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Opinión

  • | 2009/05/23 00:00

    TLC y cohesión social

    Crecerá la violencia, que a su vez empujará al desplazamiento y la mendicidad: ya no darán abasto los semáforos.

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Casi nadie se enteró de que el otro día hubo un debate en una comisión del Congreso sobre el Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea, tan perjudicial para Colombia como el TLC con los Estados Unidos. Nadie se enteró porque se discutía también la farsa de la reforma politiquera, y para los políticos lo más importante son las cosas de comer.

Sus cosas de comer. Porque el TLC afecta, disminuyéndolas, las cosas de comer de todos los colombianos (salvo las de unos cuantos avivatos).

Los Tratados de Libre Comercio han sido presentados por sus defensores como creadores de vastos mercados económicos igualitarios, favorables para todos los participantes. El ejemplo más citado es la Unión Europea, justamente, que, globalmente hablando, ha sido exitosísima para todos sus miembros, tanto tomados uno por uno como en su conjunto. Pero si lo ha sido es porque constituye una suma de iguales, así en la práctica haya habido entre unos y otros, en el origen, diferencias gigantescas. La suma de, digamos, Irlanda y Alemania ha favorecido prodigiosamente a la pequeña Irlanda, pero a la poderosa Alemania sólo en el corto plazo la ha afectado negativamente (y de modo casi imperceptible), para favorecerla también a ella a la larga. Todos salen ganando en esa suma, Francia y Polonia, España y Grecia y el Reino Unido, porque, insisto como Perogrullo, es una suma. Una colaboración. Una alianza.

Los Tratados de Libre Comercio, en cambio, no son una suma sino una división: una competencia entre países de economías desiguales. Lo contrario de una unión (como la UE o los propios Estados Unidos). El TLC firmado con la UE no sumaría a Colombia con Alemania, digamos, sino que la pondría de frente a competir con ella. Y no sólo con ella, sino con algo aún más potente, como es la UE entera de la que Alemania forma parte. El senador Jorge Enrique Robledo, que es uno de los pocos que han mantenido en la crítica de los TLC una posición perseverante (como la que han mantenido los negociadores de enfrente en el abuso de poder, y los de este lado en el arrodillamiento) hizo el cálculo de que la economía conjunta de la Unión Europea es "setenta y un veces más poderosa" que la de Colombia. Y sin embargo de lado y lado juegan con la falacia descarada de que se trata de una negociación "de igual a igual". Como en

George Orwell, un autor cada día más inevitable, hay unos "más iguales que otros". Y ese trato chanzudo, de igual a igual, entre dos desiguales, concluye en acuerdos aún más inequitativos y desequilibrados que las reglas fijadas por la Organización Mundial del Comercio, que tiene al menos la ventaja de ser multilateral: del todo no consigue mandar nadie.

Esto es así, repito, porque los Tratados de Libre Comercio, que no son libres, tampoco constituyen una alianza, como lo son la UE o los EU, sino un negocio. Y un negocio, por añadidura, a la colombiana: o sea uno en el que una de las dos partes sale tumbada, en lugar de que las dos resulten favorecidas y satisfechas, como ha sido el propósito del comercio desde los tiempos de los fenicios.

La parte que sale tumbada es Colombia. Y el tumbe consiste en que verá destruido su precario aparato productivo, incapaz de competir "de igual a igual" con las gigantescas (y ahora además subvencionadas por cuenta de la crisis) industrias norteamericanas y europeas, y menos aún con sus agroindustrias hipersubvencionadas desde siempre: tarea imposible por mucho que se reduzcan aún más los salarios y se doblegue a tiros a los sindicatos. El crecimiento del desempleo, que será muy grande en la vapuleada industria manufacturera, será aún mayor en el agro: arrasador. Y se traducirá, como ya ha venido haciéndolo, en la multiplicación de la delincuencia de toda índole, desde las pandillas de raponeros de bus y fleteros de cajero automático hasta la "bandas emergentes" del narcotráfico y el paramilitarismo pasando, claro está, por la guerrilla. Crecerá la violencia, que a su vez empujará al desplazamiento y la mendicidad: ya no darán abasto los semáforos.

Pues si bien es cierto que el auge guerrillero y paramilitar se financia con los dineros de la droga (como el auge bancario o el de las tiendas de cuatrimotos), hasta un concesionario de Maseratis están montando en Bogotá, como si en esta ciudad, o en este país, hubiera alguna calle o carretera por la que puedan andar sin desbaratarse las tripas de esos aerodinámicos carros de lujo. ¿Darán vueltas y más vueltas en redondo en las pistas de karts del autódromo de Tocancipá como caballitos de carrusel, llevando a bordo a sus dueños narcos o banqueros o políticos que se han robado un departamento...

Si bien es cierto, digo, que el nervio financiero de la guerrilla y del paramilitarismo y de la delincuencia común es fundamentalmente la droga, su músculo militar está en el desempleo, y eso es así también para los soldados profesionales de las fuerzas del Estado. La razón de que haya reclutas dispuestos a tomar las armas en esos cuatro ejércitos es la falta de otras fuentes de trabajo que den de comer.

Con lo cual, y no para eliminar sino para tener a raya a esos ejércitos, para sostener el elevadísimo gasto militar que ha permitido desmantelar en parte el paramilitarismo y mantener en jaque -aunque sin darle mate, a la guerrilla- será necesario volver permanente el impuesto de guerra. Y además expandirlo, tal como se lo pidió (¿o se lo ordenó) al gobierno el poderoso banquero Luis Carlos Sarmiento, para que lo paguen todos los colombianos. Así la costosa "seguridad democrática", que no lo es en sus resultados, lo será por lo menos en sus medios. Ponían la plata los ricos, y la sangre los pobres. Ahora los pobres tendrán la oportunidad patriótica de poner también la plata.

Cohesión social, se llama eso.
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