Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2007/12/15 00:00

Un año salvaje

Con líderes furiosos o para-políticos es difícil que salgamos del pantano del salvajismo

Un año salvaje

"Abril es el mes más cruel", decía T. S. Eliot en La tierra desolada. En esta tierra desolada que es Colombia, ¿cuál es el mes más cruel? ¿Enero, agosto, diciembre? Uno tiende a teñir todo el pasado según el color de los últimos acontecimientos. Lo último que pasa, nos parece que siempre fue igual y que va a durar siempre. Como estas ?

últimas semanas han sido terribles, todo el año se tiñe de gris: una secuestrada que agoniza, atracadores que queman vivos a los pasajeros de un bus, revelaciones de masacres cometidas por sucios paramilitares que se creen héroes, un presidente que grita "¡le parto la cara, marica!", acusación de que sí hay militares implicados en el descuartizamiento de un bebé 'guerrillero' en San José de Apartadó…

En algunas novelas de Conrad, un caballero inglés se interna en las selvas de algún país tropical y poco a poco va perdiendo los hábitos de la civilidad, del autocontrol. Se va hundiendo en el corazón de las tinieblas y vuelve a una especie de "estado de naturaleza" que se parece mucho a la locura: todo se resuelve con muerte, con violencia, con caliente sangre. Así nosotros. ¿Qué fue, si no, el crimen de los diputados del Valle cometido por las Farc? ¿Qué son las caras impasibles de los paramilitares que confiesan 2.000 asesinatos como si contaran una pesquería? Es puro salvajismo.

No es una cuestión genética ni racial. No es determinismo geográfico. No hay clima más parecido al de la tórrida Colombia que el de la pacífica Costa Rica. También los europeos se hundieron dos veces, el siglo pasado, en el más espantoso corazón de las tinieblas. Japón cometió en China crímenes sin nombre, y China en Tíbet, y los serbios en Bosnia, y los sudaneses en Sudán. Ahora nos toca a nosotros. Este ha sido un año (otro año) en el que hemos sucumbido muchas veces a la tentación del salvajismo.

No ha sido, sin embargo, el año peor. Hay islas en las que la lucha entre barbarie y civilización no parece perdida. No en todas partes crece el desierto, la desolación. Defiendo, por ejemplo, lo que se ha hecho en Medellín. Aunque los homicidios no han cesado y en este mes ha habido síntomas preocupantes de recrudecimiento de la violencia, la lucha por un país menos cruel ha ganado terreno aquí. Los asesinatos de este año, comparados con los de hace 15 años, son un 10 por ciento. Y nos matamos menos que en Caracas o en Washington. Así que la búsqueda de una convivencia pacífica también es posible aquí. Es una tarea diaria y dura, pero el espacio no-violento gana terreno sobre el violento. Cuando se haga el balance del trabajo de cuatro años de un gran alcalde, Sergio Fajardo (uno que nunca gritaría "¡le parto la cara, marica!"), habrá que reconocerle lo que ha conseguido por la convivencia, por la inclusión de los que se estaban hundiendo en la barbarie.

Lo que hay que entender del comportamiento humano es que, con el mismo material genético (imperfecto, violento, evolucionado para un mundo natural donde la lucha por la supervivencia era siempre a muerte), si se le superpone una cultura pacífica que lo controle y contrarreste, es posible obtener resultados de convivencia mucho menos salvajes. Los alemanes que masacraron a todo un pueblo han retomado la senda de un país pacífico y es posible que durante siglos no vuelvan a caer en la barbarie. No es imaginable que Japón vuelva a cometer los horrores de hace un siglo. Algún día también los colombianos tenemos que ser capaces de derrotar al bárbaro que todo pueblo lleva dentro de sí.

¿Cómo? Es una labor cultural. Un reconocimiento de nuestros peores instintos, pero también de la posibilidad de mantenerlos a raya, sobre todo con el buen ejemplo de quienes nos lideran. Con líderes furiosos o para-políticos es difícil que salgamos del pantano del salvajismo. El mismo Uribe es dos. Cuando se controla y muestra su mejor cara, el país ha dado pasos adelante. Cuando vuelve al estado de naturaleza, nos lleva por el camino del odio y la violencia. Hay un trabajo cultural permanente que cada uno tiene que hacer consigo mismo y con los que lo rodean. Hay que luchar contra el monstruo que todo hombre lleva dentro, ese salvaje que sólo piensa en matar, en vengarse, en odiar.

El primer trabajo cultural es no ser maniqueos. No ver el mal siempre en el otro y la bondad siempre en nosotros, con lo que siempre estará justificado matar al Mal. Es lo que piensan guerrilleros y paramilitares. Cada cual ve en sí el Bien y en el adversario el Mal. Y muchos civiles también creen que unos son el Mal y otros el Bien. Unas personas civilizadas tendrán que entender que el Mal está en ambos: en la guerrilla y en los paramilitares. Que ambos se portan como salvajes y que a veces el Estado le hace el juego a uno de los bandos (y algunos políticos de izquierda al otro bando). La Colombia que no quiere ser una salvaje tierra desolada tiene que ver con iguales ojos el horror de unos y de otros. Y combatir ambos males, civilizadamente, con ejemplo de rigor y autocontrol, sin métodos sanguinarios, con la mano firme, pero también compasiva, del poder.

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