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Opinión

  • | 2014/04/10 00:00

    “¿Me puedes dar algo para la tusa?”

    Pretender que el dolor desaparezca como por arte de magia es una forma de ‘sacarle el quite’ momentáneamente a lo que tarde o temprano tendrá que enfrentar.

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“Prefiero un dolor de muela o tener ganas de vomitar antes que sentir esto que estoy sintiendo y que no se me quita”, me decía una joven desesperada, porque llevaba tres meses llorando y sufriendo por haber terminado su relación de pareja.

La “tusa”, entendida como el despecho o el duelo por la terminación de una relación de pareja, es algo muy común por lo que pasan todos los seres humanos sin importar el género, la edad, el estrato social, la cultura, etc. Es una vivencia inevitable porque todos en algún momento se enamoran de otra persona que pueden llegar a perder y tener así que pasar por el intenso sufrimiento que esto conlleva. Las razones para que una relación se termine pueden ser muchas: infidelidad, falta de amor de una de las partes, diferencias irreconciliables, maltrato, entre otras. 

Pero independientemente de la razón, terminar una relación de pareja es siempre doloroso porque con ello desaparecen también los sueños y planes que se tenían a futuro, se pierde la cotidianidad ya habitual con la pareja, queda un vacío por todas las cosas que se dejaron de hacer y surgen preguntas y cuestionamientos sobre por qué se terminó la relación las cuales van acompañadas de una sensación de culpa por no haber hecho más, por no haber hecho algo diferente, etc. 

Después de tres años y medio de relación, esta joven veía su futuro en compañía del novio. Habían hablado de irse a vivir juntos, de casarse, tenían planes de estudiar en el exterior y construir una vida estable en pareja. Pero un día, sin ninguna razón aparente, él empezó a dudar de todo eso: comenzó a decirle que tal vez iban muy rápido, que todavía eran jóvenes, y que era mejor que tuvieran otras relaciones antes de tomar la decisión de pasar el resto de la vida juntos. “Nunca entendí de dónde salió ese cambio, por qué de un momento a otro empezó a dudar de todo. Yo traté de mostrarle de muchas formas que no necesitaba a nadie más, que ya había vivido lo que tenía que vivir y que tenía claro que quería mi vida con él. Pero a partir de un cierto momento me di cuenta que no podía remar sola”, decía ella llorando porque a pesar de todos sus intentos para mantener la relación, la decisión de su ex pareja había sido terminar. 

Además del dolor normal que esto genera, a esta joven la atormentaban muchas preguntas, toda clase de pensamientos sobre posibles escenarios relacionados con el pasado y el futuro, y un constante desasosiego generado por todos esos pensamientos que no lograba hacer desaparecer: ¿Por qué le había terminado? ¿Será que había otra persona? ¿Será que él la había dejado de querer y no era capaz de decirle? ¿Le habría faltado a ella hacer algo para que la relación no se terminara? ¿Será que había sido demasiado intensa, que lo había presionado mucho? Así pasaba los días sin poderse concentrar en otra cosa, sin trabajar, llorando y con un desasosiego que le estaba empezando a afectar el sueño. Su aspiración era poder dejar su relación en el pasado y recuperar su tranquilidad para poder empezar a pensar en su presente y reconstruir su vida sin el ex novio.

El primer paso para lograr este propósito fue empezar a canalizar sus pensamientos, darles un espacio para romper el círculo vicioso en el que ella había caído de ‘querer no pensar’, porque pensar en no pensar es pensar dos veces (Nardone, 2009). Al canalizar los pensamientos, empezó a descubrir que había otros factores que estaban contribuyendo a aumentar su ansiedad: estar revisando constantemente las redes sociales para ver qué estaba haciendo su ex novio, si había fotos con otras mujeres, si salía, si no salía, etc. Se dio cuenta que esta  era una forma de seguir viviendo su presente en función de su ex pareja, y así pudo comenzar a introducir cambios en su comportamiento y en sus actividades diarias. 

Fue un proceso emocionalmente muy desgastante para ella porque, como todo proceso, no es lineal: generalmente es necesario dar un paso para atrás para poder dar dos hacia delante. Había días en que se sentía más fuerte, tranquila, confiada de sí misma y de su capacidad para seguir adelante sola; pero en otros momentos volvía a sentir dolor y tristeza, las preguntas reaparecían y la hacían sufrir como el primer día. 

Lo único nuevo fue que poco a poco le fue perdiendo el miedo a tener ‘días malos’, y así fue logrando aceptar que esos días también hacen parte del proceso, comprendiendo que en la vida no se trata de no tener problemas, sino de tener las mejores estrategias para saber cómo solucionarlos. 

Por fortuna, la pastilla para la tusa no se ha inventado. Pretender que el dolor que esta genera desaparezca como por arte de magia, sin hacer ningún tipo de trabajo personal, esperando la ‘pastilla mágica’ que solucione todo, es una forma de ‘sacarle el quite’ momentáneamente a lo que tarde o temprano tendrá que enfrentar. Y entre más tiempo pase, mayor es la probabilidad de que la herida se infecte. 

Aunque en un comienzo parece más fácil evitar el dolor, como cualquier evitación, con el tiempo se descubre que no sólo no se soluciona el problema, sino que empeora. El dolor, como todo en la vida, pasa: basta enfrentarlo para que la herida empiece a sanar más rápido. Y eso, por fortuna, es algo que todos podemos hacer. 

En Twitter: @menasanzdesanta
Psicóloga-Psicoterapeuta Estratégica
ximena@breveterapia.com
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