Opinión

  • | 2005/01/23 00:00

    Un continente desaparecido

    Incapaces de proponer un ideal o un sueño mestizo, parecemos el basurero de tres culturas: la negra, la blanca y la india

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Hubo un momento, hace dos o tres decenios, en que los ojos del mundo se fijaron por algunos años en América Latina. Este interés, en general, tuvo varias vertientes: una política, otra artística y literaria, otra de la etnografía y la cultura popular, y todo esto se traducía en cierta presencia mediática (había noticias sobre nosotros, fuera de los

desastres naturales ineludibles o las matanzas cíclicas) y en cierto interés turístico (venían viajeros de muchas partes). Hoy todo esto no existe y si hay algún continente démodé, intrascendente, es este que componen las naciones hispanoamericanas.

En los años 60 y 70 éramos visibles por varios motivos: en lo político había efervescencia, tanto a la izquierda como a la derecha: Cuba, Allende, las guerrillas idealistas que no se habían criminalizado, las sanguinarias dictaduras del Cono Sur, las nerviosas y desastrosas invasiones gringas. En el arte había nombres que importaban pues no se habían degradado en la trampa del comercio. En literatura se descubría (tarde) el genio de Borges y se deslumbraban con García Márquez y su mundo real maravilloso, con todo ese entusiasmo fabulador que renovó la ficción en el mundo entero. Había grupos indígenas feliz o tristemente apartados de todo, realmente exóticos, y hasta la culinaria, la música, las artesanías, los paisajes y las imitaciones precolombinas circulaban por el mundo y despertaban curiosidad y entusiasmo.

Hoy esto ha desaparecido casi por completo. Lo que gusta y tiene sex-appeal es otra cosa. Fascinan la China y el Lejano Oriente, con su imponente entrada a la economía mundial; despiertan curiosidad los países de Europa oriental que se incorporan a la órbita capitalista de Occidente; seduce África, que nunca ha dejado de ser el inconsciente colectivo de toda la humanidad (pues no es por nada que todos venimos de allá), y por supuesto acaparan la mitad de la atención los países árabes y musulmanes, que son el calderón donde se cocinan la vergüenza, la violencia y la intensidad bélica del mundo actual. Hasta el terror suicida de algunos de los grupos extremistas islámicos no deja de tener cierto halo de heroísmo y dignidad, o por lo menos despierta el interés que siempre ha despertado el 'enemigo' cuando representa un peligro.

Nosotros, los latinoamericanos, enfrascados en turbias rencillas de parroquia (¿a quién le puede importar esta pelea de comadres por Granda?), gobernados por mezquinos tiranuelos seudodemocráticos, carentes de toda grandeza y todo idealismo, descritos por escritores mediocres, epígonos tibios del realismo mágico que se tornó sucio, nos volvimos aburridos, quejosos, lamentables, al mismo tiempo predecibles y prescindibles, estúpidamente repetitivos, y por lo tanto despreciables, invisibles, transparentes. Para el mundo, y quizá para nosotros mismos, carecemos de interés, somos un aburrido sonsonete ya oído y un paisaje soso ya visto.

Sin un propósito colectivo, sin mitos ni íconos, sin ningún discurso común que nos vuelva identificables, sin el sueño de alguna utopía, sin trascendencia económica o comercial, sin un solo proyecto de titanes, hemos salido de foco, nos volvimos la clase media-baja del mundo, la del mal gusto, el ruido y las ambiciones mezquinas, el continente pequeño-burgués, corrupto, arribista, filisteo, que no despierta la lástima que inspiran los miserables, ni el pánico que generan los furibundos, ni el encanto de lo novedoso y original de los creativos en ciencia, en arte o en tecnología. Estamos olvidados porque tenemos poco para ofrecer, salvo unas cuantas materias primas (petróleo venezolano, imitaciones mediterráneas de Chile) y algunas drogas estimulantes exportadas por capos mafiosos que, también ellos, de tan sórdidos y pobres de espíritu que son, no inspiran ni siquiera un buen libro o una buena película.

De nuestro pasado sobreviven estereotipos tan viejos que ya están podridos: quenas andinas de oprimente lamento; nostálgicas ONG nórdicas que creen ver la barba del Che Guevara en la mandíbula arrogante del Mono Jojoy; militarotes burdos en un eterno retorno de oprobios; quemas rituales de banderas estadounidenses; tráfico de armas y compra de aviones no para declarar guerras que nunca pelearemos sino para satisfacer el bolsillo de los intermediarios militares y civiles. Incapaces de proponer un ideal o un sueño mestizo, parecemos el basurero de tres culturas: la negra, la blanca y la india.

Aquello que inventaron los dictadores del Cono Sur, los desaparecidos, parece que se ha vuelto contra nosotros, como una maldición. Hoy es el continente completo el que parece desaparecido del mundo. Si mañana viniera un tsunami gigantesco y sepultara en el Pacífico a toda Suramérica, desde el Darién hasta la Patagonia, ¿qué se perdería, a quién en el mundo le importaría un pito? Ni se darían cuenta, tal vez, porque es imposible desaparecer lo que ya está desaparecido.
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