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Opinión

  • | 1984/08/27 00:00

    ¿TIENE SEXO LA INTELIGENCIA?

    El verdadero reto de Geraldine consiste en demostrar que no es candidata de bolsillo

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Es la nueva estrella del espectáculo. Es la "A star is born" de la vida real. Incluso hay quienes sostienen que gracias al color que le ha añadido al incoloro Walter Mondale, éste tiene por primera vez argumentos para aspirar seriamente a la presidencia de los EE.UU. Pero el verdadero reto de Geraldine Ferraro, escogida por Mondale para acompañarlo en su intento de frustrar las aspiraciones reeleccionistas de Reagan, es el de demostrar ahora que constituye algo más que una candidata de bolsillo, y que su potencial electoral no consiste simplemente en encarnar una alternativa feminista sino en pensar, actuar y competir como una verdadera estadista, aunque su inteligencia, por razones de sexo, se vista de faldas.
La histeria que ocasionó en EE.UU. su elección como compañera de campaña de Mondale, sin embargo, no debe ser un motivo de orgullo femenino sino un serio argumento para comprender que todavía en el mundo las mujeres siguen siendo consideradas primero mujeres que personas. Allí, en la convención demócrata, el collarcito de perlas que la Ferraro llevaba colgado del cuello le restó una gran parte de la atención que las palabras de su discurso merecían atraer. Tristemente doña Geraldine, una ama de casa de 48 años, atractiva, bien vestida, discreta y femenina, no produjo revuelo en la opinión pública norteamericana por sus ideas sobre cómo debe manejarse el país, sino por la posibilidad de que su sexo pudiera alterar las encuestas que hasta hace poco favorecían la reelección de Reagan sobre las aspiraciones electorales de Mondale. Y es que parece, --"aquí entre nos", que sus ideas como estadista influyeron menos que su sexo en el importante papel que ha sido invitada a jugar en el escenario político norteamericano. La señora Ferraro era una de las tres opciones que tenía estratégicamente Mondale, junto con otros dos candidatos: uno que representara a la población negra y otro a la hispana. Estos dos últimos sectores, considerados de unos años para acá en los EE.UU. como minorías poderosas capaces de influir seriamente sobre un determinado resultado político, han venido luchando, como las feministas, por introducir un candidato que represente sus intereses gremiales. Pero a diferencia de los negros o los hispanos, con respecto a los cuales la discriminación existente en los EE.UU. valida sus aspiraciones reivindicatorias como minorías, las mujeres no pueden permitirse el lujo de que las traten como gremio, pues automáticamente se estaría configurando la teoría de que la inteligencia tiene sexo, a diferencia de los ángeles.
La histeria despertada por la señora Ferraro amenaza con convertirse en un arma de doble filo para el sexo femenino. Pues si bien es cierto que su elección ha complicado las cosas para el Partido Republicano, cuyos miembros deberán cuidarse de atacarla de una manera en la que puedan ser acusados de practicar la discriminación sexual, la prensa norteamericana persigue permanentemente a la señora Ferraro en espera del primer desliz que pueda cobrarle como mujer, que inexplicablemente parece ser potencialmente más peligroso que la perspectiva de equivocarse como persona.
A pesar de que, afortunadamente, la Ferraro no ha hecho su carrera como feminista, el hecho de que sus ideas y experiencia sí permitan cuestionar su madurez política abre la posibilidad de la utilización feminista que Mondale probablemente quiso darle a la candidata. En EE.UU. las mujeres son mayoría electoral, y pusieror 6 millones más de votos que los hombres en las elecciones de 1980. Pero ello presupone, y ahí es donde Mondale arriesga el pellejo, que las mujeres eventualmente votarían en bloque por una candidata de su sexo. Es cierto sí, que cuando hay más de 4 mujeres reunidas en un mismo recinto es más probable que la conversación derive en la forma más adecuada de educar a los hijos que en los problemas de desempleo que ocasiona la restricción del gasto público. Pero de ahí a que haya que votar por la señora Ferraro porque, como ridículamente lo afirman algunas norteamericanas, su candidatura ha cambiado el contexto de sus relaciones con el resto de la sociedad y la forma como se ven; sí mismas, existe un gran trecho.
Tristemente en los partidos tradicionales colombianos --que no en la izquierda colombiana, pues cuando Socorro Ramírez fue candidata luchó dignamente por ser considerada persona, antes que mujer--, las representantes de sexo femenino, son muy contadas excepciones, se las han arreglado para que la inteligencia sea el menos valedero de sus atributos.
Y con lo permeables que somos a la influencia nórdica, me temo que el fenómeno de la nueva candidata a la vicepresidencia de los EE.UU. podría utilizarse en nuestro país para precipitar la temida "luzcastillamelización" de las mujeres colombianas en la política. Y esto sólo significa que ahora sí el sexo femenino podría reclamar legitimamente una cuota en el manejo del Estado, pero sobre la premisa de la declaratoria de inconstitucionalidad de su inteligencia.--
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