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Opinión

  • | 2014/05/21 00:00

    Tributo a Gabo… con un pero

    Tras tantas reverencias no es descabellado imaginarnos a Gabo esbozando una sonrisa mientras piensa que por fin se atrevieron a subvertir el aplausómetro unanimista con visos de zalamería “institucional” alrededor suyo.

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Pienso que no tiene sentido continuar con las loas y glorificaciones a Gabriel García Márquez. No hay nada sobre su enorme jerarquía que no se haya dicho. Y contra él, también ya todo se dijo en el fachistoide deseo y el lenguaje satánico de una señora uribista -¿cómo no?-, y en consecuencia, rigurosamente católica, apostólica y romana tal cual el señor Procurador. Y es que no podía ser de otra manera, ni más a ultranza, ni con mayor odio la frase con que despidió a Gabo de su vida terrenal María Fernanda Cabal el mismo jueves santo minutos después de su fallecimiento: “¡Que se vaya al infierno!”.  

Sin embargo, apartándome con todo respeto del coro panegirista, también a mi manera quiero rendirle un “homenaje crítico” a quien desde lo meramente literario tanto influyera en mí.  

Apenas comenzando a leer hace algunos años Noticia de un secuestro, y como siempre ocurre con todos sus escritos, me topé con lo soberbio, lo estupendo, como él mismo solía decir a cada rato de ciertas cosas que le cautivaban. Y es que él en este o en cualquiera de sus libros es ameno, sencillo -¡cosa difícil!-, comprensible y ciertamente audaz e imaginativo, alcanzando con su desmesura lírica a provocarnos una emoción que nos deja muchas veces con la piel erizada.

Fue el purista de la palabra, el esteta de la construcción literaria, el arquitecto perfeccionista que hace que lo trivial trascienda e incluso que tantas veces se vuelva gracioso.   

Y un hermoso ejemplo de este único libro suyo que, pese a todo, siempre lo consideré un bajonazo en su obra, lo refrenda pero en lo meramente literario:  

“Era imposible distinguir los límites entre la verdad y la contagiosa fantasía de Marina. Decía que Pacho Santos y Diana Turbay estaban en otros cuartos de la misma casa, de modo que el militar del helicóptero se ocupaba de los tres casos al mismo tiempo durante cada visita. En una ocasión oyeron unos ruidos alarmantes en el patio. El mayordomo insultaba a su mujer entre órdenes atropelladas de que lo alzaran de aquí, que lo trajeran para acá, que lo voltearan para arriba, como si trataran de meter un cadáver donde no cabía. Marina, en sus delirios tenebrosos, pensó que tal vez habían descuartizado a Francisco Santos y estaban enterrándolo a pedazos debajo de las baldosas de la cocina. “Cuando empiezan las matanzas no paran - decía -. Las próximas seremos nosotras.” Fue una noche de espantos, hasta que supieron por casualidad que habían cambiado de lugar una lavadora primitiva que no podían cargar entre cuatro.”   

Ahora bien, después de haber terminado de leer con sumo cuidado por aquella época Noticia de  un secuestro, escudriñando más que su estilo literario su contenido político, inevitable cuando  nos zambullimos en temas semejantes, llegué a la conclusión de que del libro sólo nos quedó esto: su pluma embriagante divorciada de lo conceptual político. Gabo, aquí, parece rendirse a un extraño compromiso social -pero de alcurnia- al que entrega su genio de escritor para intentar “despacharlo”. Y lo hace rápido, probablemente seguro de que su firma y su grandeza si no lo salvaba, al menos lo harían excusable. Sí, así lo sentí yo. Complaciente en su indagación con el establecimiento, induciéndonos a ver en este vil crimen lo que el gobierno y la clase dirigente querían que viéramos. Trasmitiendo desde tal óptica unas situaciones sesgadas, una interpretación “institucional” de este fenómeno. Y a costa nuestra, porque García Márquez es de todos, esos pocos ganaron con este libro. 

Gabo no fue un militante de izquierda. Ni de derecha. Fue siempre amigo de aquellos y de estos. Pero si no iba a llegar hasta el fondo social, político y económico del fenómeno que trataba, es decir, el secuestro, si no iba a ser objetivo en su análisis, si no iba a asumir un compromiso vertical con el tema, y si no pensaba en otra cosa que en consolar y ser solidario con el infortunio y el vértigo de una familia tan cara para el gobierno, para las oligarquías y para la casta dirigente, ha debido más bien, mientras se divertía escribiendo, explayarse con su hermosa escritura y su sensual manejo del idioma en otro tema, como por ejemplo, ese tan de moda por aquel momento del poeta José Asunción Silva y sus cien años de música de alas. 

Este, y lo digo sin amargura, es el único libro flojo que haya escrito la pluma castellana más sobresaliente después de Cervantes. De Shakespeare a Dostoievski y Victor Hugo, todos han tenido su propio traspié. Con este libro, a él le correspondió el suyo. 

Ahora bien, a manera de anécdota, he aquí algunos gazapillos que le atrapé a la primera edición del libro. Lamentablemente, para acabar de rematar, es quizá el libro suyo más descuidado editorialmente y con más errores de transcripción. 1) En la página 172 aparece la palabra pimera en vez de primera. 2) En la página 191 alguien dice: ¡Yo qué voy saber de eso! Y supongo que lo que se quiere decir es: ¡Yo qué voy a saber de eso!  3) En la página 300 se dice Ejército Nacional de Liberación y la verdad es que se trata del Ejército de Liberación Nacional. 4) En la página 320 Gabo dice que la entrevista duró media hora y cuatro renglones más abajo dice textualmente: Veinte minutos después se despidieron.

En conclusión, creo estarle rindiendo a Gabo el más honrado y personal de los homenajes que ciertamente le debía. Y se me ocurre, a manera de excusa, que probablemente después de tanta lambonería no sea descabellado imaginarnos a Gabo esbozando una sonrisa mientras piensa que por fin alguien se atrevió a subvertir el unanimismo elogioso a ultranza con visos de expresión “oficial” alrededor de su obra.   

guribe3@gmail.com 
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