Jueves, 19 de enero de 2017

| 1994/07/04 00:00

TUFO DE COPA

Nuestro fútbol está tan de moda, que el negocio es vender un colombiano para comprar cuatro argentinos.

TUFO DE COPA

TODO EL MUNDO ESTA ATERRADO porque la Selección Colombia de fútbol gana y gana partidos, y no es raro oír el comentario de que el equipo está gastando sus victorias y que, cuando empiece el Mundial, van a llegar las inevitables derrotas. Es comprensible. La historia de Colombia en materia deportiva está llena de optimismos desaforados en la ante sala de los eventos, seguidos siempre de amargos fracasos en los momentos definitivos.

Pero como no se puede perder una tradición tan arraigada, a estas alturas no hay chofer de taxi, portero de edificio, oficinista, ejecutivo o ama de casa que no crea que el equipo de Colombia va a ser campeón mundial. Los más prudentes, los cautos, los pesimistas, ubican a la selección de Maturana en el cuarto lugar, y muchos de ellos lo dicen en público aunque en privado sueñen con la escena del 'Pibe' Valderrama levantando la copa dorada después de haberla besado, mientras los colombianos lloramos de felicidad frente a los televisores, ebrios de emoción patriótica y de trago.

Por eso todo el mundo anda aterrado con los triunfos de la selección en todas las canchas del mundo, que han llegado al punto de registrar goleada a un equipo alemán y una fantasía provocadora frente los italianos del Parma y del Milán, producto de una superioridad indudable. Pero el miedo que siente la gente no es inventado sino producto de la experiencia. Con optimismos similares hemos estado en el pasado, cuando los colombianos están en la línea de largada de una carrera de bicicletas en París o de carros en Indianápolis, para caer después en una depresión profunda ante la catástrofe de los vientos de costado o el inevitable trompo en la pista.

De repente llega una nueva noticia sobre el favoritismo de Colombia en el mundial, pero esta vez no se trata de amas de casa o de taxistas. Los apostadores de Las Vegas (el paraíso de esa gente sin corazón y sin hígados, que sólo piensa en las posibilidades reales de ganar más dinero) tienen a Colombia en la semifinal, en el peor de los casos. Y al tiempo con esa noticia viaja hacia Estados Unidos nuestra selección, en unas condiciones económicas y con una logística equiparables a las de cualquier equipo europeo bueno.

Uno se acostumbra a todo, pero vale la pena refregarse los ojos para constatar que no es un sueño, pues no hay que olvidar que ser favoritos para el campeonato mundial de fútbol era, hace pocos años, tan absurdo como pretender poner un cohete colombiano en la órbita de Marte. Hace ochos años el valor total de la selección que trató de clasificarse al Mundial de México era de más o menos dos millones de dólares y la de hoy debe estar alrededor de los 25 millones. Es decir, todo el equipo de aquel entonces era más barato que uno solo de los jugadores de hoy. ¿Qué pudo haber pasado para semejante transformación?

Los más simplistas sostienen que la plata de la mafia convirtió al fútbol colombiano en un deporte competitivo. Yo pienso que fue al revés: los narcos encontraron en esa actividad un artículo de lujo -como una obra de arte o un Rolls Royce -y decidieron comprarlo, como hacían (¿hacían?) con todo. Lo que ocurrió fue que gente como Oswaldo Zubeldía, un ideólogo más que un técnico, creó una generación de jugadores que no fueron simples ejecutores de tácticas sino herederos de un sistema de pensamiento. Esos futbolistas de entonces son los técnicos de hoy, y se debe a eso y no a la plata que se den al mismo tiempo casos como el de Maturana, Marroquín, 'Bolillo' Gómez, 'Pecoso' Castro y quién sabe cuántos más. Por eso el fútbol se volvió negocio. Negocio para los equipos que han multiplicado sus activos con la valorización de los jugadores; negocio para las emisoras y las programadoras que transmiten los partidos; negocio para las empresas que anuncian en esos espacios y, por fin, negocio para los jugadores. Tal es el boom de los futbolistas colombianos, que hoy en día el negocio es vender un jugador criollo y con la plata de la venta comprar cuatro argentinos buenos.

Es por eso que en la antesala del Mundial el país está en un grado de excitación nunca antes visto. Yo estaba en plan sereno frente a la selección para no ayudar a crear falsas expectativas, pero ya que no somos nosotros sino los apostadores de Las Vegas quienes suben a Colombia en el tren de la victoria, siento cierto tufo de copa y decidí sumarme a los taxistas, los oficinistas, los desocupados y las amas de casa para pronosticar que el equipo de Maturana va estar en la final de USA 94.-

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