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Opinión

  • | 2011/10/08 00:00

    ¡Tráiganme a J.J.!

    Para que a uno le crean que es J.J. debe parecerse a don Armando, el de ‘Betty, la fea’.

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Reconozco que no va bien mi campaña a la Alcaldía de Bogotá: la única persona que firmó por mi candidatura fue Valerie Domínguez, lo cual no tiene mérito. Y a última hora se frustró la alianza que cocinaba con Jaime Castro, porque para adherir a mi campaña me pedía la Secretaría de Tránsito, la dirección del IDRD y un bastón, que, por desgracia, ya le había vendido a Belisario.

Lástima. Ese 1 por ciento de Castro era importante para mí. Representaba el doble de lo que tengo. Estaba dispuesto a que, como Gina y Mockus, intercambiáramos gafas, jugáramos el juego de la confianza y duráramos media hora abrazados frente a una ventana llena de camarógrafos. Pero recibí un marconi de él que decía que prefería unirse a un político de su generación, como don Nicolás de Federmann, y me dejó solo.

Es doloroso hacer parte de este montón de candidatos tristes. Qué cantidad de perdedores. Marca más el medio campo del Santa Fe que Castro en una encuesta. Luna no gana ni en los sondeos de la junta de su edificio: un coronel retirado del 603 le saca varios puntos. Y todos los demás se debaten en desafíos menores: el mayor reto de Petro es ganarle a Peñalosa; el mayor reto de Dionisio Araújo es que alguien sepa que se retiró; el mayor reto del señor del Polo es que alguien se aprenda su nombre. El único que me gusta es Peñalosa, en especial cuando trepa a Uribe en su hombro para que lo promocione con el megáfono, porque yo quiero mucho a Uribe, aunque cada vez se parezca más a Suso el Paspi. No me parece indigna su labor de perifoneo: finalmente, Peñalosa es un ejecutivo y los ejecutivos, en especial los almuerzos, se promueven así, con un animador pintoresco que los ofrece por altoparlante.

Ante los malos resultados de mi campaña, decidí contratar al asesor que tuerce el destino de las elecciones: el gurú venezolano J.J. Rendón.

En una época pensé que era fácil cumplir el papel de J.J., y yo mismo traté de hacerlo: me compré un liqui liqui negro; me hice amigo de Alí Humar, le puse un turbante que le alquilé a Piedad Córdoba, e iba a los cocteles con él y lo presentaba como el nuevo gurú de las redes sociales.

Pero para que a uno le crean que es J.J. debe parecerse a don Armando, el de Betty, la fea. Y además no me veía haciendo la quinta versión de la cuña 'Más empleo, mejor pagado': una pieza subliminal que consigue que quienes la oyen entren en trance y caminen hacia las urnas hipnotizados, como zombis, para votar por quien Rendón señale.
Suspendí a Esperanza Gómez, mi jefe de debate, y a Edward Niño, mi asesor de metro, y busqué a J.J. en su apartahotel. Lo encontré viendo The Matrix.

-Me encanta esta película -me explicó-, por eso me visto así, como Neo.

-Necesito que me dé una mano, maestro, así sea negra -le imploré.

-Claro, chamo, primer consejo: demanda a un periodista -me aconsejó-; eso los calla.

-Pero yo quiero enfrentarme a los candidatos, no a los periodistas.

-Bueno, entonces lanza falsos rumores. Siempre funciona.

-¿Sí?

-Claro, y retiñe los defectos de los candidatos: di que a Galán no le sale bien la barba, que Castro está viejo, que Luna es un pichón.

-¿Un pichón?

-Sí, chico. Y sácale a Petro su pasado.

-¿Lo de su vasectomía fallida? -pregunté impresionado.

-Claro, con detalles. Y di que Gina puede intercambiar gafas con Mockus porque ambos sufren de miopía, y que si dice que no todo vale es solo porque tiene plata: hoy en día todo vale, sobre todo la ropa que ella se pone.

-¿Pero eso sí es ético?

-La ética es cosa de filósofos, chamo.

-¿De Maturana? -indagué sorprendido.

-No, de filósofos de verdad, como José Obdulio -me aclaró-. ¿No te parece que José Obdulio es una pepa?

-Sí -respondí-: ojalá se trague a sí mismo.

No es fácil seguir los consejos de J.J. ¿Qué significa que la ética es para filósofos? ¿Que es para Uribe, a quien Yamhure comparaba con Confucio? ¿Es Uribe el Confucio paisa? ¿Y dónde está Yamhure? ¿Por qué no lanza El Espectador un concurso que se llame 'Dónde está Yamhure'? Nos hace falta. Quedamos muy pocos humoristas en los medios.

Seguí los consejos de J.J. Lancé falsos rumores: dije que Luna era experimentado; que Gina era sencilla; que Peñalosa no es cínico y que Petro no es populista, sino un candidato técnico, lo cual es cierto: Petro parece técnico, sí, pero del Atlético Bucaramanga: ¿por qué el político colombiano siempre tiene pinta de entrenador de fútbol? ¿No visualiza uno a Roy Barreras, a Sergio Fajardo, vociferando desde la línea de cal? Y al revés: si uno viste con corbata a Richard Páez, a Eduardo Pimentel, a Arturo Boyacá, ¿no parecen congresistas investigados?

Pero todo salió mal. Los rumores falsos ayudaron a los demás candidatos y, vencido, tuve que renunciar a las prácticas bajas. Que Peñalosa, a quien ya nada le produce asco, obedezca las oscuras tácticas de J.J. Por mi parte, haré un debate con altura, y ya reintegré a Edward Niño para que lo organice. Que otros digan que Luna es un pichón: no seré yo quien se meta en su vida sexual.

Continúo, pues, con mi aspiración, porque no tengo por quién votar. Que por Petro vote el procurador. Que por Peñalosa vote Uribe. Que por Gina vote Mockus. Que por Luna vote el coronel del 603. Y que Belisario vote por Castro, o que al menos le regale el bastón.
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