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Opinión

  • | 2004/09/19 00:00

    TLC para amas de casa (y para monseñor Rubiano)

    De ninguna manera el TLC libera al gobierno colombiano de resolver sus problemas internos a través de una agenda de desarrollo nacional

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Alrededor del TLC se han construido toda clase de mitos, provenientes de los sectores más variados. Académicos, sindicales, populares, periodísticos.

Que los subsidios de los gringos a su agricultura son innegociables, que somos absolutamente ineficientes en todo, que todo está consumado en contra de Colombia, que no vamos a ganar nada.

Y ahora hasta la Iglesia, a través de monseñor Rubiano, ha dicho que el "TLC es un peligro en la lucha contra la pobreza".

Si realmente nos propusiéramos entender qué es y para qué sirve -un esfuerzo que pocos colombianos han hecho porque el tema suena, además de amenazante, ladrilludo-, tendríamos que concluir que si no lo firmamos sería uno de los mayores errores en la historia del país.

Resumido facilito, como para no economistas, aquí están las principales verdades del TLC:

-No somos los primeros en firmar este tipo de tratado. Existen 135 TLC firmados en el mundo, y por algo será.

-Sirve para facilitar el comercio e intercambiar bienes y servicios. Pero no es la solución automática de la pobreza, ni de la falta de acueductos y carreteras, ni del analfabetismo. Estos problemas requieren necesariamente un manejo interno del país.

-Los países centroamericanos, con una capacidad exportadora semejante a la nuestra, ya firmaron su propio TLC. ¿No sería un error regalarles la oportunidad de ser los únicos que puedan exportar a Estados Unidos con cero aranceles?

-Si somos tan ineficientes y Estados Unidos va a terminar devorándonos por ello, ¿por qué más de la mitad de nuestras exportaciones -especialmente alimentos, combustibles, manufacturas, materias primas agrícolas y minerales- van actualmente a ese país?

-Dicho de otra manera: si Estados Unidos fuera más eficiente que nosotros en todo, pues no les exportaríamos nada.

-Si somos tan ineficientes, ¿por qué exportamos lo mismo que importamos?

-Si el TLC es tan bueno para Estados Unidos y tan malo para Colombia, ¿por qué ha sido tan difícil obtener el acuerdo del Congreso de dicho país?

-Si somos tan débiles, ¿por qué la mayoría de los empresarios y de los economistas apoyan la firma del TLC?

-Es cierto que el tema agrícola es uno de los más delicados. Porque aunque somos unos exportadores agrícolas por excelencia, somos muy ineficientes en sectores como granos, semillas de aceite, grasas y aceites. ¿Se justifica cerrar toda la economía para proteger estos dos sectores, que por cierto contarán con un plazo cercano de los 15 años -igual que el sector automotor, que también es ineficiente- para acomodarse a las nuevas oportunidades del mercado?

-Es imposible negar que nuestra economía tiene otros sectores muy sensibles como el equipo y material de transporte, la industria metalmecánica, la química, etcétera. Pero para eso están los negociadores.

-¿No es mejor tener el mercado de Estados Unidos amarrado que suelto?

-Al comercio no hay que tenerle miedo. Posee el potencial de generar empleo y en este sentido pondría su cuota en el alivio de la pobreza, que con razón, tanto preocupa a monseñor Rubiano, quien equivocadamente ve en el comercio la encarnación de Satanás.

-De ninguna manera el TLC libera al gobierno colombiano de resolver sus problemas internos a través de una agenda de desarrollo nacional. El TLC no es una excusa para no seguir intentando disminuir la brecha entre pobres y ricos, para mejorar la cobertura de salud, para desarrollar las carreteras, los ferrocarriles, los acueductos, etcétera.

-Pero en contra de los escépticos, no hay duda de que la mayoría de las cosas que nos traerá el TLC son favorables.

Así es que con todo respeto, más que oponerse al TLC, monseñor Rubiano debería dedicarse a salvar almas y dejarles libre el camino a los expertos para que negocien el tratado de la manera más hábilmente posible.



ENTRETANTO.Otro gran descubrimiento culinario. Comida rústica italiana, preparada el mismo día por su dueño, en horno de leña. ¿ya fueron a Ocho y Medio?
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