ante la Corte que ella ni siquiera tuvo que presentarse a la dependencia para pedir que le dieran los contratos. Un funcionario del Ministerio de Protección llamado Carlos Arturo Gómez, casualmente paisano del entonces ministro Diego Palacio, llamó a ofrecerle entre 70 y 80 procesos en el caso de Colpuertos. 

En la agenda de Teodolindo encontraron repetidas anotaciones que decían entre otras cosas “Palacio”, “MinProtección Social”, “Llamar Dr. Juan David”, “Doctor Angarita, contrato adicional doctora Vania en Inco”.

En la libretica Teodolindo anotó la información del notario 67 de Bogotá, Luis Camilo O’Meara, quien le compró a plazos la notaría con la que el gobierno le pagó su ausencia.

Cuando los investigadores le preguntaron por qué tenía los datos del notario, Teodolindo explicó que simplemente se los había pedido cuando se encontraron en un aeropuerto.

La contrapregunta de la magistrada investigadora, puso en evidencia al efímero congresista:

-¿Y por qué anotó la cédula, don Teodolindo?

-Bueno…–intentó responder el interrogado– …no sé…me la dio él de todas maneras… y mira esto y lo otro y esas cosas…me dijo a las órdenes allá y todas esas cosas doctora... ¿Sí?... No sé por qué me dio la cédula y yo la anoté. 

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