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Opinión

  • | 2001/01/01 00:00

    Un bienpensante

    Por lo que entiendo de la carta, uno no debe criticar que llamen democracia a algo que no lo es, porque existen ‘fanáticos que quieren liquidarla’

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Un una carta publicada aquí mismo me hace severas críticas por una columna reciente un lector que firma Andrés Hoyos, Y, por ciertos desvíos anglófonos de su prosa, creo adivinar que se trata del escritor de ese mismo nombre que dirige la excelente revista literaria elmalpensante. Me critica que critique yo la democracia tal como se practica en los Estados Unidos.

Y, tras tergiversar en dos confusos párrafos lo que yo decía con claridad en uno, saca la “conclusión ineludible” de que “un ataque tan burdo contra la democracia se me antoja (se le: a él, a Hoyos) no sólo ridículo, sino francamente inmoral”.

Le sugiero al irritado lector que aprenda, si no a escribir, al menos a leer. Porque mi artículo titulado ‘La democracia’ ni era un ataque, ni era burdo, ni era contra la democracia. Y tal vez fuera ridículo, como se le antoja a él. Pero no era inmoral. Por el contrario: lo dictaba esa “ética de la convicción” intelectual que Max Weber distinguía de la “ética de la responsabilidad”, propia más bien (cuando la tienen) de los políticos.

Por lo que entiendo de la carta —aunque es posible que entienda yo tan mal a Hoyos como Hoyos me entiende a mí— no debe uno criticar la democracia que hay, o, más exactamente, no debe uno criticar que llamen democracia a algo que no lo es, porque existen “extremistas sádicos” y “minorías de fanáticos” que quieren “liquidarla”. No me convence ese argumento que apela a la responsabilidad política, porque choca de frente con mi convicción intelectual. Y, aunque lo entendería —sin aceptarlo— si lo esgrimiera un profesional de la política, me asombra viniendo de un intelectual profesional.

Me atrevo a sospechar que la indignación del director de elmalpensante viene de que él mismo es en realidad un ‘bienpensante’, si se me permite el galicismo: o sea, uno que piensa a favor de la corriente. O, más bien, uno que no piensa, sino que se deja llevar por la corriente de pensamiento dominante, la que dicta el poder. En este caso, el poder de los Estados Unidos.

Unas páginas más adelante de la misma revista SEMANA en que aparece la carta insuficientemente pensada de Andrés Hoyos veo un anuncio publicitario que me parece inspirado por ese mismo espíritu de reverencia ante el poder. Es un anuncio de un jeep descomunal. Y utiliza la conocidísima carátula de un disco de los Beatles (intuyo que sin autorización de los Beatles) en que se ve a los cuatro músicos atravesar con paso decidido Abbey Road, una calle de Londres. Sólo que en el anuncio los falsos Beatles se detienen en seco en la mitad del cruce por el paso de cebra para cederle el paso al jeep. “Hecho para ser respetado”, dice el texto del anuncio.

Digo que el anuncio me parece animado por el mismo espíritu de la carta de Hoyos: el respeto, no por lo que es en sí mismo respetable, sino por el poder. No por el paso de cebra, sino por el jeep. Pues es evidente que ese jeep descomunal puede, si quiere, llevarse por delante a los cuatro Beatles que cruzan la calle a pie. Pero eso no lo hace más respetable que ellos, aunque sea más poderoso. Son más respetables ellos. No por ser Beatles, ni por ser músicos, ni por ser peatones, y ni siquiera por ser cuatro: sino porque están atravesando la calle por el paso de cebra. En eso consiste (al menos en Londres, donde los automovilistas respetan los pasos de cebra) no sólo la civilización, sino la democracia. Cederle el paso al jeep es lo mismo que, malpensadamente, bienpensantemente, está proponiendo Andrés Hoyos cuando critica que se critique a la democracia norteamericana por el hecho evidente de que es más norteamericana que democrática: más jeep que paso de cebra. Poder, y no derecho.

Digo más: lo que propone Hoyos (e insisto: tal vez no lo ha pensado bien) es precisamente lo que él me atribuye, falazmente, a mí: “Una capitulación inmediata ante los enemigos de la democracia”: es cederle el paso al jeep. Cosa que no se me antoja ridícula, por supuesto:la fuerza ahorcan. Pero sí se me antoja, a mí, francamente inmoral.
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