Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2015/11/23 15:49

Transformar la educación, transformar el futuro

No cuesta entender por qué los poderes políticos están tan ansiosos por mantener el control de la educación en sociedades que están saliendo de la represión o de un conflicto.

Paul Seils. Foto: Archivo Particular.

En los países que están saliendo de un conflicto o una dictadura, la recurrencia de la violencia es un riesgo real. La forma en que las sociedades aprenden sobre su pasado y lo conmemoran –cómo y por qué sucedieron atrocidades masivas– puede agravar o reducir este riesgo.

La reconstrucción del sistema educativo de un país puede contribuir a impedir el retorno a la violencia y a fomentar la legitimidad de las instituciones democráticas. Esta contribución depende no solo de la reconstrucción de las escuelas, la reintegración de los niños y los jóvenes en el sistema, y la promoción de valores como la tolerancia y la paz mediante los programas de enseñanza. También depende, fundamentalmente, de la sensibilidad de estos esfuerzos hacia los legados de abusos a los derechos humanos cometidos en el pasado.

Sin embargo, esta capacidad de la educación de transformar las sociedades que enfrentan los legados de un pasado turbulento es vista como una amenaza por los ideólogos del conflicto y las fuerzas interesadas en perpetuar las divisiones y mantener la supremacía de “nuestra” verdad por encima de la de “ellos”. A menudo, cederán el control de todas las demás instituciones antes que renunciar al sistema educativo.
Tomemos el caso de Bosnia-Herzegovina, cuando se cumplen 20 años del Acuerdo de Dayton que dividió su territorio en entidades políticas étnicamente controladas.

Bosnia-Herzegovina acaba de nombrar a Nikola Poplasen, un notorio ex líder paramilitar del Partido Radical Serbio, miembro de la junta ejecutiva de la Agencia Estatal para el Desarrollo de la Enseñanza Superior. El nombramiento de Poplasen pone de manifiesto cómo se maneja la educación en un país donde continúa la batalla por narrar la guerra; donde los niños asisten a escuelas primarias segregadas; donde los libros de historia inevitablemente presentan el “nosotros” como mártires y héroes y el “ellos” como villanos y criminales de guerra.

Los resultados de este enfoque educativo quedan patentes en una petición firmada recientemente por cientos de estudiantes de la Facultad de Derecho de Belgrado (a la que asisten muchos estudiantes de las zonas serbias de Bosnia-Herzegovina). La petición instaba al primer ministro serbio Aleksandar Vucic a no asistir al aniversario del genocidio de Srebrenica, ya que, afirmaban, “el genocidio fue inventado para impedir la reconciliación”, y que tal acto de reconocimiento tacharía a todos los serbios de “genocidas” para siempre.
Casi ninguno de estos estudiantes había nacido cuando estalló la guerra en Yugoslavia. Su petición es un inquietante indicio de lo que han aprendido en la escuela, y fuera de ella, acerca de las atrocidades cometidas durante la guerra. Apunta a un conflicto sin resolver que aún hierve bajo la superficie.

No cuesta entender por qué los poderes políticos están tan ansiosos por mantener el control de la educación en sociedades que están saliendo de la represión o de un conflicto. Como dice el mantra educativo de los Jesuitas, “Dame un niño de hasta siete años y te devolveré un hombre”. Para aquellos que desean conservar las divisiones y mantener viva la esperanza de una futura “victoria”, es fundamental controlar la narrativa y adoctrinar las mentes jóvenes.

¿Qué puede y qué debería intentar hacer la educación en sociedades que están lidiando con un pasado abusivo o represivo?

Una respuesta simple es, por supuesto, no esperar demasiado, demasiado rápido. El entorno educativo debe ser un lugar donde se fomente una cultura de respeto por la diferencia, donde el concepto de la resolución pacífica de las diferencias esté arraigado en la propia noción del ciudadano, y donde los individuos de diferentes grupos tengan igual acceso a los beneficios de una educación de calidad. Esto es necesariamente un proceso a largo plazo. A veinte años del apartheid, las protestas estudiantiles contra el costo de la educación en Sudáfrica demuestran que el país sigue lidiando con desigualdades arraigadas en las injusticias del pasado.
Pero existen pasos que se pueden dar más a corto plazo. Allí donde hayan tenido lugar procesos para esclarecer el pasado, ya sea mediante una comisión de la verdad o iniciativas de justicia penal, es importante que la información acerca de dichos procesos y sus conclusiones formen parte de las lecciones que se comparten con niños y jóvenes. Como mínimo, esto permite empezar a superar las culturas de la negación.
 
Existen algunos ejemplos positivos de esto.

Como parte de sus iniciativas de difusión, el Tribunal Especial para Sierra Leona habló con estudiantes de secundaria y universitarios de todo el país sobre los juicios en curso, como también lo hizo el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia. En Perú, la Comisión de la Verdad y Reconciliación tuvo la previsión de involucrarse con el sector educativo desde el comienzo, para buscar formas de incorporar su trabajo y conclusiones al sistema educativo. En Costa de Marfil, algunas agrupaciones juveniles han organizado discusiones sobre la búsqueda de la verdad a nivel comunitario, para debatir el papel de los jóvenes y las escuelas en la violencia del pasado.

Este tipo de esfuerzos ayudará a futuras generaciones a saber más acerca de la violencia que arrasó sus países y los abusos de poder de los líderes políticos que llevaron a la represión sistemática de muchos inocentes.

Este tipo de enfoque puede contribuir a la reforma de los planes de estudio. Los esfuerzos por reformar lo que se enseña en las clases de historia y ciencias sociales son objeto de un tenso debate, incluso en sociedades “pacíficas”. El reciente debate sobre la reforma del plan de estudios de historia en Inglaterra que propone un enfoque mucho más positivo hacia su pasado imperialista es un ejemplo de la polémica que pueden generar estas cuestiones.

Es más probable que establecer y enseñar versiones consensuadas de la historia en sociedades profundamente divididas sea el fruto de una larga negociación social y política, que no su punto de partida.
Esclarecer el pasado mediante la búsqueda de la verdad y los juicios, y a través de la reforma del sistema educativo, no bastará para garantizar que las sociedades superen sus divisiones. Pero pensar en la educación como una parte integral de la respuesta a las injusticias del pasado es un paso importante hacia el tipo de cambio que podría hacerlo posible.

Vicepresidente del Centro Internacional para la Justicia Transicional (ICTJ).

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