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Opinión

  • | 1997/08/04 00:00

    TURISMO GUAPACHOSO

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Las cosas que uno tiene que oír en Colombia! ¡Y leer! Luis Fernando Londoño Capurro, presidente del Senado, declaró en días pasados, sin que le temblaran sus largas pestañas, que "la diplomacia parlamentaria es cada vez más importante". ¡Por Dios, doctor Londoño! No creo que usted podría repetir esto mirando al país a los ojos. Y lo increíble es que la prensa, fiela ese pobre y obsoleto periodismo transcriptor que tenemos, desprovisto de todo análisis y de toda ponderación de hechos y declaraciones, nos sirve en la mesa semejante disculpa para encubrir, mal encubierto, lo que es simple y llanamente el más desvergonzado turismo parlamentario.
Según Londoño Capurro, "los congresistas pueden viajar al exterior siempre y cuando tengan una misión específica". Fácil requisito: para viajar, basta inventarse una misión. Y hay muchas que sirven de honorable pretexto para pasear por Europa. Me sobran los ejemplos.Cuando yo era embajador en Roma, llegó el mismo doctor Londoño Capurro con mi paisano Héctor Helí Rojas y otros senadores dizque con el propósito de estudiar la organización territorial de Italia. Tema muy complejo, por cierto, que difícilmente podía dilucidarse en el encuentro que les organicé con los expertos italianos en esta materia, funcionarios y legisladores. Héctor Helí tomó algunas notas en un cuaderno, los otros escucharon distraídamente, mirando por los ventanales del salón los árboles luminosos de la Villa Borghese, y luego desaparecieron, muy contentos, para zambullirse en la piscina del Hotel Hilton, comprar camisas en la Via Veneto o desplazarse hacia Florencia y Venecia con sus respectivas señoras. Los italianos quedaron muy sorprendidos. ¿No habría sido mejor contratar un estudio?, me preguntaban.Otro día apareció en Roma una comisión de la Cámara que venía a enterarse de la situación de los presos colombianos en Italia. Al parecer había otros congresistas en España y en Francia, en Estados Unidos y en Suramérica cumpliendo la misma noble misión. "Se desocupó la Cámara", pensé yo. Entre mis visitantes había un representante de las llamadas negritudes (¿y por qué no habría también uno de los rubios, minoría étnica aún más acusada entre nosotros? ) y una robusta señora del Movimiento Metapolítico de Regina Once, que iba por las oficinas de la embajada preguntándole a cada funcionario con aire amenazante: "¿Usted de quien es cuota?". Los representantes quedaron muy contentos cuando les di un informe escrito muy amplio sobre el problema que pretendían investigar. Así que, considerando con ello cumplida su tarea, apenas visitaron a los colombianos de una cárcel, Rebibbia, dejando a los que habíamos reunido en otros penales sin poder contar sus desventuras. Y mis parlamentarios, luego de una hora de trabajo, ya extenuados, se fueron de compras con el cónsul y en la noche estaban cantando en coro funiculi funicula en un restaurante del Trastevere.
El turismo no es sólo un privilegio exclusivo de parlamentarios. A la feria turística de Milán llegaba cada año un guapachoso director de la Corporación Nacional de Turismo con bellas muchachas y amigos de farra y un pobrísimo material de exposición. De nada sirvió organizarle un coctel con los principales agentes italianos de turismo y la prensa especializada. Lo que tenía que enseñar era un paupérrimo documental con música vallenata, vistas del canal del Dique y niños barrigones llenos de lombrices. "¿Dónde es la rumba esta noche?", preguntaba el guapachoso sin oír pedidos y propuestas para incrementar el turismo de Italia hacia Colombia, y sin dejarnos siquiera un folleto que distribuir en la embajada. Descubrí que el turismo que promovía era otro: el de él y sus amigos hacia Europa.
Tampoco de estas observaciones podrían salvarse el registrador y los miembros del Consejo Supremo Electoral que llegaron a Italia para asistir a las elecciones. Los reuní con sus homólogos, pero creo que muy poco les quedó en la cabeza del sistema electoral italiano. La noche de los comicios, pese a que todo estaba dispuesto para situarlos en la sala de cómputos, sólo llegaron dos de ellos. Los demás estaban muy cansados. Lo suyo era también turismo.Todo esto, claro, proseguirá mientras subsista el Estado burocrático que tenemos y no haya un líder capaz de desmontarlo, como lo está haciendo Uribe Vélez en Antioquia. Queremos oír a los candidatos. ¿Qué proponen para cercenar el gasto público? ¿Se atreverán a cauterizar sus venas abiertas? El problema no es institucional sino político. Y depende de una voluntad recia como la que tuvo en el Reino Unido la señora Thatcher. La Constitución del 91, cuyos propósitos quedaron tan envueltos en hojaldre retórico, ofreció cambiar este estado de cosas y no lo cambió. El clientelismo es rampante. Los auxilios siguen dándose por debajo de la ruana a manos llenas. Los derechos humanos se quedaron en artículos y enunciados gloriosos. Los mecanismos de control no operan. Para mí, la solución es limpiar el Congreso con una movilización masiva de la sociedad civil. Alguien tiene que orientarla, despertarla, sacarla a votar por gente nueva y capaz, que la hay. ¿Quién lo hará?: ¿los medios?; ¿los gremios?; ¿los 'conspis'? Alguien, por Dios. A gritos necesitamos otro Congreso.
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