Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2000/04/10 00:00

Traición a la patria

Cada día más gente empieza a descubrir que una guerra que hace tanto daño sin lograr sus objetivos no puede ser buena

Traición a la patria

Cada vez más gente empieza a caer en cuenta por fin de algo que es obvio desde hace 25 años: que la guerra contra el narcotráfico causa mucho más daño que el narcotráfico. Salvo, por supuesto, al narcotráfico, que no se ve afectado por ella en lo más mínimo. Es más: que es lo único que, en estos 25 años, ha crecido y se ha fortalecido gracias a la guerra contra el narcotráfico.¿O no? La justicia se ha hundido, la política se ha corrompido, la soberanía se ha perdido, la economía se ha pervertido, el campo ha sido abandonado o destruido, la fuerza pública se ha contaminado, el orden público se ha salido de madre, la degradación de la moral pública ha tocado fondo. Y en cambio ha progresado el narcotráfico, cuantitativa y cualitativamente: se ha multiplicado (cada año se duplican los cultivos, los laboratorios y la producción), se ha diversificado (hace 25 años Colombia era sólo un modesto exportador de marihuana; hoy es el principal proveedor de cocaína de los Estados Unidos y el segundo productor de heroína del mundo; no me sorprendería que exportáramos también boxer), y se ha convertido en la principal fuente de divisas del país.

Se dirá que, sin embargo, la guerra sí ha sido exitosa porque muchos narcotraficantes han caído muertos o presos. Sí, claro. Pero, al margen de que esas muertes o capturas nos han salido muy costosas —en reformas negociadas de la justicia, en dedicación exclusiva de la policía, en podredumbre de las cárceles; y en muertos, en muertos—, a los que han caído los han reemplazado otros. Porque no ha desaparecido el negocio, que sigue produciendo ganancias —y muertos—.

Sólo en un aspecto ha sido beneficiosa la guerra contra el narcotráfico, aunque menos que el narcotráfico mismo: los dos han creado empleo, desde raspachines de coca hasta ‘mejores policías del mundo’. Pero como al mismo tiempo todas las guerras que en estos 25 años ha provocado o financiado o potenciado el narcotráfico han destruido empleo, el saldo final también es negativo en este aspecto. Y lo será aún más cuando se ponga en marcha el nuevo plan de ayuda militar norteamericana, que se esforzará por erradicar el precario empleo generado por el narcotráfico —a costa de más muertos—.

En eso hemos perdido ya 25 años. Pero, decía, cada día más gente empieza a descubrir que una guerra que hace tanto daño sin lograr sus objetivos no puede ser buena. La semana pasada, por ejemplo, se publicaron cuatro artículos al respecto en la prensa colombiana, siempre reacia a entender el tema por miedo a ser calificada por los Estados Unidos de pro-narca: siempre ciega a la evidencia de que esa guerra insensata sólo beneficia a los narcos, y al gobierno de los Estados Unidos, mientras destruye a Colombia.

Dos artículos son de extranjeros. Uno, de The Economist, traducido por SEMANA, sostiene que “esa guerra no se gana con helicópteros” y reitera la ya vieja tesis de la revista inglesa sobre la necesidad de descriminalizar la droga; el otro, en El Tiempo, lo firma Robert J. Barro, profesor de economía en la Universidad de Harvard, y afirma que la legalización del consumo en Estados Unidos ayudaría más a Colombia que la ayuda militar, la cual equivale por el contrario a “apoyar a ambos bandos en conflicto: la ayuda oficial va al gobierno, mientras el dinero de los consumidores estadounidenses de drogas financia la guerrilla”. Los otros dos son de colombianos. En El Tiempo, Carlos Lemos Simmonds se escandaliza al comprobar la “doble moral” y la “lógica imperial” del gobierno de los Estados Unidos, que impone a los demás la guerra contra la droga pero no la hace él mismo. Y en Dinero Javier Fernández Riva se resigna: “Mientras la droga no se legalice en Estados Unidos este país (Colombia) tendrá que soportar el alto costo económico y social de la lucha contra el demonio creado por la insensatez y el natural egoísmo del Norte”.

Es curioso. Todos coinciden en que el enfoque represivo está equivocado y es hipócrita; pero mientras el comentarista inglés y el norteamericano sacan la conclusión natural de que se debe legalizar la droga, los dos colombianos no se atreven a plantear semejante sacrilegio. Lemos, que a todo lo largo de su larga carrera burocrática —incluidos los ocho días de vino y rosas de su presidencia de la República— apoyó sin descanso la política norteamericana frente a la droga (y frente a todo), descubre ahora que es dañina; pero se limita a quejarse. Fernández Riva se inclina más todavía : si los Estados Unidos quieren seguir destruyendo a Colombia, aceptémoslo con paciencia: es el derecho de su “natural egoísmo”.

Eso, los comentaristas. Los funcionarios en activo, del Presidente para abajo, ni siquiera se quejan. Al revés: apoyan con entusiasmo la política criminal del Imperio, aunque para Colombia sea suicida. El Ministro del Interior acaba de llegar al extremo de llamar “apátridas” a quienes la critican.

¿‘‘Apátridas’’ los colombianos que critican la política gringa? Vistos sus resultados, resumidos en los primeros párrafos de este artículo, yo más bien llamaría ‘‘apátridas’’ a quienes la apoyan o, más bien, traidores a la patria.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.