Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2005/08/07 00:00

Tú no sabes lo bueno que soy yo

No creo que Pastrana, Serpa, Noemí o Valencia Cossio sean cínicos. No, ellos no se dan cuenta de que se han volteado. Sus conciencias se han ajustado y los dejan dormir en paz

Tú no sabes lo bueno que soy yo

En la próxima fiesta que tengan hagan este experimento: pregunten a los invitados cuánto miden. Apúntenlo. Quítenles después los zapatos, párenlos contra una pared, hagan una rayita, saquen el metro, y midan. Verán que casi todos dicen medir dos o tres centímetros más de lo que miden, que uno que otro mide de veras lo que dijo, pero que nadie mide en la realidad más de lo que cree que mide en su ilusión -salvo que sea un gigante descontento con su estatura-.

Esto no quiere decir que la gente sea mentirosa (todos mis amigos creen de verdad que ellos miden 1,80), sino que las cosas dependen del cristal con que se miren, y no hay mejor cristal que el que usamos para mirarnos a nosotros mismos. Así como hay gente que no quiere cambiar la balanza que usa desde hace 30 años, y donde seguirá pesando 60 kilos in aeternum, así mismo, en nuestra propia conciencia tenemos un calibrador moral muy flexible para juzgarnos a nosotros mismos, y en cambio otro perfectamente rígido para juzgar a los demás.

Un sicólogo norteamericano, Robert Trivers, dice que casi todas las parejas de casados del mundo están de acuerdo en lo siguiente: un miembro de la pareja es desinteresado, fiel, generoso, sincero, y por eso mismo se abusa de él; el otro es egoísta, mezquino, calculador, aprovechado y abusivo. En que haya una parte de la pareja así y otra asá, todos los matrimonios del mundo están de acuerdo; en lo que no concuerdan nunca es en quién es cuál.

No sé si alguna vez les había contado que yo tengo un detector de mentiras portátil; es muy bueno, muy confiable, casi nunca me falla, y por eso lo llevo a todas partes. El otro día estaba yo haciendo zapping y apareció en televisión el ex presidente Pastrana, radiante después de tres horas de conversación con Uribe. No, todavía no había aceptado la embajada porque antes iba a consultarlo con la familia. "Para mí", dijo, "lo primero es la Familia". Después salió otro político y le corrigió: "No, lo primero es la Patria". Y menos mal que no le preguntaron a un Laico por Colombia, pues este hubiera dicho que lo primero es Dios.

Pero este no es el asunto. La cosa es que más tarde salió Pastrana a decir que Nohra le había dicho que aceptara, y se lo veía aun más feliz. Cuando le preguntaban si no era contradictoria esta aceptación con sus recientes y venenosas críticas al gobierno, Pastrana se mostraba atónito. ¿Críticas, cuáles críticas? "Este es un gobierno al que todos los colombianos respetamos mucho". Fue ahí cuando saqué el detector de mentiras y vean el resultado que me dio: no, el ex presidente Pastrana no estaba mintiendo, él estaba diciendo de verdad lo que pensaba en el fondo de su corazón. En serio: no estaba siendo cínico, simplemente se engañaba a sí mismo.

Para decir mentiras sin que a uno se le note (al mentiroso se le ve en la cara), es preciso creerse las propias mentiras. Si uno se cree su mentira, habla con una serenidad impávida, porque no percibe ningún conflicto moral. Por eso yo creo que si a Andrés Pastrana, en estos días, lo conectaran a un polígrafo, el aparato diría que no miente ni se contradice cuando contesta que admira profundamente la gestión del presidente Uribe y que acepta su embajada en Washington para defender las leyes que él mismo atacó.

Estas cosas se entienden bien cuando se estudia un fenómeno sicológico que se llama 'disonancia cognitiva'. Esta consiste en que uno, sin darse cuenta, se convence a sí mismo de que una mentira propia es verdad, o de que un acto mal hecho está bien hecho, o de que una inmoralidad se justifica por un más alto motivo que la mente -tramposa profesional y especialista en engañarse a sí misma- encuentra en el instante en que comete la barbaridad.

Son muy pocas las personas que se creen sinceramente malas, sucias, hipócritas, despreciables, y viven tranquilas. A la serenidad mental de todo el mundo le conviene que la conciencia se engañe y viva convencida de lo buenos, lo justos, lo bondadosos que somos, lo compasivos, lo moderados, lo generosos. Por eso yo no creo que Pastrana ahora, como antes Serpa, o Noemí, o Valencia Cossio, sean políticos cínicos y maquiavélicos que voltean la arepa según como les convenga. No, ellos ni siquiera se dan cuenta de que se han volteado: sus conciencias se han ajustado de una manera sutil que los deja dormir tranquilos y en paz consigo mismos. Ellos no se creen cínicos ni oportunistas, sino que están convencidos de hacer algo muy bueno, por el bien del país y con fines altruistas.

Y usted, me dirán, usted que juzga tanto, ¿usted no se vende ni se voltea, ni deforma su conciencia para aparecer ante sí mismo y ante los demás como el periodista más sereno e imparcial que pueda haber? Claro que sí, yo también. Tal vez una embajada no me haría cambiar de parecer. Pero si Uribe tuviera una hija, y yo me enamorara de ella, ni se imaginan los panegíricos al presidente que empezaría a escribir. Todos somos así. (Y al escribir "todos" ya estoy empezando a redactar mi justificación).

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