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Opinión

  • | 2014/02/14 00:00

    Bogotá Humana

    Los bogotanos insulsos se comieron el cuento del TransMilenio mientras las 24 ciudades más grandes del mundo disfrutaban de su metro.

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En horas pico de la mañana del martes 11 de febrero se produjo una escena dantesca, un tipo de 32 años se masturbó ante los ojos atónitos y asqueados de una pasajera en la estación de TransMilenio Avenida Calle 26. Ella hace parte de los dos millones y medio de bogotanos que intentan movilizarse a diario por ese sistema, se dirigía rumbo a su trabajo como todos, pero llegó tarde. Esta vez no por la demora de los buses articulados, sino por el acoso sexual del que fue víctima.
 
El tipo, por su parte, se encargó de engrosar la lista de nueve sujetos capturados por la Policía en lo que va corrido del año por actos semejantes. Ese mismo día en el que los medios abrieron sus noticieros del medio día con esa noticia, padecí del sistema una vez más ¡ida y vuelta! Y lo seguiré padeciendo ante la ausencia de alternativas y la incapacidad de gobiernos distritales de revolucionar, en serio, la movilidad.
 
Claro, Gonzalo Jiménez de Quesada nunca imaginó que la iglesia y las doce chozas que fundó, se convirtieran 475 años después, en una ciudad hostil donde el civismo nunca asomó.
 
En horas pico de la tarde, salí de mi trabajo que se ubica a pocos metros de donde asesinaron al destituido alcalde de Bogotá y caudillo Jorge Eliécer Gaitán. La odisea comenzó a eso de las 5:30 p.m. en la estación Museo del Oro, que entre otras cosas ya presenta deterioro, pues esas láminas que funcionan como piso tienen serias hendiduras que las autoridades sólo se percatarán hasta que alguien se accidente.
 
En esa estación se ubican seis personas por metro cuadrado apostándole a la suerte para ver en qué bus la gente se puede subir, si es que la llenura se los permite. A veces uno no se monta en el bus que quiere, sino en el que lo empujan.
 
El primer viaje fue corto, desde Museo del Oro hasta la estación Las Aguas, mientras durante el recorrido un indigente con cara de pocos amigos amedrentaba a la gente pidiendo limosna, su cara sugería que era mejor darle plata, bien sea para evitar problemas o espantar los malos olores que transmitían él y sus harapos.
 
Al parar en Las Aguas, los estudiantes de las universidades más educadas de Bogotá mostraron el ADN capitalino. No dejaron bajar del bus cuando la muchedumbre forcejeaba de lado y lado para ver quién era más verraco, si el que entraba o el que salía.
 
A trompicones salí y caminé por el túnel peatonal que conecta con la estación Universidades. Ese túnel, que no tiene más de seis meses de inaugurado, tenía la mitad de sus luces fundidas sin ofrecer la más mínima seguridad, aceleré el paso mientras una pareja aprovechaba la oscuridad para intercambiar sus amoríos amenizados por dos músicos que pedían monedas con un sombrero tirado en el piso.
 
Al ver la luz al final del túnel, la estupidez humana se volvió a presentar, además de la idiotez administrativa de ubicar 4 servicios importantes en una misma estación de tamaño reducido, a la gente no le importó conservar su derecha para caminar, mucho menos pasar por encima o repartir codazos e intentar subirse una vez más al bus articulado. Obviamente no me pude subir en el primer bus que llegó.
 
Siendo las 6 p.m. logré ingresar al bus, viajé de pie sin la posibilidad si quiera de mover los brazos, los $1.700 pesos no cubrían sostenerme de una varilla, no era posible intentar un mínimo de comodidad, le pegué un codazo en la cabeza a una señorita a quien ofrecí disculpas, tal vez sin querer un señor me pegó una patada, otro por casualidad me pisó y tal vez sin aguantar, un viajero nos hizo olfatear un par de flatulencias que tardaron en escapar en medio de la muchedumbre, por suerte, todas las ventanas y claraboyas estaban abiertas.
 
El recorrido por la Avenida Caracas fue más que tortuoso, desde la calle 26 hasta la 57 el bus no pudo superar los 10 kilómetros por hora, el reloj marcaba las 7:00 p.m. y el exceso de buses, impedían la movilidad de esa mediocre avenida.
 
A paso paquidérmico llegó a la estación Polo en la calle 80, ¡tardó 20 minutos en ubicar el bus para dejar – recoger pasajeros! La historia se repetía: empujones, codazos y pisotones. Asimismo ocurrió en la estación Escuela Militar, otros 20 minutos adicionales con las características ya mencionadas.
 
Cuando por fin TransMilenio sonrió de sus abusos, el bus pudo acelerar un poco para llegar dos horas después al Portal 80, ¡SÍ, DOS HORAS DESPUÉS! El cuento con que vendieron a TransMilenio en su inauguración hace 13 años es una utopía. Recuerdo bien ese 18 de diciembre del 2000, la publicidad en Canal Capital decía “del Portal de la 80 hasta la avenida sexta ¡En 15 minutos!”, y los bogotanos insulsos se comieron el cuento mientras las 24 ciudades más grandes del mundo disfrutaban de su metro. Bogotá ocupa el puesto 25 y es la más grande del mundo sin metro.
 
Con las piernas entumecidas y las manos dormidas, me dirigí caminando con dificultad hasta el alimentador de Ciudadela Colsubsidio para llegar a mi casa, y como si se tratara de un chiste, el alimentador, que parecía un bus repotenciado del Sistema Integrado de Transporte Público (Sitp) se varó y una voz robótica habló “bienvenidos al Portal de la 80”.
 
El conductor dijo que el freno tenía problemas, abrió las puertas para bajarnos, físicamente no cabíamos en el portal mientras los choferes con actitud cavernícola nos amenazaban con echarnos los buses intermunicipales encima. Después de media hora más, es decir, dos horas y media en total y dos buses alimentadores, llegué a mi hogar dulce hogar, prendí el televisor y las noticias informaban sobre el pulso político entre el procurador Ordóñez y el alcalde Petro, que por sus egos, ubican a Bogotá en un mar de incertidumbre e ingobernabilidad.

En Twitter: @cdtrnews
*Comunicador social - periodista, editor y productor, con ocho años de trayectoria en radio. 
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