Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2000/09/04 00:00

Un converso: de Serpa a $erpa

¿Qué diablos le dieron a Serpa esos porteros y a lo sumo ascensoristas que lo recibieron en Washington? ¿Visa múltiple?

Un converso: de Serpa a $erpa

El doctor Horacio Serpa, jefe de la oposición, se había dado cuenta hace unos 15 días de que el Plan Colombia era un crimen. “Un plan para profundizar la destrucción del país”, habían sido sus palabras. “Un plan para convertir a Colombia en otro Vietnam”.

Pero a continuación el doctor Horacio Serpa fue invitado a Washington (a propósito: ¿No dizque tenía la visa vencida?) en compañía del doctor Luis Guillermo Vélez, presidente de la Dirección Liberal. Y fue como aquello de San Pablo en el camino de Damasco: se convirtió en un porrazo. No llegó a caer de rodillas sin condiciones como el doctor Vélez, que prácticamente se puso a limpiar con la lengua las suelas de los zapatos de sus anfitriones: “Nunca en mi vida había visto un concepto tan supremamente claro sobre Colombia como el que tienen hoy todos los organismos estadounidenses. (…) Esto es muy grande”, se extasió el doctor Vélez. El doctor Serpa, simplemente, se frotó los ojos, y vio la luz. “El Plan Colombia es una realidad, es un hecho, es una verdad, y se va a desarrollar”, proclamó en tono inspirado. “Ahora me doy cuenta de que ellos (los Estados Unidos) también tienen muy presente el problema social, el desempleo, la situación de los derechos humanos”, aseguró. “Ellos (los Estados Unidos) lo explicaron incluso mejor que el mismo gobierno colombiano”.

Cito a Sergio Gómez, corresponsal de El Tiempo que cubrió la conversión milagrosa del jefe de la oposición:

“Según el dirigente liberal, todas las autoridades de Estados Unidos a las que visitaron”…

Aquí me inmiscuyo yo, para opinar: autoridades de segunda fila. Por lo que he leído, la más alta fue el subsecretario para asuntos políticos del Departamento de Estado, Thomas Pickering; las demás autoridades fueron un señor Chicola, jefe de la Sección Andina del mismo Departamento; unos ignotos congresistas (ni siquiera senadores) llamados Farr, Menéndez, De la Jun y Gedjenson; y un funcionario de apellido Mackie identificado sólo como “de la oficina del presidente del Comité de Relaciones Internacionales de la Cámara”. Volviendo al ejemplo de la conversión: para que el feroz hereje Saulo se volviera el devoto cristiano Paulo se necesitó que se le apareciera Jesucristo en persona; para que el terrible opositor Serpa se volviera el manso colaboracionista $erpa bastó con que se lo mandaran decir con unos ayudantes del campanero. Sigo citando al corresponsal: “todas las autoridades de Estados Unidos a las que visitaron les recalcaron que el Plan Colombia debía ser una política de Estado, muy por encima de los intereses partidistas o de gobierno”. ¿Y qué respondió Serpa? Que sí, respondió Serpa, que sí, que sí. Que “en esto todos tenemos que colaborar, y nosotros también lo vamos a hacer”, dijo Serpa. O, para llamarlo ya con su nombre de converso, $erpa.

¿Qué diablos le dieron a Serpa en esos cinco días de “intensas reuniones” esos campaneros y porteros y a lo sumo ascensoristas que lo recibieron en Washington? ¿Burundanga? ¿Visa múltiple? No es verosímil que funcionarios de tan baja categoría, y de un gobierno saliente, estén autorizados para prometer la presidencia de la República, así sea de una republiqueta tan vergonzosamente entregada como esta que tenemos, o que teníamos.

No pretendo juzgar a Serpa. Su conversión a la doctrina de que Colombia debe ser destruida es un acto político. Y él mismo explicó hace años, cuando era miembro de la comisión de absoluciones —perdón, de acusaciones— de la Cámara, cuando la matanza del Palacio de Justicia, que los actos políticos no deben ser juzgados. Y no se juzgaron. Colaborar en la destrucción de Colombia puede ser también un acto criminal; pero el propio Serpa explicó también, cuando lo de los dineros mafiosos de su jefe Ernesto Samper, que los actos criminales tampoco deben ser juzgados. Y tampoco se juzgaron: se dieron por precluidos. Tampoco cabe un juicio ético, porque no conocemos las condiciones en que se operó la conversión: si fue forzada por una dosis de escopolamina, comprada por una promesa, o sincera y auténtica. Se podría, si acaso, aventurar un juicio estético: es muy feo lo que Serpa acaba de hacer.

¿Feo? Eso va en gustos. A los cipayos, aquellos soldados indios que se pusieron a sueldo de los ingleses para ayudarles a someter a sus compatriotas, les parecían lindísimos los uniformes nuevos que les dieron sus amos. Tal vez a Serpa, a $erpa, la palabra “cipayo” le suene, le suene. Pero tal vez le suene bien. Todo va en gustos.

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