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Opinión

  • | 2002/04/08 00:00

    Terrorismos

    La suerte de los palestinos sometidos ha sido comparada en estos días a la de los negros del Africa del Sur durante el ‘apartheid’

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El terrorismo es malo, por supuesto: el uso del terror como herramienta política y militar. Tanto si lo practican los débiles como si lo practican los fuertes, y cualquiera que sea su objetivo: ‘bueno’, si es el nuestro o el de nuestros amigos, y ‘malo’ si es el de nuestros enemigos o nuestros adversarios. En todos los casos, el terrorismo es criminal. Pero quizás es todavía peor, desde un punto de vista moral, la utilización hipócrita del terrorismo ajeno para justificar el propio.

Así, es absolutamente inmoral, además de claramente criminal, la actitud del gobierno israelí de Ariel Sharon contra los palestinos: tanto contra los palestinos inocentes de actos de terrorismo antiisraelí como contra los palestinos responsables de tales actos. Y es más inmoral todavía, pues carece de la excusa de la defensa propia, la actitud del gobierno de los Estados Unidos en el conflicto entre palestinos e israelíes, que consiste en justificar el terrorismo de Estado de Sharon, y alimentarlo con armas y dinero, mientras condena el terrorismo de base de Hezbollah o de Hamas, y exige su cese.

Esto no es nuevo, por supuesto también. En los años previos a la fundación del Estado de Israel, en 1947, se produjeron en esa martirizada región bastantes casos de terrorismo, tanto palestino como sionista, tanto de los palestinos contra los colonos judíos y de los colonos judíos contra los dueños palestinos de la tierra como de unos y otros contra la potencia entonces ocupante (la Gran Bretaña: la voladura del Hotel Rey David, cuartel general británico, por el Irgún sionista, con 91 muertos), y contra las Naciones Unidas (el asesinato por el Irgún, del mediador de la ONU, Folke Bernadotte). Los terroristas palestinos fueron ahorcados; los judíos llegarían luego a ocupar los más altos cargos del gobierno del Estado de Israel, como Menahem Begin, que fue primer ministro. Y, como resultado de ese terror, sumado a cien consideraciones de la política regional e internacional de la época, el territorio de Palestina se partió en dos mitades: la más pequeña (un 45 por ciento) para los árabes palestinos que lo ocupaban desde hacía más de mil años, y que sumaban 1.300.000. La más grande (un 55 por ciento) para los 700.00 judíos llegados a instalarse allí en el último medio siglo.

Desde entonces han sucedido muchas cosas: demasiadas para contarlas con detalle en una columna de revista. Varias guerras entre Israel y los países árabes vecinos, la ocupación por Israel de la mayor parte de las tierras dejadas por la ONU a los palestinos, la voladura de sus casas, la destrucción de sus campos, la expropiación de sus bienes, la expulsión de sus gentes. Dos ‘intifadas’ (las sublevaciones palestinas contra los ocupantes). Media docena de resoluciones de la ONU condenando la ocupación, incumplidas por Israel gracias al veto de los Estados Unidos. Varias conferencias de paz. Muchos muertos. Tanto israelíes, por cuenta de los atentados suicidas palestinos; como palestinos, por cuenta de las incursiones del ejército de Israel o de sus asesinatos selectivos de dirigentes: una proporción aproximada de nueve muertos palestinos por cada uno israelí, pues la desproporción de las respectivas fuerzas militares es esa. La situación actual consiste en que los palestinos, a pedradas o con el arma monstruosa del suicidio, se han levantado en una segunda ‘intifada’ contra la ocupación israelí, cada vez más opresiva y brutal bajo el gobierno ultraderechista del general Ariel Sharon. El cual cuenta con el apoyo irrestricto —en armas, en dinero, en protección diplomática— del gobierno ultraderechista de los Estados Unidos encabezado por George W. Bush.

La suerte de los palestinos sometidos ha sido comparada en estos días a la de los negros de Africa del Sur bajo el apartheid por dos personas tan distintas como el escritor africano Sole Woyinka, un pacifista, y el profesor norteamericano Zbignew Brzezinsky, famoso ‘halcón’ en sus épocas de consejero de seguridad nacional de los Estados Unidos. Otro escritor, el portugués José Saramago, ha llegado más lejos, comparándola con la de los propios judíos en Alemania bajo el régimen nazi, y mencionando el nombre terrible —y tabú— de Auschwitz, el más siniestro de los campos de exterminio. Yo mismo, hace unos meses, tuve en las páginas de esta revista un rifirrafe con el entonces embajador de Israel en Bogotá por haber comparado los métodos de Sharon y de su ejército, y el vergonzoso silencio del mundo, con los usados hace más de medio siglo por el gobierno y el ejército de la Alemania nazi, y el silencio del mundo.

Pero no es necesario hacer comparaciones, que pueden ser abusivas o al menos ofensivas. Basta con decir que la política de exterminio y humillación de los palestinos por parte de Ariel Sharon, ante el silencio vergonzoso de casi todos los gobiernos del mundo, y con la complicidad culpable del de George W. Bush, es miserable. Y, a la larga, suicida. Tan suicida como los atentados terroristas de los ‘mártires’ de la intifada palestina contra Israel.
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