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Opinión

  • | 2017/03/15 10:34

    Timochenko, Márquez y el asesinato del obispo Duarte Cancino

    Un juez los condenó en el 2012 por el asesinato, pero dos magistrados revocaron la sentencia. Ahora es el momento para que el secretariado diga su versión acerca de ese crimen.

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El 16 de marzo del 2002 el arzobispo de Cali, Isaías Duarte Cancino, salía de oficiar 105 matrimonios en la iglesia del Buen Pastor en esa ciudad cuando fue interceptado por dos sicarios que le dispararon seis tiros en la cabeza y huyeron.

Duarte Cancino había dedicado la mayor parte de su actividad sacerdotal y misional a la defensa de la vida, del evangelio y de la justicia. Tiempo antes de encontrar la muerte, había dicho: "No es la formación de la conciencia moral de nuestro pueblo la que le causa problemas a Colombia, sino la tolerancia con el negocio maldito de la droga".

Fue un resumen contundente y visionario de lo que aprendió en sus años de máximo peligro como obispo en Apartadó y en Cali, la rifa del tigre monumental de ser la autoridad moral y el promotor de la rectitud y la justicia en territorios de gentes de paz, invadidos por delincuentes, asesinos, guerrilleros, narcotraficantes, mercenarios y paramilitares.

Fundó en 1988 la Diócesis de Apartadó y la desarrolló durante siete años en contacto con todas las violencias –Farc, AUC, delincuencia común, ELN, EPL– que ya avanzaban en la devastación del territorio, las luchas por el poder, las masacres y la pauperización de las costumbres, para extender la ilegalidad en una de las regiones más prósperas de Colombia.

Mientras pululaban los secuestros, los atentados, las masacres, Duarte Cancino creó seminarios, seis colegios, la Comisión para la vida, justicia y paz y fundó el Centro de Atención de Viudas y Huérfanos “Compartir”, sin dejar de denunciar las desigualdades, el delito, la violencia y los atropellos contra la población.

Fue el entrenamiento apropiado para su siguiente cargo. El 19 de agosto de 1995 Juan Pablo II lo nombró arzobispo de Cali, una ciudad también asediada por la delincuencia común, la guerrilla, el narcotráfico, la corrupción y las desigualdades económicas. Años de muerte y de zozobra, con hechos tan dramáticos como el secuestro por el ELN de 180 personas en La Iglesia La María y el de 70 en el kilómetro 18 de la Vía al mar.

Mientras las mafias extendían sus tentáculos y se apoderaban de los gobiernos y de la sociedad y mientras los grupos armados mataban y secuestraban, Duarte Cancino mantuvo la misma actividad vertiginosa que desplegó en Urabá. Fundó 45 parroquias y 29 colegios en Cali; impulsó organizaciones sociales; creó comedores comunitarios, albergues para habitantes de calle, el Centro de Espiritualidad, el Centro de Catequesis y el Banco Arquidiocesano de Alimentos, sin apartarse de su línea de excomulgar criminales, denunciar narcotraficantes, exigir rectitud y honestidad a gobernantes y empresarios.

En el 2002, cuando lo asesinaron, el Papa Juan Pablo II escribió: "Ha pagado con tan alto precio su enérgica defensa de la vida humana, su firme oposición a todo tipo de violencia y su dedicación a la promoción social desde las raíces del Evangelio".

Se sospechó de las mafias del narcotráfico y de los políticos corruptos. Pero pronto, desmovilizados denunciaron que la orden de asesinar al obispo la dio el secretariado de las FARC bajo presión de ‘Pablo Catatumbo‘ y de ‘Mincho‘. Se estableció que los sicarios fueron Alexánder Zapata, alias el ‘Cortico’, y Augusto Ramírez, alias el ‘Calvo’, ambos judicializados y condenados. Más adelante también los incriminaron datos encontrados en los computadores del guerrillero Raúl Reyes, abatido en Ecuador.

En enero del 2012 un juez de Cali condenó a ‘Timochenko‘, ‘Iván Márquez‘ y ‘Pablo Catatumbo‘ a 25 años de prisión como determinadores del homicidio. Pero un año después dos magistrados de la Sala Penal del Tribunal Superior de Cali desestimaron las pruebas y los absolvieron en segunda instancia. La Corte Suprema de Justicia, por su parte, sentenció que por la forma como fueron obtenidas, las pruebas de los computadores de Reyes no eran válidas.

No estaba muerto ‘Timochenko‘, como especularon mentes ociosas en las redes sociales la semana pasada. Sus compañeros de filas publicaron un video en el que luce saludable, leyendo el anacrónico Gramma cubano. Buena noticia para las víctimas que esperan tantas acciones y respuestas suyas, en especial sobre los temas humanitarios que inexplicable e ilegalmente las FARC dilatan y eluden: desminado, la salida de los menores de las filas, la suerte de centenares de desaparecidos. La familia Duarte está presente en ese grupo, esperando, como lo ha hecho en todos estos años, lo que tengan que decir él y sus compañeros acerca del asesinato del arzobispo que se atrevió a luchar por la moral y por la justicia en las entrañas del infierno.

@germanmanga

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