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Opinión

  • | 1983/05/02 00:00

    TERNURA Y TORNILLOS

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Fabio Lozano Simonelli ha escrito en la revista "Diners" una página deliciosa, en la que se combinan el miedo reverencial y el humor irreverente, para preguntarse si efectivamente el mundo se va a acabar en 1984, como lo anunciaba Orwell en aquella famosa novela que conmovió y asustó a nuestros hermanos mayores hace ya treinta años.
Cada vez que se plantea --en serio o en broma-- este asunto del fin del mundo, y aparecen en ciudades y aldeas colombianas los piojosos profetas del desastre, que vaticinan la gran catástrofe y la hecatombe definitiva, yo tengo que acordarme de un borracho barranquillero irrespetuoso y feliz, que una ardiente mañana de enero se metió a misa en la Iglesia de San Nicolás, tal vez para reposar la juma y para sacarle el cuerpo al sol implacable que hacía en la calle.
El cura, uno de esos canónigos ojerosos y pálidos que desayunan con jaculatorias y almuerzan un bocadillo de guayaba disuelto en un vaso de agua, arrojaba sobre sus feligreses una homilía de apocalipsis, como Ababdón el Exterminador, pintando con ardor la escena terrorífica del fuego que cae como agua hirviendo sobre los pecadores, la tierra voraz que se abre para tragarse a los impíos --a todos los impíos, incluyendo liberales y bailadores de vallenatos-- y a las mujeres impúdicas que usan bluyines y engañan a sus maridos aunque sea con un mal pensamiento.
Estaba el párroco en lo más estremecedor de su discurso. Comprendió que había cautivado el estupor de su auditorio. Entonces levantó al cielo las manos nudosas y, en medio del calor bochornoso de la iglesia gritó:
--¡Arrepentíos, que el mundo se va acabar! El borracho, que bostezaba en la última fila, se levantó penosamente del escaño y exclamó:
--¡Que vá, padre!. El mundo se acaba para el que se muere...
A partir de ese día comprendí que en esta vida los únicos hombres invulnerables al miedo e inmunes al pavor son los que tienen el coraje de tomarse dos botellas de ron blanco sin pestañear, y con cuarenta grados a la sombra.
Me estoy perdiendo otra vez en estos fangosos tremedales de los recuerdos. La memoria me persigue como un perro hambriento. Me asalta el temor, cada vez más frecuente, de estar padeciendo ya esa enfermedad senil y poética que es la asterioesclerosis de la nostalgia. No resisto la tentación de ponerme a divagar. Me parece, como le ocurre a ciertos periódicos conservadores que mi circulación es cada día peor.
Lo que estoy tratando de decir, desde antes de extraviarme en el cuento del borracho sabio, es que en realidad hay síntomas alarmantes de que el mundo se está acabando, pero no de un sólo golpe sino a pedazos, lentamente, con una agonía desesperante, dando unos desgarradores coletazos de ballena herida. El cine moderno, por ejemplo, es una lección que retrata perfectamente esta angustia.
Primero fue "E.T.", ese muñeco horriblemente bello --o hermosamente maluco, como dicen en Cartagena-- el que le cambió la cara a las películas de monstruos. Hasta cuando su cabeza de colombina de chocolate hizo su aparición en la pantalla, los seres mecánicos del cine perseguían una sola, simplista y pendejísima intención: asustar a los espectadores. Así ocurrió con el tiburón o con la ballena asesina.
Spielberg, en cambio, tuvo la suficiente alma de poeta para combinar en E.T. los tornillos con la ternura. Pero nos dio también un mensaje sobrecogedor: los seres humanos sentados en las butacas de un cinematógrafo, son capaces de conmoverse hasta la lágrima con un aparatico extraterrestre, mientras al otro lado de la calle los niños de carne y hueso de El Salvador son barridos por la metralla, y nadie se mosquea.
Lo que viene ahora es, sin duda, una invasión del cine que podríamos llamar mecánico. Acaban de producir en los Estados Unidos una película titulada "Cristal Oscuro", en la que, pásmense ustedes, no actúa ni una sola persona. Sus protagonistas son cien bichos de hierro y acero con cerebros electrónicos y pequeñas computadoras en su interior: buitres violentos, escarabajos descomunales, jirafas con cara de morsa.
¡Fuera los hombres y mujeres!. Empiezan a desaparecer los actores consagrados por Hollywood con sus peinados de gomina y sus miradas seductoras. Aquí es donde tenemos que volver sobre el fin del mundo, las profecias de la novela de Orwell y el borracho de Barranquilla. El mundo se va a acabar, qué duda cabe, pero en el cine. Ya se prescinde de los actores. Mañana los genios locos inventarán varios muñecos que sirvan de camarógrafos y pongan a rodar la película. Y llegará un día en que el proyectista de las salas de exhibición, ese hombre soñoliento que siempre se quedaba dormido en la mitad del filme, sea también un objeto fabricado de plástico y molibdeno.
Me asalta un temor, una especulación intelectual, una pequeña grieta en el cerebro: ¿qué va a pasar cuando, una noche de estas, además de los actores, de los camarógrafos y del proyectista, también sean seres mecánicos los que ocupen su asiento en la sala?. Me imagino lo que será el espectáculo de estas marionetas metálicas masticando papas fritas con sus mandibulas de hierro. Y otra muchacha de hierro recibiendo las boletas en la entrada.
Somo me tranquiliza una cosa, en medio de este panorama tan triste: que siempre será necesario que haya un hombre, por lo menos uno para fabricar los muñecos. Pero llegará un año en que los muñecos electrónicos serán fabricados por otros muñecos electrónicos a los que, a su vez, nadie ha construido.
Entonces ocurrirá la maravilla más portentosa: los muñecos fabricarán hombres de carne y hueso para que protagonicen sus películas y para que los diviertan a ellos. La manivela de la vida habrá dado, en ese momento preciso, la vuelta más bella de la historia...--
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