Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2008/02/16 00:00

Un Caballo

El resultado del período y medio de gobierno de Uribe ha sido la hecatombe que podría persuadirlo de sacrificarse por un tercer período.

Un Caballo

Dentro del onanístico vicio colombiano de andar siempre haciendo cábalas sobre quién será el próximo presidente, la revista Cambio publica una portada bajo el título de 'Sí hay con quién'. Y asegura que "al contrario de lo que afirman quienes apoyan una nueva reelección de Uribe, existe una amplia baraja de presidenciables con capacidad para sustituirlo''.

Cambio propone nada menos que una docena de cartas de esa baraja, además del as en la manga que es Íngrid Betancourt, si la liberan las Farc. Y sería la tercera vez que ese grupo armado elige presidente de Colombia: primero fue Andrés Pastrana, por haber hecho creer que haría la paz con ellas; luego Álvaro Uribe, por haber hecho creer que las derrotaría militarmente; y a continuación Íngrid, por ser su víctima más prominente. O el propio Uribe otra vez, ya que el principal argumento para su segunda reelección es el bastante paradójico de que, como no pudo derrotarlas en su primer mandato ni lo está consiguiendo en el segundo, necesita un tercero. (Y a lo mejor un cuarto).

Entre los naipes de Cambio predominan los uribistas en sus diversas modalidades: neouribistas como Lucho Garzón, paleouribistas como Germán Vargas Lleras, filouribistas como Antanas Mockus y Sergio Fajardo, uribistas conversos como Noemí Sanín, uribistas por convicción como Enrique Peñalosa, o por oportunismo como Juan Manuel Santos, o por inercia como Luis Alberto Moreno, y criptouribistas como César Gaviria. Cada cual con su propio partido unipersonal, como es ahora la moda: "Oxígeno Verde", "Cambio Radical", "Sí Colombia", "Visionarios", "Partido de la Calle", "Partido de la U", etc. Antiuribistas hay sólo dos: Carlos Gaviria, del Polo Democrático, y Rafael Pardo, del Partido Liberal. Y Juan Camilo Restrepo, del cual no se sabe muy bien si es uribista o no; pero es del Partido Conservador: y Uribe, como acaba de explicar un alto jerifalte de esa colectividad, "es más conservador que cualquier conservador"; es "como Álvaro Gómez".

Ya sin foto en portada, Cambio da diez nombres más, como rebañando el plato: figuran como "presidenciables" hasta Sabas Pretelt y Fernando Araújo. Y eso que todavía faltan candidatos que el propio presidente Uribe ha mencionado, por improbables que parezcan: los ministros Óscar Iván Zuluaga (creo que se llama así) y Andrés Felipe Arias, apodado 'Uribito' por su carita angelical de monaguillo paisa. De todos ellos también sostiene Cambio que tienen "capacidad". Pero hay que tener en cuenta que esto de la capacidad es un concepto relativo y más bien laxo: aquí ha sido presidente hasta Andrés Pastrana.

El cual, por otra parte, y aunque Cambio no lo ponga en su lista, también quiere repetir. Como César Gaviria. Como Ernesto Samper. Yo no pondría la mano en el fuego ni por Belisario, ya valetudinario, y ni siquiera por el difunto López Michelsen. Presidenciables es lo que sobra en este país en el que todo el mundo quiere ser presidente.

Pero a la presidencia no se llega ni por las ganas ni por las capacidades, sino por los votos. Y el que tiene los votos es el presidente Uribe, que haciéndose de rogar, a su manera modosa de monaguillo paisa, está dejándose convencer de que le organicen su segunda reelección, preludio de la tercera, a sus espaldas. Tiene los votos y tiene las ganas, aunque tampoco es que haya demostrado muchas capacidades (salvo la de sustituirse a sí mismo). Porque en todos los aspectos el suyo ha sido un bastante mal gobierno: las carreteras, la Ley de Justicia y Paz, los desplazados, el desempleo, el campo, las relaciones con los vecinos, el narcotráfico, y hasta la muy cantada seguridad democrática, que no tiene nada de democrático y sólo muy poco de seguridad: es posible marchar contra las Farc, pero no ha sido posible conseguir que no sigan matando. El resultado del período y medio de gobierno de Uribe ha sido, en suma, la hecatombe que vivimos. Esa hecatombe que, según ha dicho, sería el único motivo que podría persuadirlo de que volviera a sacrificarse por el país aceptando gobernarlo por un tercer período. Una hecatombe creada por él mismo.

De modo que a fin de cuentas el único que tiene la capacidad (electoral) para sustituir a Uribe es Uribe. Salvo que decida, tal como lo ha sugerido sibilinamente su viejo consejero Fabio Echeverry, hacer una falsa retirada de torero imponiendo un sucesor de transición que le guarde caliente el solio mientras él vuelve al cabo de cuatro años de descansar, descansar y descansar. Es lo que está haciendo en Rusia Vladimir Putin, con el opaco candidato llamado a sustituirlo provisionalmente para respetar la letra de la Constitución, violando sólo su espíritu. Es lo que hicieron siempre los dictadores latinoamericanos: Tachito Somoza en Nicaragua se hacía reemplazar de cuando en cuando por su hermano, y el dominicano Rafael Leonidas Trujillo hacía lo mismo con su secretario. De hacerle caso a Fabio, Uribe podría poner de presidente por un tiempo digamos a Óscar Iván, si así se llama. O a Uribito. O, como en la antigua Roma el emperador Calígula, podría poner a su caballo.

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