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Opinión

  • | 2009/05/09 00:00

    Un Capitolio de lenocinio

    Los congresistas investigados por para-política o que han reemplazado a uno encarcelado votaron por una reforma que les da más gabelas que castigos.

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Tenemos un Congreso que se ha ido acostumbrando a legislar en la penumbra y al filo de la madrugada como si tuviera horario de burdel. Ese fue el comportamiento que se les vio a las mayorías uribistas la semana pasada cuando a eso de las 3 de la mañana, al amparo de la clandestinidad de la noche, sin clemencia ni pudor, aprobaron una reforma política que es todo un monumento a la patraña.

Lo primero que habría que decir es que esta reforma nada tiene que ver con la que nos prometió el presidente Uribe hace un año, cuando nos la presentó como la fórmula para blindar la política de la corrupción y de la para-politica. La que se acaba de aprobar tiene otro objetivo, acaso más importante para las mayorías uribistas que la depuración de la clase política de congresistas que legislan con las manos untadas de sangre. Esta reforma busca por encima de todas las cosas proteger las mayorías uribistas necesarias para reelegir al presidente Uribe. Sobre todo, a aquellas que tienen vínculos con el paramilitarismo. Sólo así se entiende lo que se aprobó en materia de la pérdida de la curul por cuenta de esas relaciones peligrosas. Gracias a un parágrafo, con esta reforma los congresistas que tengan las manos untadas de sangre no perderán la curul sino después de las elecciones de 2010. En otras palabras, esta reforma no hace otra cosa que volver ley una petición presidencial, aquella de pedirles a los congresistas sus voticos antes de que se vayan para la cárcel.

Otro tanto ocurre con el artículo que les impide a los concejales y diputados aspirar al Congreso en las próximas elecciones. Artículo hecho para satisfacer los intereses propios de las mayorías uribistas, lo que en otras latitudes sería motivo de pérdida de investidura. No sólo bloquea el recambio de las elites políticas, sino que los beneficia directamente al eliminarles la competencia. Es algo así como "yo le paso la reelección, señor Uribe, pero a cambio usted me blinda de competidores". Lo anterior se llama corrupción monda y lironda. Si no lo fuera, este artículo no habría sido aprobado con la vergüenza con que lo evacuaron las mayorías uribistas el jueves pasado a las 3 de la mañana. A esas altas horas, el representante David Luna le pidió a Odín Sanchez que se votara ese artículo nominalmente, pero él se lo negó. Luna, enfurecido ante el desprecio por las normas del Congreso, cogió un micrófono y le dijo: "A usted siempre lo ponen ahí para hacer el trabajo sucio. Me imagino que eso es a cambio de prebendas y de burocracia". Sánchez lo miró y ni se inmutó. A los 15 minutos, la reforma fue aprobada a pupitrazo limpio.

Pero tal vez el tema que más demuestra la degradación a que se ha llegado en el Congreso es la que tiene que ver con el carrusel de impedimentos. De nuevo se repitió el mismo escenario que se vio aquella madrugada en que hace cuatro años se aprobó la primera reelección. En esa ocasión los congresistas que declararon sus impedimentos fueron negados por otros congresistas en un festín corrupto que resultó avalado por el fallo de la Corte Constitucional que concluyó que los impedimentos no proceden cuando se trata de reformas constitucionales. Pues bien, esa jurisprudencia ha ido haciendo carrera sobre todo a las 3 de la madrugada, hora en que las huestes uribistas han aprobado no sólo la primera reelección, sino el referendo reeleccionista y esta reforma política. En este último caso, se vio de nuevo el mismo carrusel de impedimentos. Como en un déja vu, uno a uno fueron negados. De tal suerte que todos los congresistas que están investigados por para-politica o que han reemplazado a un congresista que está en la cárcel, votaron a favor de una reforma que les da más gabelas que castigos. "La sensación es que todo estos actos se están cometiendo sin ningún temor a nada, ya que se da por entendido que la Corte Constitucional es una corte de bolsillo", me dijo uno de los congresistas que se opusieron a la reforma, y que también se opone a la reelección.

Dirá José Obdulio que todo lo que se haga para reelegir al Supremo es poco y que esta no es la hora de pensar ni en la decencia, ni en la legitimidad de las instituciones, porque nada de eso se compara con la grandeza del Supremo. Pero caray si estamos llegando a los más bajos estadios. Con un Senado que tiene el 30 por ciento de sus miembros elegidos con menos de 4.000 votos y con una Cámara que legisla con horario de burdel, vamos camino al abismo de la reelección.
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