Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2010/06/05 00:00

Tú también ayudaste

Es verdad, profesor, que gracias a usted tuvimos unas buenas semanas de ilusión.

Tú también ayudaste

Y cómo no decírselo, profe, si esperábamos tanto. Si muchos llegamos a creer que era verdad y no ilusión, ni girasol de un día. Si usted en un momento encarnó maravillosamente ese deseo de cambio. Esas ganas de rescatar la ley y la decencia. Esa determinación (¿mayoritaria?) de ponerle contrapeso al poder. Ese ímpetu gigantesco de jóvenes que querían incumplir la profecía.

Es verdad, claro está, que hace apenas 10 semanas había menos que eso. Eran ustedes lo que son ahora: minoría derrotada, ilusos, marginales, ninguneados.

Ese sueño nació muy desvalido, de la consulta interna de un partido apenas existente. La meta de ustedes era modesta -realista dirán otros- alcanzar el umbral y lograr una participación en el Congreso.

La consulta era solo una estrategia para llamar la atención. "Pase usted, después de usted", así eran los debates entre ustedes. Habían empezado como quíntuples y pocos días después ya eran trillizos,'tenores' los bautizaron, con algo de sorna. Eran una comparsa de ex importantes jugando a no ganar (vale la pena recordarlo ahora, cuando están tan cerca de lograrlo).

Eran tres hombres de figuración nacional que iban a pedir votos a las tiendas de barrio. Que se vestían igual y pedaleaban en una bicicleta de tres puestos.

Para que el país se fijara en ustedes sucedieron muchas cosas al tiempo: se cayó la reelección tres semanas antes de la consulta, los partidos que sí habían hecho oposición al gobierno no fueron capaces de unirse en una causa, el uribismo se partió en cuatro y ustedes -minúscula pieza del engranaje- terminaron siendo los únicos que salieron de la votación con un mensaje de unidad y un triunfo para mostrar.

Me preguntan algunos qué habría pasado si el ganador hubiera sido Lucho o Peñalosa. Probablemente nada. El único que podía encarnar ese anhelo era usted, profesor. Tiene la virtud de su ejemplo. La austeridad no es en usted discurso, ni pose conveniente. Nadie encontrará en su casa un lujo o un exceso.

Dos alcaldías no lo sacaron de pobre. En últimas, sigue siendo el estudiante del Liceo Francés que vive más al sur de la ciudad.

Sus orgullos son otros. Ama el conocimiento y le gusta mandar. Muchos de los que han trabajado con usted dicen que es autoritario. Le gustan los resultados y sabe armar equipos exitosos.

Realmente no es todo lo bueno que quisieron atribuirle quienes lo siguieron. No es un revolucionario social. Es solo un neoliberal decente. Un hombre respetuoso de las normas, dedicado a sus causas y capaz de sacar lo mejor de la gente. Pero eso no era poco, profesor.

Ese gobierno suyo -que ya no será- habría sido una ocasión feliz para buscar la igualdad de oportunidades en un país hecho de privilegios.

También es cierto que usted ha cometido errores y los seguirá cometiendo. Se expresa en metáforas largas o en cánticos que desdibujan la imagen tradicional del estadista. Además, casi nunca le dice a la gente lo que quiere oír, primera regla del éxito político. Eso es una virtud, aunque quién sabe.

Anuncia más impuestos y reclama -con razón- que sin tributos no habrá desarrollo, ni equidad. Su contendor sabe bien que eso es cierto pero se cuida de decirlo, o lo sabe decir para no espantar a los votantes. A usted ese detalle parece tenerlo sin cuidado. Como si estuviera en un concurso de razonamiento y no en una carrera desesperada por conquistar el favor de la gente, seducida por un gobierno dispuesto a todo para dejar heredero.

Con todas las apuestas en su contra, contra el poder del Estado y contra la maquinaria, se porta como si fuera a la cabeza. En lugar de facilitar alianzas con otras minorías parece empeñado en rechazarlas, decidido a caminar solo la ruta de la derrota inexorable.

Es verdad, profesor, que gracias a usted tuvimos unas buenas semanas de ilusión. También es cierto que -en buena parte por usted- esa ilusión ya es cosa del pasado.

Ojalá el largo plazo le otorgue la razón porque, de momento, lo único que nos va quedando es la desesperanza.

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