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Opinión

  • | 2006/04/04 00:00

    Trato preferencial

    Camila Salamanca cuenta su amarga experiencia en el gran concierto de Jamiroquai en Bogotá.

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 Debió haber sido un concierto inolvidable y en realidad lo fue. Pero no por el grupo, sino porque no se me olvidará jamás que tuve que pagar un precio muy caro por tan miserable espectáculo.

Compramos las boletas de Jamiroquai con más de un mes y medio de anticipación. En ese momento todos estábamos emocionadísimos de que viniera un grupo como ese a Bogotá. Esperando con ansias el día del concierto, nos enteramos de que el lugar había sido cambiado, por la gran demanda de boletas. Los organizadores decidieron vender más del doble de la boletería y cambiar el concierto al parque Jaime Duque. El concierto, pensado para diez mil personas, de pronto pasó a ser para más de veinte mil. Suponemos, porque no tenemos otra explicación para lo que ocurrió la noche del concierto, que en vez de invertir la plata en la logística del concierto y el sonido, los organizadores se embolsillaron la plata y no invirtieron más en las necesidades que tenía que haber para un concierto con el doble de espectadores. La próxima vez que programen un concierto de esta naturaleza tendré que pensarlo dos veces y más si los responsables son Evenpro, la empresa encargada de la organización del evento.

Después de un pequeño trancón de una hora en la carretera, pudimos parquear finalmente en el autódromo, eso sí, por sólo quince mil pesos, el parqueadero más caro que he pagado en un año, y eso que era fuera de Bogotá. El frío de la sabana amenazaba con congelarnos, pero afortunadamente el bus con destino al parque Jaime Duque salió rápidamente. Con el ánimo arriba y con el deseo de ver pronto a Jamiroquai en escena, nos aguantamos el largo recorrido desde el parqueadero hasta el lugar del concierto. Unos trescientos metros antes de llegar se empezó a notar el profundo despelote de la organización, si a eso se le puede llamar organización. El bus de repente paró en la mitad de la carretera y nos quedamos esperando ahí adentro por más de media hora. Nadie decía nada, nadie sabía nada. Un señor pasó diciendo que cerraran las puertas del bus y no dejaran bajar a nadie. Unos quince minutos después las abrieron y pudimos bajarnos y nos tocó caminar hasta la entrada, pasando por el medio de una absurda cantidad de buses atascados, tratando de dar la vuelta para volver al parqueadero. Después de la odisea de los buses nos demoramos otro tanto pasando por las cuatro requisas que había. Requisas que eran inútiles porque al concierto ingresaron, toda clase de cigarrillos, drogas y alcohol, que aparentemente la gente entra ilegalmente porque los precios adentros son peores que en el bar más caro de Bogotá.

Sin embargo todavía nos quedaba la esperanza de asistir al concierto de la vida y que esos pequeños detalles, que le sacan a uno la piedra, iban a valer la pena después de que Jamiroquai se subiera al escenario. Desafortunadamente no fue así. Sí, Jamiroquai se subió al escenario y cantó como nunca y todo perfecto, para los que tenían las boletas más caras, pero desafortunadamente los que estábamos en preferencial no pudimos darnos cuenta de eso. No se oía, ni se veía nada. El recuerdo que tengo del concierto es un par de picos del sombrero de Jay Kay y una pantalla que sólo se podía ver con binoculares. El sonido era como estar en una fiesta en la casa de los papás con el equipo al mínimo volumen, para no despertarlos. El espectáculo lo dieron los asistentes que, impotentes con lo que estaba pasando, decidieron emborracharse y drogarse, para después sentir que no habían sido tan robados. Eso sí hay que resaltar que al cierre del concierto, al ingeniero de sonido, si es que había uno, le dio por poner el volumen más alto y ahí si pudimos oír un par de canciones, acompañados del nauseabundo olor a vómito que inundó todo el lugar.

Una noche inolvidable. De esas que sólo pasan en Colombia. Pero si todo lo que ya he contado suena maravilloso, falta contar que la salida del concierto colmó ya del todo mis peores expectativas. Si se han visto la película “La Guerra de los Mundos”, entenderán un poco cómo fue la montada de los buses para poder llegar al parqueadero. En mi vida había visto algo más absurdo. Los organizadores del concierto se merecen el premio a la peor logística vista en la ciudad de Bogotá. Increíble, que en una ciudad en la que se hace el festival de rock más grande de Latinoamérica, pasen estas cosas que son imperdonables.

Lo más fantástico aún es que al otro día salga toda la prensa alabando el concierto. Sugiero que la próxima vez los pases de prensa sean en la boleta más barata, para que así sepan de verdad cómo es vivir una experiencia de estas y sentirse estafado.
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