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Opinión

  • | 2011/04/02 00:00

    Tragicomedia

    El presidente de los Estados Unidos, bailando a veces en un pie y a veces en el otro, anuncia que a lo mejor va a armar a los rebeldes, y a lo mejor no.

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Cuando escribo esto, el episodio más reciente de la tragicomedia libia pertenece al lado cómico de la obra: Musa Kusa, canciller de Gadafi y jefe durante años de sus servicios secretos, y en consecuencia responsable directo de los atentados terroristas libios en Europa, busca asilo en Londres. Los servicios secretos británicos, a su vez, dicen que lo van a interrogar.

Por el lado trágico de la comedia, sigue la guerra. Pero es bastante rara. Es una guerra que, por lo que nos muestran las televisiones del mundo, solo tiene por teatro las carreteras, y por una de las partes se libra desde tanques que no vemos (de la parte de las fuerzas leales a Gadafi solo hemos visto, aunque varias veces, un tanque destruido con unos niños jugando), y por la parte rebelde desde camionetas pick up con ametralladora antiaérea en el platón tripuladas por adolescentes que hacen con los dedos la V de la victoria. Hay un tercer lado, el de la intervención extranjera, ahora a cargo de la Otan y en los primeros días de una confusa coalición innominada. Esa intervención, sin embargo, es incompleta: "La puntita nada más, que soy doncella". Solo vemos nubes de humo de los bombardeos sobre la ciudad de Trípoli. Amr Musa, secretario general de la Liga Árabe que en un principio apoyó a regañadientes la injerencia, se queja ahora: "Se trataba de proteger a los civiles, no de bombardearlos".

Por un tercer lado, el diplomático, está en marcha la conferencia de Londres en la que deciden el futuro de Libia cuarenta países, salvo Libia (que no está representada ni por el gobinerno de Gadafi, ni por los sublevados). Y el presidente de los Estados Unidos, bailando a veces en un pie y a veces en el otro, anuncia que a lo mejor va a armar a los rebeldes y a lo mejor no. Y explica (si eso es una explicación): "Tenemos que poner nuestros intereses en contrapeso con la necesidad de actuar".

Pero ya ha actuado: los bombardeos son eso. Prosigue la explicación de Barack Obama: "Me niego a esperar a ver imágenes de matanzas y tumbas masivas antes de actuar". Así, va un paso más allá de la doctrina de "defensa propia preventiva" con la que George Bush justificó la invasión de Irak: esto de Libia es defensa ajena preventiva. Y no se sabe en dónde irá a parar.

La Liga Árabe y la Unión Africana empiezan a arrepentirse de su apoyo inicial a la iniciativa intervencionista de las potencias occidentales. ¿Cómo van a apoyarla? Se trata de una ilustración literal del refrán según el cual "cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar". Porque te las pelarán también a ti, y en seco duele más.

A todo esto sigue sin estar claro por qué las potencias occidentales decidieron meterse en ese berenjenal. ¿Por acudir en ayuda del pueblo libio oprimido? No lo creen ni ellas mismas, que no han acudido en ayuda de ninguno de los otros pueblos oprimidos de la región, para no hablar del mundo. Y están descubriendo además, tardíamente, que no saben muy bien quiénes son los rebeldes a los que están ayudando, y a lo mejor armando: el almirante Stavridis, comandante de la Otan, declaró ya entre carraspeos incómodos que los impulsores de la rebeldía "democrática" son miembros del enemigo malo, el grupo terrorista Al Qaeda. Tal como dijo Gadafi desde el principio.

¿Matar a Gadafi? "Sería una insensatez", dice Robert Gates, secretario de Defensa de los Estados Unidos, que era un joven y entusiasta funcionario de la CIA cuando su país empezó a alimentar con armas y luego con soldados aquel conflicto local que luego fue creciendo hasta convertirse en la guerra de Vietnam. Y en todo caso, muerto Gadafi o no, ¿con cuál de sus ocho hijos piensan negociar?

Y encima van a tener que recibir una riada de exiliados. O dejar que se ahoguen en el Mediterráneo.

Eso, en lo trágico. En lo cómico, el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, estuvo de visita en la pequeña isla de Lampedusa, frente a las costas africanas, donde ya los refugiados superan en número a los habitantes originales. Y anunció que acaba de comprar allí una bonita casa con vista al mar.
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