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Opinión

  • | 2009/10/08 00:00

    Torpeza legislativa y barras de fútbol

    La ley para controlar los espacios deportivos de Nicolás Uribe, es popular, pero será inocua porque desconoce el problema de las barras bravas y de los jovenes.

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Recientemente que pasó a sanción presidencial una nueva ley relacionada con el control de los espectáculos deportivos de fútbol. Esta ley, explicó el  ciudadano Representante a la Cámara, Nicolás Uribe, a El Espectador, tiene básicamente tres elementos: crea la responsabilidad solidaria de los clubes por acciones cometidas por las barras de fútbol que les sigan (por reglamentar); crea varias contravenciones para conductas en y alrededor de los estadios; y establece medidas básicas que deben ser adoptadas en cualquier espectáculo de fútbol.

Lo primero que se destaca de la Ley es que resulta ineficiente utilizar mecanismos legislativos para adoptar medidas que pueden ser discutidas e implementadas desde otras instancias creadas para ello. Las medidas básicas de seguridad que se requieren para realizar un espectáculo de fútbol (protocolos de seguridad) debían ser propuestas, discutidas e implementadas por la “Comisión Nacional para la Seguridad, Comodidad y Convivencia en el Fútbol”, creada en febrero de esta año a través de la ley 1270 de 2009 (publicada en el Diario Oficial 42.223). Este tipo de duplicación de funciones es lo que hace ineficiente al Estado. 

Pero hay además una cuestión de fondo con esta medida de seguridad: desconoce la naturaleza del fenómeno de la violencia asociado a las barras de fútbol y propone remedios que, aunque populares, no incidirán positivamente en el problema.

La solución de la Ley es popular porque proyecta la imagen de mano dura y control estatal que reclaman los críticos. Sin embargo, desconoce el problema desde lo más básico:: los mayores niveles de violencia y de afectación para el bienestar de la población asociado al fenómeno de las barras de futbol no se da en los estadios, sino en los barrios populares de las ciudades colombianas.

Allí, en las barriadas, es donde la juventud carente de oportunidades y con necesidad de reconocimiento social, se agrupa socialmente en parches (grupos de pares) y construye identidades radicales (unidimensionales) para buscar entre sus pares lo que la sociedad y el Estado no les está ofreciendo: respeto y espacio social.
 
En efecto, “la búsqueda frenética de identidad, pertenencia y reconocimiento social en un contexto donde hay una ausencia de referentes” (Aponte, Pinzón y Vargas, 2009) los lleva a constituirse como sujetos sociales tan sólo en su grupo de pares, en este caso, en el parche de la barra de fútbol.

Más grave aún, este no es sólo el caso de los jóvenes vinculados a las barras de fútbol, lo es también de la juventud en general, que se agrupa si no en torno al fútbol, alrededor de otros consumos culturales.

En efecto, las dinámicas de violencia asociadas a los jóvenes de parches barristas no se reducen a ellos. Por el contrario, se extienden a todos los jóvenes, especialmente aquellos en peor situación socioeconómica. Según el Centro de Investigaciones Criminológicas de la Policía Nacional en 2008 en el país murieron violentamente 16.140 personas, de las cuales 5.736 eran jóvenes entre 14 y 26 años.

El panorama de la violencia asociada a los jóvenes, como víctimas o victimarios, es desolador. No sólo porque nuestros jóvenes están matando y muriendo por las cuestiones más nimias y porque el recurso a la violencia se volvió cotidiano. Sino porque esta violencia que se presenta como endémica, y golpea fuerte con la desesperanza que se asocia a los fenómenos que aparentan irracionalidad.

¿Cómo intervenir esta violencia tan compleja? Los estudios disponibles no dan respuestas concretas, pero sí permiten identificar con claridad que las intervenciones circunscritas al estadio y sus alrededores son, como mínimo, insuficientes. Su único logro posible es evitar que se evidencie en el centro de las ciudades lo que ocurre en la periferia.

A pesar del carácter preliminar de los resultados, un estudio de caso próximo a publicarse realizado por CERAC, y apoyado por el American Friends Service Comittee, en la localidad de Kennedy, da algunas pistas de política que deberían ser tenidas en cuenta en una eventual intervención. Además de la obvia, claro está, la de intervenir a nivel de barrio.

De una parte, los parches de jóvenes pertenecientes a barras de fútbol (o los parches juveniles en general –skins, raperos, punkeros, etc.-) han constituido formas básicas de organización social y este es un acumulado que puede ser aprovechado por la intervención institucional en una lógica de transformación de conflictos. En efecto, existe un gran potencial en considerar las barras futboleras, y en particular los parches locales, como iniciativas de organización juvenil que requieren reconocimiento político y espacio social.

De otra parte, las similitudes entre los jóvenes que componen los diversos parches es abrumadora frente a las diferencias, y en este sentido la tarea política (que puede quedar a los partidos, el movimiento social o el mismo Estado) de evidenciar y movilizar sus intereses compartidos constituye una interesante alternativa de intervención.
 
Desde esta perspectiva la violencia surge como una forma de ocultar las diferencias menores (en el sentido Freudiano) y una política de intervención con un enfoque de identidades puede tener resultados interesantes.

En cualquier caso, la visión reduccionista de los ciudadanos legisladores, interesados en las medidas populares y no las sustanciales, parece seguir privilegiando las intervenciones simplistas, ausentes de un enfoque basado en evidencia e ineficaces. El caso de las barras de fútbol lo deja claro, donde el ciudadano Representante Nicolás Uribe irá al estadio en familia mientras nuestros pelados y sus comunidades siguen presos de la violencia endémica en los barrios.



* Andrés Vargas es politólogo e investigador del Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (Cerac) y del Observatorio colombiano para el desarrollo integral, la convivencia ciudadana y el fortalecimiento institucional en regiones fuertemente afectadas por el conflicto armado (Odecofi)




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