Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2000/06/19 00:00

Tumbando a Andrés

Elecciones generales son, en otras palabras, el derrocamiento, con apariencias constitucionales

Tumbando a Andrés

Poco ha faltado para que se repita en Colombia una historia de 50 años atrás. No hace mucho decía que la actual situación política, que ha reverdecido al bipartidismo, se asemejaba a la de 1946, cuando se sustituyó a la hegemonía liberal de 16 años. Ospina Pérez llegó solo al poder, solo con su elección popular como presidente y con un Congreso adverso y así trataba de mantenerse contra los embates más recios de sus opositores destronados.

Andrés Pastrana se ha jugado al azar (como en otra Vorágine) sus mayorías parlamentarias, se zafó de ellas, entre otras razones porque fue dentro de ellas donde se destapó el escándalo de los dineros del Congreso. No se le admira por ello, no. Se aprovecha, más bien, su nueva situación para caerle: han creído algunos que ha llegado el momento de tumbar a Pastrana, así, alevosamente. Como si fuera poco, la guerrilla negociadora le ha restado solidez al gobierno, pues ha desacreditado el proceso de paz con sus desaires, pero especialmente con su barbarie.

Comicios generales. Los propuso Ernesto Samper de entradita, a su airoso regreso (libro, amigos periodistas, invitación a casa de los Santos, aunque no lo acompañaran ni el presidente ni su destituido vicepresidente, el ministro De la Calle). Ni siquiera es idea de Serpa, pues éste lo que proponía era un régimen parlamentario. Ante la crisis moral del Congreso.

A Ospina lo cercó el Legislativo de su tiempo. Primero, fuerzas que nunca se esclarecieron le hicieron el 9 de abril, tras asesinar a Gaitán. Casi lo tumban; una comisión liberal, encabezada por Echandía y C. Ll. R., se apersonó del golpe y llegó a Palacio entre la multitud (chusma, se decía), que, aunque peligrosa para cualquiera, lo era menos para ellos, que también eran revuelta.

El Congreso acusó a Ospina de cualquier asunto y resultaba demasiado fácil llevarlo a las barras del Senado y obligarlo a renunciar. Se trataba de tumbar al presidente y la decisión de éste fue de aquellas que no pueden justificarse, aunque para la pugnacidad de la época podía entenderse: cerró el Congreso y gobernó hasta la fecha constitucional de su período. Abuso por abuso.

A Ospina, a quien pocos conocían, se le creía débil, pero resultó fuerte y, en reciprocidad, le regalaron los historiadores, que han sido sus mismos contradictores (con la excepción de Sanín Echeverri), la imagen de hombre dictatorial, injusto y perseguidor. Nada más alejado de la personalidad de Ospina Pérez, quien después apoyó el derrocamiento de su sucesor, de su misma colectividad y conservó estrecha amistad, por años, con C. Ll. R. (padre de C. Ll. de la F.).

Hoy, estando debilitado el gobierno del conservador Andrés Pastrana, le cayó, como avalancha, una propuesta muy capaz de salir adelante en un Congreso ofendido, la de elecciones generales convocadas por referendo, que comprendan las de Presidente de la República, sin aún vencerse su período. En otras palabras el derrocamiento con apariencias constitucionales, gracias a la ambigüedad de las normas del 91.

La propuesta la afianzó en plaza pública el antagonista de Pastrana en el 98, Horacio Serpa Uribe, quien había permanecido silencioso y vio de repente la oportunidad de arrebatarle la Presidencia a quien lo venció, como decían los centenaristas, en justa lid. ¿Para qué, entonces, elección de presidente y período fijo, si un referendo puede reemplazarlo en cualquier momento o hacer refrendaciones de poder, a la manera de la Venezuela de Chávez? ¡Apareció nuestro Chávez, el coronel (r) Horacio Serpa! No confundirlo con el mayor Serpa Cueto, su pariente, héroe del 9 de abril y defensor de Ospina.

A propósito de Chávez, no hay, a mi juicio, Estado de derecho cuando el gobernante entra a hacer leyes y cartas políticas, a las cuales, naturalmente, se somete. Porque entrar a fabricar la propia legitimidad es lo más ilegítimo que pueda concebirse.

Pues bien, por ese camino de ilegitimidades y de ligerezas constitucionales, como sería en nuestro caso una revocatoria de poder presidencial no prevista, han pretendido entrar los opositores de hoy (mucho más peligrosos que los viejitos de la tertulia de Oma) a arrebatarle, a robarle su derecho constitucional, al Presidente elegido con seis millones de votos en 1998, para lo cual debió saltar por encima de los favoritismos oficiales.

Cuando escribo estas líneas, parece ser que lo de la revocatoria presidencial era un cañazo, dicho con miras a que el Presidente, a su vez, desistiera de la revocatoria de los congresistas, que en su mayoría se veían al lado de Serpa Uribe en su perorata, al trémolo, de Palmira. El establecimiento se salva y el doctor De la Calle, que ya una vez se dejó destituir de Samper, en esta ocasión tal vez se vaya a dejar arrebatar de las manos el instrumento de la revocatoria del Congreso.

Para alivio de todos, el ex presidente Turbay Ayala ha expresado que ambas revocatorias (la del Congreso y la que saltó por revancha, la del presidente) “son populares pero inconstitucionales”. Como quien dice, que no cambie nada para que todo quede, como bien podría decirlo el propio ex presidente, en el Estatuto quo.

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