Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2003/11/10 00:00

Un caballo de Troya holandés

Las remesas de emigrantes se han convertido en la primera fuente de divisas de América Latina. A pesar de ser recibidas con beneplácito por algunos países con necesidad de dólares, algunos efectos negativos están empezando sentirse, traduciéndose en lo que los economistas denominan "la enfermedad holandesa". Nicolás Camacho, vicepresidente de Zemi Comunicaciones en Nueva York, analiza el debate en torno a la relación costo beneficio de un país receptor de importantes flujos de remesas.

Es difícil no tender a creer que las decisiones que determinan la gran mayoría de los flujos de capitales hacia América Latina no se toman en Washington entre senadores estadounidenses que aprueban la ayuda humanitaria o en Wall Street donde están ubicados los fondos de inversión privados y bancos más influyentes del mundo. Es aun más difícil convencerse que es precisamente en los barrios más deprimidos de ciudades como Washington, Nueva York y Los Angeles donde se decide a diario, en mínimas cuantías, lo que hoy en día representa de lejos la mayor fuente de divisas de la región. A finales del 2003, los emigrantes latinos que viven en los países desarrollados completarán envíos cercanos a los 40.000 millones de dólares a sus familiares en toda Latinoamérica. Esta cifra es superior en 65 por ciento a los flujos de inversión extranjera directa, que sumaran cerca de 24.000 millones de dólares al finalizar el año.

Las remesas provenientes de emigrantes hacia sus países de origen no son tema nuevo. No obstante, la dimensión de su importancia nunca ha sido tan diciente como hasta hace unos pocos años. Hoy en día, es la fuente de divisas más importante para una docena de economías de la región. En el caso centroamericano, las remesas representan más del 20 por ciento del Producto Interno Bruto combinado de los países de esa región. En México, donde suman más de 14.500 millones de dólares anuales, las remesas son la segunda fuente de divisas del país, por debajo de las exportaciones de la petrolera Pemex, la empresa más grande de toda América Latina. Basado en estas cifras, no es atrevido afirmar que la fuerza laboral se ha convertido en el producto de exportación más valioso de la región.

En el caso colombiano, las cifras son igual de impactantes. El año pasado, el país recibió cerca de 2.400 millones de dólares, convirtiéndose en la segunda fuente de divisas más importante para el país. Para 1997, este flujo de capitales representaba cerca del 0,6 por ciento del Producto Interno Bruto del país. Hoy en día, la cifra supera el 3 por ciento, muy por encima de las exportaciones de café.

Sería impensable el no darle la bienvenida a estas remesas, y por el contrario, algunos países promueven políticas de emigración que luego se traducen en dólares frescos cada mes. Los mayores salarios en las economías en desarrollo justifican el sacrificio de emigrar, al traducirse en mayores ingresos para el inmigrante y su familia en el país de origen. La carencia de empleo y oportunidades en las naciones en desarrollo se ve compensada con los ingresos que provienen del trabajo en el extranjero: son los dividendos producto de haber invertido capital humano en las economías desarrolladas.

Sin embargo, a pesar de ser recibidas con beneplácito por economías con necesidad de dólares, recientes estudios del FMI y el BID concluyen que las remesas generan efectos contradictorios y que, eventualmente, se convertirán en un apremiante dolor de cabeza macroeconómico. El origen de estas posibles complicaciones radica en que los flujos de capitales provenientes de lo remitido por los emigrantes tienen un fin compensatorio para sus recipientes. La inmensa mayoría de los recursos son utilizados para el consumo, compensando la insuficiencia de ingresos generados localmente. Este aspecto como tal, no es un problema, no obstante, el potencial de las remesas de convertirse en una fuente de capital significativa para el desarrollo económico radica en su capacidad de generar riqueza, ya sea a través del ahorro o de inversiones que impliquen la prolongación y multiplicación del capital hacia el futuro. Los estudios más optimistas estiman que únicamente el 1 por ciento de las remesas son destinadas al ahorro o a la inversión.

Sumado a lo anterior, y de manera más preocupante aun, un flujo de capitales masivo genera que las monedas de ciertos países tiendan a revaluarse frente al dólar provocando una cadena de eventos no deseables: al bajar el precio del dólar se perjudican los exportadores, se fomentan las importaciones, y los flujos de capital, que no están siendo destinados productivamente hacia ahorro o inversión, terminan presionando la inflación hacia el alza. Esta dinámica equivaldría a tener al banco central emitiendo moneda a cambio de dólares, para luego sentarse a observar cómo los exportadores se perjudican con la revaluación del peso mientras el capital inyectado estimula el alza de precios nacionales.

Este escenario, conocido por los economistas como enfermedad holandesa, no es ajeno para los colombianos. A principios de los 90, los capitales provenientes del narcotráfico y más adelante, la famosa amenaza del capital procedente del desarrollo de Cusiana, mantuvieron en jaque a la economía nacional, que alcanzó a presentar por años, algunos síntomas de la famosa enfermedad.

Hoy en día, el país se enfrenta a una situación no tan disímil a la de hace una década. Las remesas surgen de un esfuerzo generado en el exterior, y por ende, no provienen de una actividad económica que implique crecimiento económico, ya sea a través de la producción, generando empleo o pagando impuestos que luego serán destinados a la inversión social. Nadie debe desechar 2.400 millones de dólares anuales, sobre todo, cuando es el fruto del trabajo de muchos colombianos en el extranjero. Sin embargo, el recibirlos acumula un crédito que no se podrá saldar con un giro proveniente del exterior.

*Vicepresidente de Zemi Communications, Nueva York

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