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Opinión

  • | 2016/03/15 15:03

    Taxistas en paro, usuarios en jaque

    El cupo se ha convertido en una suerte de patente de corso, donde quién pagó tiene derecho a un negocio lucrativo en el que lo menos importante es la calidad del servicio que finalmente vende.

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Otra vez tuvimos “paro de taxistas”, atendiendo la costumbre nacional de llamar paro a los bloqueos y desmanes que algunos hacen para que los medios y las redes les presten atención, y otra vez estamos reduciendo la discusión a opinar sobre UBER o taxis perdiendo de vista un asunto capital: el cupo.

Para empezar, UBER no es una panacea; es un negocio que está basado en un GPS conectado a una red de datos que casi todos llevamos en el bolsillo llamado smartphone. Esa tecnología permite pedir un taxi y tener total control sobre toda la información disponible antes, durante y después del recorrido, y hasta pagar sin usar efectivo. El enfoque de UBER ha hecho que esa ventaja tecnológica se traduzca en un mejor servicio a un mayor precio. Lo que no pasó con Tappsi o Easy Taxi, que hicieron más práctico pedir el carro, pero no modificaron efectivamente la calidad del servicio que prestan los taxis que tienen afiliados.

Pero ¿qué es el cacareado cupo?. No es un impuesto, la plata que alguien haya alguna vez pagado por él nunca tuvo como destino las arcas del estado, pero sí es un permiso del estado para que el taxi pueda trabajar. Su existencia, al parecer, responde a la necesidad de controlar la cantidad de taxis que circulan por la ciudad y en ese mismo sentido es limitado; no se entregan tantos cupos como se soliciten, sino que hay un numero fijo y un mercado particular de compra y venta de estos permisos entre quienes pueden pagar el precio al que se cotizan en una suerte de bolsa de valores informal. Y los más importante sobre este papel es que nada tiene que ver el dueño del mismo con la calidad del servicio que presta el taxi que lo porta. Así suene irónico, es insólito para el negocio y especialmente para los taxistas mismos, decirles que ellos están obligados a prestar un buen servicio. Porque, tanto para el dueño del cupo como para los conductores del taxi, lo único importante es la cantidad de dinero que entregan estos últimos al final de turno, el famoso “producido”, que justifica la inversión que hizo alguien que generalmente no está planeando precisamente manejar un taxi, y que asciende a unas cuantas decenas de millones.

El cupo se ha convertido en una suerte de cédula real o patente de corso, donde quién pagó tiene derecho a un negocio lucrativo en el que lo menos importante es la calidad del servicio que finalmente vende, figura muy curiosa si se supone que estamos en un capitalismo salvaje en el cual el que ofrece un mal producto o servicio está llamado a la quiebra.

El mal comportamiento de un taxista o su irrespeto por las normas de tránsito deberían ser causal de pérdida del cupo para el dueño, así todo aquel que está en el negocio de los taxis estará siempre buscando a esos conductores amables que nos alegran el día, y la demanda laboral para quien hace bien su trabajo de atender al pasajero (no solo de llevar el producido), aumentará, al contrario de lo que ahora pasa.

Si está en riesgo su costoso cupo, el dueño del mismo y el uldarico que lo administra, tendrán que enfocar su negocio en el servicio que venden y en los clientes que les pagan. Mientras tanto, seguiremos utilizando servicios como UBER y seguirán unos conductores de taxi vociferando que cualquier cosa que no sea el cupo de sus patrones es ilegal y que debe ser prohibida por el mismo estado que no ha tenido nunca capacidad para obligarlos, al menos, a cumplir las más elementales normas de tránsito.

Director de Brújula Comunicaciones, experto en comunicación pública.

@guille_cuellar

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