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Opinión

  • | 2014/07/12 00:00

    Tocamos lo intocable

    En medio de “aquello harto” por lo que nos destacan en el exterior y del reciente buen performance futbolístico, en Colombia se esconde una riqueza inmensa, codiciada por los de afuera pero maltratada por los de adentro.

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¿Qué es lo más bello de Colombia? Cierro los ojos y me encuentro sobre los majestuosos páramos que la rodean; inhalo el aroma de sus selvas húmedas tropicales, refugio de las más diversas flores y variada especie de fauna; escucho trinos armoniosos hacia el horizonte y de pronto presencio el avistamiento de aves más asombroso que jamás haya podido imaginar.

En medio de “aquello harto” por lo que nos destacan en el exterior y del reciente buen performance futbolístico, en Colombia se esconde una riqueza biológica inmensa, codiciada por los de afuera pero maltratada por los de adentro. Tres cadenas montañosas, fuentes de agua inagotables; récord mundial en especies de aves, líderes en diversidad en flora, fauna y poseer algunas de las zonas más lluviosas del planeta, al parecer no descresta lo suficiente como para infundir en la sociedad valores ambientales. 

Con la locomotora minera que se viene impulsando en el país, la generosa entrega de títulos mineros para exploración y explotación de minas en zonas sensibles para la subsistencia humana, páramos, reservas forestales y fuentes hídricas, no nos queda sino presenciar cómo nos arrebatan la única riqueza que tenemos los colombianos, que, aunque mucho o poco entendemos su magnitud, hace parte de nuestra vida.

La minería a gran escala o pequeña escala genera impactos negativos al medio ambiente. Por muy legal o ilegal que sea, trae consecuencias perjudiciales tanto para la naturaleza como para el ser humano. La ilegal, por sus nefastos procesos improvisados, falta de recursos y conocimiento sólo genera accidentes, muertes y daños irremediables para el medio ambiente, como ha venido ocurriendo. En la última década la minería ilegal dejó 844 muertos, 444 heridos y el 38 % de esas fatalidades se dieron por derrumbes, según cifras que maneja la Unidad de Salvamento y Seguridad de la Agencia Nacional Minera. Y justamente hoy, de las más de 17.000 unidades mineras del país, el 83 % no tiene título minero ni licencia ambiental. 

Por el lado de las empresas mineras legalmente constituidas, tienen a su disposición la tecnología y la maquinaria necesarias para la extracción de minerales que afectan el equilibrio biológico del medio, aunque cuentan con el conocimiento y el deber del restablecimiento de la biodiversidad, lo que la mayoría genera al final, son grandes cantidades de residuos, desaparición y contaminación de las aguas y del aire,  pérdida del suelo, daños irremediables a la naturaleza y a la calidad de vida humana. 

No  estoy en contra del desarrollo industrial, ni de la actividad minera per se, de la cual muchas personas tienen como su único medio de subsistencia. Estoy en desacuerdo con llevarla a cabo de manera irresponsable, en zonas vulnerables donde se pongan en peligro los recursos naturales para la evolución de la vida, que valen más que cualquier oro. Estoy en contra de que al final del ejercicio siempre pierda Colombia, que el impacto ambiental ocasionado no compense con el desarrollo de la región afectada, y que el resultado sólo sea el enriquecimiento de una minoría con intereses comunes. 

Para que haya una verdadera sinergia entre la minería y el medio ambiente que logre beneficios y desarrollo para el país, no hay que tocar lo intocable. El desarrollo industrial no justifica el daño a la fuente de vida más importante de cualquier ecosistema. 

Tal vez si el Gobierno y las entidades encargadas toman en serio el medio ambiente, fortalecen la institución, reglamentan con carácter, crean mecanismos de control y de castigo, y además  los colombianos erradicamos el chip de la cabeza de la ecoirracionalidad y la negligencia ambiental, podríamos llegar a un equilibrio donde haya un completo desarrollo económico, ecológico y social.
Twitter: Silvia_parra

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