Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2000/01/17 00:00

Terremoto moral

La nuestra es una corrupción en la cual hemos venido hundiéndonos casi sin resistencia. Salir de la podredumbre moral es cosa nuestra.

Terremoto moral

Suponiendo que la economía consiga salir de la crisis, que esa es una. Suponiendo que se llegue a alguna forma de paz, que esa es otra. Suponiendo esos dos logros, ya portentosos en sí mismos, todavía quedará por hacer lo más difícil, que es rescatar a los colombianos de la degradación moral en que estamos hundidos.

Salir de la crisis económica exigiría, por supuesto, hacer lo contrario de lo que han venido haciendo los gobiernos de los últimos 20 ó 30 años con el resultado de sumir al país en ella. Pues no es coyuntural, ni simplemente heredada de la frivolidad amiguera del gobierno de Samper. Es estructural, es vieja, es deliberada: es consecuencia de una política. Estamos en ella gracias a toda esa sabiduría económica que se resumía en la cínica frase de “el país va mal, pero la economía va bien”. Era una frase falsa, en la cual el “pero” hubiera podido cambiarse por un “porque”: el país va mal, porque va bien la economía de unos pocos. Ninguna economía puede ir bien cuando un país va mal. Pero la historia es vieja. Ya en los tiempos de Ospina Pérez en medio de los ríos de sangre de la violencia política y agraria se hicieron muy hermosas fortunas: el país iba mal, pero la economía de unos cuantos iba de viento en popa.

Para que la economía vaya bien es necesario que también el país vaya bien. Es decir, es necesario ocuparse de las condiciones de vida de los colombianos: del mercado interno, si prefieren. De la producción para el mercado interno, y del consumo interno. O sea: hay que dejar de obedecer ciegamente los consejos y recetas impuestos por el Fondo Monetario y el Banco Mundial, que en vez de resolverla han agravado la crisis. Si hoy nos están atracando, robando, secuestrando y asesinando a todos en cada esquina de la calle, en cada curva de la carretera, es porque se ha acumulado en el país una masa insostenible de miseria, engendrada por una estructura de injusticia absoluta. Una miseria que genera violencia, y que se agrava con la violencia que genera. A los funcionarios del Fondo, o del Banco (muchos de ellos ex ministros del Estado colombiano que fracasaron en su tarea local), que miran las cosas sobre un papel milimetrado sin verse importunados por el silbido de las balas, les da igual. A lo mejor tienen razón en eso que llaman “lo macro”, en eso que llaman “el largo plazo”. Pero los demás vivimos en lo micro: en lo cotidiano. Hasta los magnates tienen que cruzar esquinas o coger curvas en las carreteras, así sea rodeados de guardaespaldas. Y todos vivimos en el corto plazo: en el largo, todos estaremos muertos, decía Keynes, ese economista tan despreciado hoy por los autistas funcionarios del Fondo y del Banco.

El logro de la paz pasa también, entre otras cosas, por la renuncia a las recetas de guerra dictadas por Estados Unidos. Para empezar, por la renuncia a su ayuda, que sólo ha servido para complicar las cosas. Ayuda contra la droga: contra ese problema artificialmente creado por la política prohibicionista de los gobiernos norteamericanos y que no ha hecho otra cosa que corrompernos. Ayuda contra la guerrilla: ¿no es curioso que los militares colombianos, formados todos en Estados Unidos, con asesores gringos y armamento gringo (aunque de segunda mano), sean tan incompetentes en su guerra contra una guerrilla campesina de la cual se dice, con estúpido desdén, que no conoce el mundo? Si los gobiernos colombianos quieren ganar la guerra, o pactar la paz, no deben reclamar más ayuda: deben rechazar la mala ayuda que hay, pues sus efectos han sido tan nefastos en lo militar, lo político y lo social como lo han sido en lo económico los consejos del Banco y del Fondo.

Pero esta guerra civil que nos han ayudado a agravar, y esta crisis económica que nos han aconsejado profundizar, han tenido consecuencias no sólo militares, políticas, sociales y económicas, sino también morales. Y la descomposición moral de los colombianos producida por ellas sí es cosa nuestra. Los corrompidos somos nosotros, aunque nos hayan ayudado a corrompernos. La nuestra —porque es nuestra— es una corrupción en la cual hemos venido hundiéndonos casi sin resistencia, y cada día más aceleradamente. Y es de todos nosotros. De los llamados ‘actores militares del conflicto’ —guerrilla, Ejército, paramilitares— que actúan de forma cada día más inhumana. De los políticos, cada día más cínicos, de los banqueros, cada día más avispados, de los periodistas, cada día más complacientes con el horror. De los ricos y de los pobres, cada día más acomodados a la ley de la selva y del ‘sálvese quien pueda’, sobreviviendo como fieras en los campos abandonados y en las ciudades deshechas, como saqueadores después de un terremoto. Nos han ayudado a fabricar el terremoto: pero el comportamiento de saqueadores es nuestro. Lo vemos a diario: lo hemos visto inclusive en los verdaderos terremotos.

Salir de la sima de podredumbre moral en la que hemos caído los colombianos no va a ser fácil. Pero es cosa nuestra. Tarea nuestra. No nos va a ayudar nadie, y no podemos permitir que vengan a salvarnos esos profesionales salvadores de la patria que siempre aparecen después de los terremotos.

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