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Opinión

  • | 2003/08/31 00:00

    Transmilenio, "lo social" y la campaña

    Detrás de la construcción de redes de Transmilenio hay una compleja reestructuración social que los candidatos a la Alcaldía de Bogotá tendrán que incluir en sus discursos. María Teresa Ronderos, Editora General de Semana escribe sobre el tema.

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"A dónde va el Transmilenio va el progreso", dijo un taxista y, como suele suceder, comprobó una vez más que la sabiduría popular es con frecuencia más sabia que la de los expertos.

Porque lo que entendió el taxista es que el Transmilenio no es más que una gigantesca inversión social. Cosa que no parecen comprender algunos candidatos a la alcaldía de Bogotá que hablan de la necesidad de darle un toque más "social" al manejo de la ciudad, y acto seguido, argumentan que se ha gastado demasiado dinero en grandes obras de infraestructura, y que los pobres deben convertirse ahora en la prioridad.

El argumento despierta las emociones y puede llegar a ser muy popular. Pero es falso. Veamos sólo el caso de una obra: la Troncal de Transmilenio de la Calle 13-Avenida de la Américas. Es una obra monumental que le costará a los bogotanos 487 mil millones de pesos. Y claro, a primera vista, parece solo eso: autopista, andén, pura y fría infraestructura, sin corazoncito. Una mirada más profunda, sin embargo, revela una gigantesca obra de dignidad y de igualdad.

Para empezar, lo obvio: le ha dado trabajo directo a 3.265 personas, un 30 por ciento de las cuales son habitantes de las zonas aledañas, según exigencia del IDU. Cada obrero y obrera gana entre 400 y 500 mil pesos al mes; labora con todas las condiciones de seguridad, tiene casino y enfermería. Es un trabajo honrado para miles de bogotanos. Y se mantendrá para muchos de ellos, pues el contrato incluye mantenimiento de la obra hasta el 2008. Muchos de los otros volverán ser enganchados en la construcción de la próxima Troncal, la Norte Quito Sur que empatará con la Troncal hacia Suba.

Pero además esa sola Troncal de las Américas -que estará finalizada en diciembre- le va a dar, cada día, a 200 mil capitalinos de los barrios más pobres un transporte decoroso, que los tratará como a cualquier otro ciudadano, venga del estrato que venga. No más busetas apiñadas transitando por rutas desbaratadas. Ahora, por ejemplo, podrán ir en bicicleta hasta el Portal de las Américas, utilizando las ciclorrutas que tendrá la propia avenida, dejarla allí parqueada en un lugar especial para ello y tomar uno de los 110 buses articulados que lo llevarán por las demás troncales a Usme o a la calle 170 en el norte.

Y sigamos. Debajo de esa Troncal se extienden kilómetros de tubería de acueducto y alcantarillado y gas que implicarán no sólo la renovación de tubos viejos que daban un servicio malo, sino llevarle por primera vez agua potable y servicio de saneamiento básico a cientos de miles de habitantes. ¿Puede existir algo más dignificante que una familia que se veía en la obligación de hacer sus necesidades en la calle, ahora pueda tener un sanitario? También se están renovando las redes de energía en mal estado.

Y de ahí en adelante todo el efecto psicológico de renovación es incalculable. Como en otras zonas donde ha entrado el Transmilenio, la gente sentirá que ahora sí vale la pena cuidar el barrio: arreglarán los frentes de las casas, demandarán iluminación y seguridad.

Esa obra significa integrarse a la ciudad. Dejarán de ser los marginados, los de extramuros, los indignos. De pronto los habitantes de El Tintalito, Britalia, Las Acacias y otros barrios hechos a la fuerza, sobre terrenos invadidos, sin servicios, sin vías, barrios para "subpersonas", se volverán verdaderos ciudadanos. Porque el acceso rápido los hacen parte de la ciudad, porque ganan frente a sus casas andenes amplísimos y múltiples pequeñas plazas para que sus niños monten en triciclo; y porque pueden salir de sus estrechas viviendas a una plazoleta que tendrá el Portal de las Américas más grande que la Plaza de Bolívar para pasear a sus anchas.

En la propia obra ha habido un trato respetuoso. A la gente le han repartido miles de panfletos explicativos con lo que se está haciendo y todo está señalizado para evitar accidentes en los pasos provisionales. "Nunca nos habían exigido tanto en una obra para mermar el impacto ambiental y social", dijo uno de los ingenieros residentes.

Este sólo ejemplo desnuda la demagogia de los candidatos que sostienen que en Bogotá se ha gastado mucho en obras faraónicas y poco en los más pobres. Y lo más preocupante es que -vestidos de ropajes progresistas- su discurso tiene el tono paternalista del feudalismo: "lo social" son dádivas, subsidios, congelamiento de tarifas. La gente de Bogotá no necesita caridad, ni favores. Requiere sí servicios de calidad porque ese es su derecho. Y pueden exigir por los servicios que sostienen con sus pagos de impuestos y de tarifas -y con mucho trabajo- para que éstos estén a la altura de cualquier bogotano. Las medidas populistas de congelar tarifas, frenar el Transmilenio, oponerse al cobro de valorización. etc., pueden sonar dulces a los oídos de los muchos pobres absolutos (y captar sus votos) pero los condenará a vivir en tugurios, sin servicios, porque no habrá con qué pagarlos.

¡Ojalá que a lo largo del debate electoral se vea alguna claridad política al respecto, porque por ahora esta ha escaseado y bastante!

*Editora General Revista Semana.
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