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Opinión

  • | 2011/10/15 00:00

    Triunfó el humanismo

    Nunca se debe interferir un embarazo, aun si se sabe que el bebé sobrevivirá solo unos meses de incontables sufrimientos. Quien lo haga debe ir a la cárcel, decían, con argumentos parecidos a los del cura de mi pueblo.

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El debate sobre prohibir o no el aborto en casos especiales me llevó a las angustias e incertidumbres religiosas de un tramo de mi juventud. Sufrí mucho en esa época. Crecí en un hogar católico con familiares sacerdotes. Muy temprano mi madre me llevó para que oficiara de monaguillo en la iglesia del pueblo. En mi adolescencia oí una por una las admoniciones de los sacerdotes a los campesinos de ese lugar remoto de Antioquia.

Un anciano sacerdote, enfundado en una sotana negra, desde el púlpito, señalaba una y otra vez que había un orden natural que no se podía eludir y unos designios de Dios que no se debían transgredir. Hacía una lista interminable de prohibiciones. Enumeraba los pecados. Especificaba los castigos.

El tiempo no es muy lejano. Estábamos en los años sesenta. Cuando en el mundo había estallado la revolución sexual y en Europa y Estados Unidos los jóvenes empezaban a exaltar su cuerpo, a mirar con otros ojos el placer, a controlar la natalidad, a disfrutar del amor libre. También a soñar con un mundo más equitativo, más justo, más digno, donde el trabajo significara el pan y el techo y la vida.

Pero en mi pequeña aldea, el cura, con extraña elocuencia, se refería al sexo como un ritual destinado a la procreación, permitido dentro del matrimonio, nunca interferido por anticonceptivos, realizado siempre en la oscuridad de la alcoba. Y hablaba del trabajo y de las relaciones sociales, promoviendo la resignación ante la pobreza, la humildad, el sacrificio, la macerada ilusión de que estas virtudes serían compensadas en la otra vida, en el tiempo infinito que empezaba después de la muerte. Tomé distancia de una Iglesia contraria a los cambios históricos, poco comprensiva con los seres humanos.

Oí en estos días al procurador Ordóñez, a Enrique Gómez, a jerarcas de la Iglesia y a parlamentarios de la Comisión Primera del Senado, acudir a argumentos parecidos a los del cura de mi pueblo, para proponer la prohibición del aborto, aun en situaciones de malformación insuperable del feto, peligro inminente de muerte de la madre o violación de la mujer.

Es obligatorio dejar que la naturaleza siga su curso, nunca se puede interferir un embarazo, quien lo haga debe ir a la cárcel, decían. Aun si se sabe que el niño después de nacer sobrevivirá unos pocos meses en medio de incontables sufrimientos; aun si se tiene la certeza de que la madre morirá y no estará para criar a ese hijo; aun si se sabe que la mujer violada no quiere dar a luz a un fruto de la humillación y del dolor. Aun sabiendo que en Colombia, año por año, hay más de 400.000 abortos ilegales que llevan a la muerte a un número incontable de mujeres. Volví a sentir la náusea que me producían los sermones de mi pueblo.

Tuve la fortuna de encontrarme en los años setenta con un obispo y un grupo de sacerdotes que profesaban el más profundo humanismo. Llegaron a esa región lejana y se acercaron a los campesinos para decirles que la redención empezaba en la Tierra, que el placer y el gozo no son repudiados por el Dios de los cristianos, que la pobreza es fruto de la ignorancia y de la injusticia, que los seres humanos pueden modificar tanto el curso de la naturaleza como el orden social para su bien y para su dignidad. Me reconcilié con los católicos. Esta semana tuve el privilegio de presenciar un debate en el que, con argumentos humanitarios, se logró convencer a la mayoría de una célula del Congreso que al parecer tenía ya decidido su voto para penalizar el aborto. Me alegró ese triunfo de la democracia.

En varias oportunidades he visto el contraste entre personas que sienten el dolor ajeno y procuran su bienestar, aun echando al suelo creencias y costumbres; y personas que a nombre de dioses o de ideologías vulneran los derechos de los demás y golpean la dignidad humana. Quizá los dioses quieren más a los primeros que a los segundos.
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