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Opinión

  • | 2013/10/09 00:00

    Tercería: expectativas y fragmentación

    Que existen condiciones objetivas para una tercería emergente, es una verdad que surge del mapa de tendencias que dibujan las encuestas en la opinión.

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El presidente Juan Manuel Santos, uno de los probables candidatos, llegó a descender en tres años del 71 % al 21 % en la favorabilidad de los colombianos; sin que dicho resultado obviamente anule su recuperación, como ya lo indican nuevos sondeos. En todo caso, la siguiente constatación se impone: una masa flotante llega a desengancharse en algún momento del  proyecto santista. Lo cual no deja de suponer un efecto de fluidez en las orientaciones partidistas y de desapego en las lealtades políticas, efecto del que pueden salir  damnificados algunos liderazgos.

Mientras tanto, Pacho Santos, el que puntea entre los uribistas, apenas si rasguña en intenciones de voto el 14 %; una cifra tanto más baja cuanto que más de una vez el 77 % de los individuos encuestados ha manifestado que no quiere ver reelecto al presidente. Por lo que se palpa, a los que un Santos espanta, el otro no los encanta. No hay transferencia simétricamente perfecta entre lo que pierde el uno y lo que gana el otro. 

Ahora bien, polarización intensa sí la ha habido; pero solo en el discurso, en el gesto, en el ejercicio de la oposición. Sin embargo, ella no consigue atrapar en el remolino de su dinámica infernal las transferencias de legitimidad que van de uno a otro candidato. La que se desprende del Santos santista no se desplaza inexorable hacia el Santos uribista; entre otras cosas porque con toda evidencia este último no es Uribe (sino precisamente, vaya casualidad, también un Santos).

Es la razón por la que en esa transferencia imperfecta de credibilidad perdida, se forma una especie de vacío político, en las inclinaciones de los electores. Un vacío parcial pero grande en el centro del espectro electoral; que se refleja en el hecho de que de acuerdo con algunas de las encuestas el 34 % de los ciudadanos no encuentra identidad con los candidatos en juego; razón por la que aparece un mundo, no de inclinaciones decantadas, sino de expectativas.

Se trata de una suma de electores, muchos de ellos independientes, devotos quizá de la seguridad uribista, pero susceptibles de constituir un potencial en el que podría prosperar la tercería.

Navarro: ¿el Mockus, modelo 2014?

Que ésta es una posibilidad subjetivamente razonable lo indican las experiencias electorales del pasado próximo. En 2010 la ola verde catapultó la candidatura de Antanas Mockus hasta conseguir el 28 % de la votación; eso sí, después de una “consulta interna”, en competencia con Lucho Garzón  y Enrique Peñalosa. En 2006, Carlos Gaviria había alcanzado en la primera vuelta el 22 %; también después de una consulta interna dentro de la izquierda frente a Antonio Navarro Wolff.

En esas votaciones anteriores radica el plante para la apuesta por una tercería; solo que hoy está completamente fragmentado. Diferentes sondeos han indicado que Navarro, Peñalosa y Clara López sumarían entre un 23 % y un 28 % de la votación total; una cantidad eso sí que estaría dividida bajo distintas proporciones si los 3 se presentaran a la competencia. Por ejemplo, Clara López tendría un 9 %, Peñalosa un 8 % y Navarro un 6 %. No resulta demasiado atrevido intuir que las intenciones de voto por Peñalosa provienen de electores de centro; que las de Clara López tienen origen en la izquierda; y que en las de Navarro se mezclan las dos categorías de votantes. 

Por distintas razones, la necesidad de una consulta popular que unifique estos segmentos resulta de una evidencia apabullante si lo que se pretende es arrancar la carrera con aquel caudal de la ola verde, base indispensable para pasar a una segunda vuelta en las presidenciales. Escenario este último en el que podría potenciase aún más el apoyo al candidato que en esa eventualidad dejaría de ser tercería para convertirse en un retador con niveles seriamente competitivos.

Hace casi 4 años Mockus fue el catalizador, entre Peñalosa con sus votos independientes de centro; y Lucho Garzón con su votación de izquierda; en una especie de opción independiente con visos de centro-izquierda, aunque con el sesgo particular  de sus banderas contra el atajo y la trampa. La pregunta es hoy si un Navarro Wolff sería capaz de jugar un papel similar, situado entre Peñalosa y Clara López. ¿Se atreverá y podrá? ¿Se atreverán los 3? Cabe pensar que en una primera vuelta el candidato más adecuado para reunir este 28 o 30 % del electorado, sería Navarro. En cambio, en una segunda vuelta, a fin de atraer la votación de centro e impedir que el presidente Juan Manuel Santos la recapture, el perfil más eficaz sería el de Peñalosa. 

Obviamente, la hipótesis supone una pirueta de clonación imposible. Pero es una imposibilidad que muestra los escollos en una por lo pronto improbable consulta popular entre los 3. Se trataría de condensar en uno solo de tales precandidatos las garantías de estabilidad en el sistema y de seriedad programática, en una medida lo suficientemente creíble como para atraer al centro; al tiempo que se incorpora el compromiso con la equidad social y con la paz, indispensable para asegurar al votante de izquierda. Cualquiera otra posibilidad daría paso sin remedio a una participación electoral, en los términos de una simple constancia histórica.
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