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Opinión

  • | 2012/04/16 00:00

    "Turquía – los desafíos de un nuevo poder regional"

    Turquía sigue siendo el país de mejores posibilidades en la región, tanto por su sistema político, que emprendió muchos pasos hacia la democracia en los últimos años, como por su economía, que es la más prometedora en Europa.

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Turquía es probablemente uno de los países más dinámicos e interesantes para estudiar en estos momentos. En Colombia ganó en importancia cuando el año pasado el presidente Juan Manuel Santos hizo un viaje internacional a Turquía, con lo que reconoció el significado que este país euroasiático ha alcanzado. Sin embargo, mientras hay varios elementos que explican el surgimiento de Turquía en el nivel mundial, también los últimos meses han mostrado que esta importancia no viene gratuita. Turquía está enfrentando varios desafíos que tienen el potencial de incrementar o disminuir su papel en el mundo.

Turquía con sus casi 80 millones de habitantes cubre una amplia área entre dos continentes, Europa y Asia. Además, con sus raíces tanto en el cristianismo como en el islam y su tradición de un estado secular fundado por Kemal Atatürk después de la Primera Guerra Mundial, este país podría tener una función de puente muy importante. Su vecindario, que consta de Estados tan controvertidos como Siria, Iraq, Israel, Líbano e Irán, obliga a Turquía a moverse con delicadeza diplomática para no tomar partido y poner su estatus en peligro. De hecho, su política exterior, diseñada por su canciller Ahmed Davutoglu, se hizo conocida por la estrategia “cero problemas” con los países vecinos. Como en los primeros años esta política fue bastante exitosa y logró mantener buenas relaciones con Israel, Siria e Irán, Turquía se convirtió en un modelo en la política internacional. A esto se sumó que el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) mostró que el islam y la democracia electoral no son incompatibles.

Estos dos elementos influyeron positivamente en las negociaciones entre la Unión Europea y Turquía sobre la membrecía. Aunque en algunos países como Francia, Alemania y Austria la actitud frente a un futuro miembro como Turquía sigue siendo bastante negativa, la función de puente, el potencial económico y el islam moderado suelen ser los argumentos de los proponentes de una entrada de Turquía a la Unión. Los detractores, en cambio, señalan la posible inmigración masiva de turcos a países que ya tienen una población significativa turca, los efectos negativos de la entrada de un país tan grande a las instituciones de la Unión, la situación bastante complicada de los derechos humanos y finalmente las diferencias cultural y religiosa de este país con los demás países europeos. Estos últimos argumentos muestran que Turquía también logró indirectamente poner en la agenda de la Unión Europea cuestiones esenciales sobre su carácter y su visión futura. ¿Es la Unión un club de países cristianos? ¿Hasta dónde debe llegar la expansión de la Unión? ¿Cuáles países pueden y deben liderar la Unión y con cuáles valores? Preguntas que aún no encuentran respuestas claras, lo cual también contribuye al creciente escepticismo de la población europea frente el proyecto de integración.

Volviendo a Turquía, se puede decir que todavía hace un año su situación estratégica, económica y política parecía casi brillante. Entonces no fue sorprendente que el país ya figuraba entre los países emergentes después de Brasil, Rusia, India y China (los BRIC) en un grupo llamado CIVETS (Colombia, Indonesia, Vietnam, Egipto, Turquía y Suráfrica). Además había ganado en autoestima hasta un punto donde, conjuntamente con Brasil, emprendió una iniciativa para resolver la crisis alrededor del proyecto nuclear de Irán, y finalmente se convirtió en un modelo para los países que participaron en la “primavera árabe” que surgió a comienzos del 2011 y abarca, entre otros, países como Egipto, Túnez y Libia. El primer ministro Recep Tayyip Erdogan visitó esta región y fue acogido por el pueblo como un héroe, muy al contrario a los representantes europeos que fueron considerados aliados del viejo régimen.

No obstante, desde entonces, varios acontecimientos y procesos han puesto en peligro esta nueva imagen atractiva de Turquía. Por un lado, la política de “cero problemas” se ha convertido en una de “mil problemas” con varios vecinos. En los medios se ha tratado de manera prominente la ruptura de las buenas relaciones entre Turquía e Israel, más visiblemente por el incidente alrededor de la flota que trató de llevar suministros a los palestinos en Gaza a pesar del bloqueo israelí. La intervención de militares israelíes resultó en un saldo de nueve personas muertas. Desde entonces, tanto la retórica como los hechos no han aportado a disminuir la tensión.

El proceso de reconciliación con Armenia está por lo menos suspendido. Recordemos que estas relaciones han sido tensas por la masacre de los armenios a manos de los turcos durante y después de la Primera Guerra Mundial. Dependiendo de la fuente informativa, entre un millón y un millón y medio de armenios murieron en esta matanza, que se considera el primer genocidio de los tiempos modernos. De hecho, en la década de los 40 del siglo pasado el abogado internacional polaco Raphael Lemkin creó el término genocidio pensando en los hechos contra los armenios. En este sentido, no sólo las relaciones con Armenia se estancaron, sino que el gobierno turco reacciona casi histéricamente cuando otros países toman iniciativas para reconocer el carácter de genocidio de las masacres contra los armenios. El último que sintió la ira de Erdogan fue el presidente francés, Nicolás Sarkozy, quien presentó un proyecto legislativo al respecto. Finalmente no se aprobó, pero lo interesante fue la intensidad de la reacción de Turquía, que seguramente no es la apropiada para un poder emergente. Por un lado, tiene razón en que Francia probablemente no tiene la credibilidad para asumir el papel moralista teniendo en cuenta su historia colonial, por el otro lado, el no-reconocimiento de un hecho tan grave como el genocidio contra los armenios disminuye la credibilidad de la misma Turquía en cuanto a movimientos de liberación o democratización de países vecinos.

El reto más grande, sin embargo, es la situación actual con Siria. Erdogan solía ser un amigo personal del presidente sirio, Bashar al-Assad, y como tal pensaba que podía mediar una solución a la crisis o por lo menos evitar la violencia que mientras tanto ha llegado a niveles insostenibles. Cuando se dio cuenta de que al-Assad no cumplió las promesas y los acuerdos, el primer ministro turco se convirtió en el líder regional que más insistió en su dimisión. Esta postura le trajo también unas reacciones muy negativas por parte de Irán, el único aliado de Siria con una trayectoria conjunta en actividades en el Líbano o contra Israel. La crisis humanitaria, con unos 30.000 refugiados sirios en Turquía y los recientes disparos de soldados sirios hacia campos de refugiados en el territorio turco, agudizó la situación a un nivel donde se habla incluso de una posible intervención militar turca al territorio sirio para garantizar una zona de contención entre los dos países.

Desde entonces las relaciones con Siria también están rotas y en consecuencia las relaciones con Irán están por lo menos tensas. Si consideramos que la situación de la minoría kurda no mejoró y, al contrario, los enfrentamientos entre el Ejército turco y los kurdos aumentaron significativamente, una situación que involucra también al norte de Iraq, nos damos cuenta de que en poco tiempo las relaciones exteriores turcas se empeoraron con una cantidad importante de países. A esto se suma la tensión ya tradicional con Grecia alrededor de Chipre.

Turquía sigue siendo el país de mejores posibilidades en la región, tanto por su sistema político, que emprendió muchos pasos hacia la democracia en los últimos años, como por su economía, que es la más prometedora en Europa. Pero los procesos anteriormente descritos también muestran que la prominencia de Turquía en la región también requiere un liderazgo que consiste en posiciones y decisiones coherentes y no siempre agradables para todos. Ser un poder (regional) no sólo incluye la grata condición de servir como modelo para otros países, sino también mostrarse capaz de mantener el liderazgo en tiempos de crisis. Si Turquía realmente es un líder en este sentido se verá en pocos meses.

El autor es politólogo de la Universidad de Viena/Austria e internacionalista de la Universidad de Syracuse/EE.UU. Actualmente escribe su tesis doctoral sobre justicia transicional y construcción de paz en Colombia, y vive en Bogotá.

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