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Opinión

  • | 2005/01/09 00:00

    'Tsunami' en el Paraíso

    Digo que el corazón de esos humanos se ha movido por motivos muy mezquinos y que en Colombia no nos mueve mucho por las mismas razones

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Cada vez que ocurre alguna tragedia natural apocalíptica como la que acaba de pasar en el océano Índico, recuerdo el terremoto de Lisboa de 1755. También esa catástrofe, que mató la mitad de su población, tuvo su maremoto correspondiente y pocas horas después las olas embistieron a Cádiz y acabaron con cientos de personas. Pero no es el hecho en sí (y la recurrencia cíclica de las calamidades) lo que me interesa, sino la reflexión filosófica que se deriva de estos estropicios que la naturaleza ocasiona y que los dioses no digamos que nos mandan, pero por lo menos permiten. Voltaire, empeñado por esos días en su debate con Leibniz y los filósofos optimistas, en contra de la idea de que este planeta nuestro constituye "el mejor de los mundos posibles", empezó de inmediato a redactar su Poème sur le dèsastre de Lisbonne, en el que se pregunta, entre otras cosas (para contradecir la explicación del "castigo divino") si Lisboa era más viciosa que París, y que si no era así, entonces por qué en Lisboa lloraban mientras en París se seguía bailando. Como señaló Lichtenberg, en los templos se invoca la protección del Señor, pero no por eso se dejan de instalar pararrayos en las cúpulas. El Creador de la Naturaleza, que "todo lo hace, todo lo ve, diseña libremente sus leyes, ¿no tendría el poder de hacer más dulce la existencia, sin esas simas terribles que se abren ante nuestros pies?", se pregunta Voltaire. Y el tsunami en Ceilán, en Indonesia, nos lleva a preguntarnos lo mismo otra vez, como nos lo preguntamos después de Armero, o en la larga agonía de Omaira, la niña responsable de no sabemos qué culpas. Es impresionante ver los videos de aficionados en las playas paradisíacas: la playa coralina, las palmeras, la niña de cinco años que sonríe a la cámara desde la arena, los abuelos tendidos al sol en la esterilla, y de pronto el Apocalipsis que llega desde el mar, un día después de Navidad, y todo lo sepulta, y arranca a la niña de la felicidad, desgarra sus carnes, y la mata, mientras el padre, desde el balcón, detrás del lente, asiste a la tragedia y ve de qué manera su vida ideal, su paraíso, en un minuto se convierte en un infierno. Vienen después las curiosas reacciones de los seres humanos. Por una vez entre muchas tragedias, la ayuda del Primer Mundo se moviliza con inusitado entusiasmo. La indiferencia y la avaricia que tantas veces presenciamos en África o en América Latina de repente se transforma en la mayor operación internacional de ayuda de la historia, y la Unión Europea, Estados Unidos, la ONU, todos se movilizan, y llegan aviones, hospitales militares, alimentos, suero, medicinas. No lo suficiente, nunca es suficiente, pero llegan más que nunca. ¿Por qué? El porqué es triste y no nos deja muchas esperanzas. Destruye también nuestro optimismo sobre esa otra naturaleza, la humana, que sólo se conmueve cuando tocan de cerca a sus allegados, a sus semejantes, a esa 'familia ampliada' que son los connacionales. Sucede que las víctimas, esta vez, no son todas de piel oscura ni de apellidos raros: Austria, 10 muertos, 443 desaparecidos; Alemania, 60 muertos, 1.000 desaparecidos; Francia 22 muertos, 99 desaparecidos; Italia 20 muertos, 338 desaparecidos; Suecia 52 muertos, 1.903 desaparecidos; Suiza 23 muertos, 605 desaparecidos; Estados Unidos 36 muertos, 4.000 desaparecidos; Japón 22 muertos, 236 desaparecidos. y así. Pocas veces había recibido tantos mails de mis amigos europeos: me invitan a que me una a la cadena de ayudas. Hay decenas de cuentas por Internet donde se pueden hacer donaciones. El Fondo Monetario Internacional anuncia una moratoria en la deuda exterior de Indonesia. Gracias al tsunami habrá ayudas materiales y monetarias que el desangre de hace decenios (guerra civil) nunca provocó en Sri-Lanka. Hay sitios web con fotos de niños que buscan a sus padres. No se sabe la nacionalidad, se dice, pero estos niños tristes y malheridos tienen el pelo rubio y los ojos azules. No estoy diciendo que toda esta solidaridad esté mal. Magnífico, que ayuden, que lleven, que encuentren a los familiares de las víctimas, que suspendan las deudas. Digo que el corazón de estos humanos se ha movido por motivos muy mezquinos, y que al mismo tiempo, por ejemplo aquí en Colombia, el corazón no se nos mueve mucho por las mismas razones: sólo hubo una colombiana entre las víctimas. No digo que haya personas peores o mejores: digo que somos iguales, y que los buenos europeos no son menos iguales que nosotros, y que ellos también siguen su triste naturaleza humana, que solo se conmueve de verdad cuando les tocan a los propios. Ni este mundo es el mejor de los que se pueden imaginar, como demostró Voltaire hace dos siglos y medio (y nadie ha podido refutarlo), ni la naturaleza es una benefactora (casi todos cantan sus maravillas, pocos recuerdan sus desastres), ni la naturaleza humana es generosa y proclive a la bondad. Este año, como todos los años de la historia, empieza mal, y mejor no nos hagamos ilusiones de que vaya a terminar mejor. Aunque hay otra constante humana que al menos nos ayuda a soportar la existencia: vivimos de la ilusión de lo contrario. Esa ilusión nos permite vivir en el absurdo.
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