Martes, 2 de septiembre de 2014

Terrorismos Foto: León Darío Peláez / Semana

| 2013/04/27 00:00

Terrorismos

por Antonio Caballero

La “guerra global” es absurda, porque el terrorismo no es global: es local.

Sigo sin entender los atentados terroristas de Boston. Sé lo que nos han dicho las autoridades a través de la prensa y la televisión: que dos jóvenes musulmanes de origen checheno pusieron unas ollas explosivas en la tradicional maratón de esa ciudad norteamericana, matando a tres personas e hiriendo a más de doscientas, y que después se fueron a una fiesta y al salir robaron un carro y mataron a un guardia de seguridad, no sé bien en qué orden. 


La ciudad entera fue puesta bajo estado de sitio hasta que diez mil policías y cien helicópteros y no sé cuántos carros blindados dieron con lo sospechosos. Mataron a uno a tiros y el otro huyó malherido, pero lo capturaron unas horas más tarde escondido en el casco de un yate, gracias a la denuncia de un ciudadano. 


En el hospital confesó por señas –no por ignorancia del idioma inglés, pues llevaba varios años viviendo en Boston, sino porque no podía hablar a causa de sus heridas–, confesó, digo, que él y su hermano habían actuado por odio a los Estados Unidos, culpables de matar a miles de musulmanes en Irak y Afganistán (en su natal Chechenia la guerra fue de los rusos).


Muchas cosas hay ahí, sin considerar siquiera el asombroso enredo de las bombas, la fiesta, el carro robado, el tiroteo en la ciudad sitiada, la insinuación de que el terrorista herido, además de ser extranjero y musulmán, traficaba con marihuana. Hay ahí por lo menos dos cosas: el odio a los Estados Unidos es una; y la otra es la más reciente manifestación de ese odio, el terrorismo. 


Lo del odio. Los norteamericanos, con pocas excepciones, no se lo explican. ¿Cómo van a ser odiados ellos, tan generosos y benévolos que en los últimos, digamos, ciento cincuenta años, no han vacilado en salir a ayudar o a defender o a liberar a, digamos, ciento cincuenta países, invadiéndolos, cañonéandolos, bombardeándolos, ametrallándolos, imponiéndoles por la fuerza dictaduras feroces para que los defendieran de otras que podrían ser aun más feroces y a las cuales habría que abandonar o derrocar de nuevo en su incansable tarea de protección y ayuda? No puede ser. 


Tiene que haber algún malentendido. Tanto esfuerzo, y ningún agradecimiento. Las invasiones liberadoras empezaron aún antes de que los Estados Unidos mismos fueran libres, o estuvieran unidos: cuando en su lucha por independizarse de los ingleses enviaron al recién creado cuerpo de marines, en el primer desembarco de su historia, a tomar la islita de Providencia, en el Caribe, en el mes de marzo de 1776. Y no han parado desde entonces. 


Comenzaron por ocupar las tierras de los indios, y luego por anexar las de los mexicanos y los hawaianos, y por invadir las que les quedaban a los españoles en América, Cuba y Puerto Rico, y luego las Filipinas, y Panamá, y Haití, y Santo Domingo, y la China, y Sumatra, y el Perú, y la Rusia recién sovietizada, y Alemania, y el Japón, y Corea, y la Indochina, y el Líbano, y el Irán, y el Irak, y Afganistán, y de nuevo Panamá, para aplastar al cual les bastaba con cruzar una calle desde sus bases militares. 


Porque hay bases militares norteamericanas, varios cientos de ellas, en más de un centenar de países, cinchando la tierra con un cinturón de hierro, vigilándola en nombre de la libertad, como advirtió alguna vez Simón Bolívar, o de la democracia contra la amenaza comunista, o de la salud contra las drogas prohibidas (por los Estados Unidos). O, como ahora, de la seguridad frente al terrorismo.


El terrorismo es el enemigo designado ahora, cuando se ha hundido el espantapájaros del comunismo ateo, cuando incluso las drogas empiezan a ser miradas desde el ángulo de la prevención y no de la represión, cuando se entiende por fin que tampoco el Islam en su conjunto puede ser señalado con el dedo acusador, pues allá también hay monarcas y dictadores amigos. 


El terrorismo, en cambio, es un enemigo multiforme y omnipresente: puede ser religioso o nacionalista, islámico o católico irlandés, tamil o checheno, o antisionista, como lo fue sionista cuando los judíos de Israel buscaban liberarse de los británicos; puede ser aún más vago: terrorismo antiabortista, por ejemplo. 


Y Barack Obama, presidente de los Estados Unidos, el mismo que tanto ha decepcionado a los que le dieron el premio Nobel de la Paz al mantener vivas dos guerras en Afganistán y en Irak y sumarse a otras dos en Libia y en Siria e iniciar dos más en Yemen y en Somalia, aprovecha el crimen de la maratón de Boston para proclamar el futuro: la guerra global contra el terrorismo. 


Una “guerra global” que es absurda, porque el terrorismo no es global: es local. Es un método, no una doctrina ni una causa. No es el mismo terrorismo el que hace estallar bombas en Boston y en el Cauca colombiano, en Mogadiscio y en Madrid y en Kabul y en Belfast y en Palermo y en Tokio y en Buenos Aires. 


No son los mismos sus autores (aunque ocasionalmente haya contactos entre ellos: de la ETA vasca con Pablo Escobar, del IRA irlandés con las Farc), ni sus víctimas, ni sus motivos, ni sus fines. A veces son las mismas sus armas, compradas en el inagotable mercado negro que alimentan los grandes vendedores de armas. Encabezados por los Estados Unidos. O ni siquiera eso: ¿dos ollas cargadas con tornillos?


A este batiburrillo de orígenes y de propósitos quiere responder Obama policializando el mundo entero, como lo hizo con la ciudad de Boston. No estoy de acuerdo con el diagnóstico. Y tampoco creo que la receta tenga éxito. 

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